El sueño del pongo de José María Arguedas

ANÁLISIS DE EL SUEÑO DEL PONGO
|Haravicus|
AUTOR: El Sueño del Pongo no es una obra original, sino un cuento tradicional que José María Arguedas escuchó a un indio cusqueño y que luego escribió en quechua y tradujo al castellano, poniendo, sin duda, como confiesa el mismo novelista, "mucho de su cosecha".

LOCALIZACIÓN: El relato es parte de poesía y prosa quechua, antología seleccionada por el doctor Francisco Carrillo (Ediciones Biblioteca Universitaria, 1968).

GÉNERO LITERARIO: Narrativo.

ESPECIE LITERARIA: Cuento.

PERSONAJES DE LA OBRA: El Sueño del Pongo tiene solamente dos personajes o protagonistas: el pongo y el hacendado abusivo.

ESTRUCTURA DE LA OBRA: El sueño del Pongo no tiene capítulos porque es un relato muy corto.

TEMA: El tema principal es el restablecimiento de la justicia, la reparación de un daño que cometió el hacendado abusivo y cruel contra el Pongo.

El tema lo podemos sintetizar en tres partes:

-Motivación previa
-Juicio.
-Premio y castigo

TIEMPO: El cuento El Sueño del Pongo está escrito en tiempo pasado.

POSESIÓN DEL NARRADOR: El cuento magistral está narrado en tercera persona.

ARGUMENTO:

|Haravicus| El sueño del Pongo se narra la historia de un hombrecito que era sirviente y pequeño de estatura. El patrón de la hacienda siempre se burlaba del hombrecillo delante de muchas personas. El pongo no hablaba con nadie; trabajaba calladito y comía sin hablar. Todo cuanto le ordenaban, cumplía sin decir nada. El patrón tenía la costumbre de maltratarlo y fastidiado delante de toda la servidumbre, cuando los sirvientes se reunían para rezar el Ave María en el corredor de la casa hacienda. El patrón burlándose le decía muchas cosas: "Creo que eres perro, "ladra", "ponte en cuatro patas", "trota de costado como perro". El pongo hacía todo lo que le ordenaba y el patrón reía a mandíbula batiente. El patrón hacía lo que le daba la gana con el hombrecillo. Pero... una tarde, a la hora del Ave María, cuando el corredor estaba repleto de gente de la hacienda, el hombrecito le dijo a su patrón: "Gran señor, dame tu licencia; padrecito mío, quiero hablarte". El patrón le dice: "Habla... si puedes". Entonces el pongo empieza a contarle al patrón lo que había soñado anoche: "Oye patroncito, anoche soñé que los dos habíamos muerto y estábamos desnudos ante los ojos de nuestro gran padre San Francisco, Él nos examinó con sus ojos el corazón del tuyo y del mío. El padre San Francisco ordenó al Ángel mayor que te eche toda la miel que estaba en la copa de oro. La cosa es que el ángel, levantando la miel con sus manos enlució todo tu cuerpecito, desde la cabeza hasta las uñas de tus pies, Bien, ahora me tocaba a mí, nuestro gran Padre le dijo a un ángel viejo: "Oye, viejo, embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído: todo el cuerpo, de cualquier manera, cúbrelo como puedas, ¡Rápido!" Entonces, patroncito, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata, me cubrió todo el cuerpo con esa porquería. Espérate, pues, patroncito, ahí no queda la cosa. Nuestro gran Padre nos dijo a los dos: "Ahora, ¡lámanse el uno al otro; despacio, por mucho tiempo".

EL SUEÑO DEL PONGO
(José María Arguedas)

|Haravicus| Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente, en la gran residencia. Era pequeño de cuerpo, miserable de ánimo, débil, todo lamentable; sus ropas viejas.

El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludó en el corredor de la residencia.

-Eres gente u otra cosa -le preguntó delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio.

Humillándose, el pongo no contestó.

Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie.

-¡A ver! -dijo el patrón- por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas sus manos que parecen que no son nada.

-¡Llévate esta inmundicia! -ordenó al mandón de la hacienda.

Arrodillándose, el pongo besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina.

El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embar¬go como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer, lo hacía bien. Pero había un poco como de espanto en su rostro; algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. "Huérfano de huérfanos; hijo del viento, de la luna, debe ser el frío de sus ojos, el corazón, pura tristeza", había dicho la mestiza cocinera, viéndolo.

El hombrecito no hablaba con nadie, trabajaba, callado comía. "Sí, papacito; sí, mamacita", era cuanto solía decir.

Quizá a causa de tener una cierta expresión de espanto y por su ropa tan haraposa y acaso, también, porque no quería hablar, el patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito. Al anochecer cuando los siervos se reunían para rezar el Ave María, en el corredor de la casa-hacienda, a esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo, delante de toda la servidumbre; lo sacudía como a un trozo de pellejo.

Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara.

-Creo que eres perro. ¡Ladra! -le decía.

El hombrecito no podía ladrar.

-Ponte en cuatro patas -le ordenaba entonces.

El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro pies.

-Trota de costado, como perro -seguía ordenándole el hacendado.

El hombrecito sabía correr imitando a los perros pequeños de la puna. El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía todo el cuerpo.

-¡Regresa! -le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor.

El pongo volvía, corriendo de costadito. Llegaba fatigado. Algunos de sus semejantes, siervos, rezaban mientras tanto el Ave María, despacio, como viento interior en el corazón.

-¡Alza las orejas ahora, vizcacha!

-¡Vizcacha eres! -mandaba el señor al cansado hombrecito.

-Siéntate en dos patas; empalma las manos.

Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la figura de uno de estos animalitos, cuando permanecen quietos como orando sobre las rocas. Pero no podía alzar las orejas.

Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrón derribaba al hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor.

-Recemos el Padrenuestro -decía luego el patrón a sus indios, que esperaban en fila.

El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar porque no estaba en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a nadie.

En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se diri¬gían al caserío de la hacienda.

-¡Vete, pancita! -solía ordenar, después, el patrón al pongo.

Y así, todos los días, el patrón hacía revolcarse a su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir llanto. Lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos.

Pero... una tarde a la hora del Ave María, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ese, ese hombrecito, habló muy claramente. Su rostro seguía un poco espantado.

-Gran señor, dame tu licencia, padrecito mío, quiero hablarte- dijo.

El patrón no oyó lo que oía.

-¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro?- preguntó.

-Es a ti a quién quiero hablarte -repitió el pongo.

-Habla... si puedes -contestó el hacendado.

-Padre mío, señor mío, corazón mío -empezó a hablar el hombrecito-, soñé anoche que habíamos muerto los dos, juntos; juntos habíamos muerto.

-¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio -le dijo el gran patrón.

-Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos los dos juntos, desnudos ante nuestro gran padre San Francisco.

-¿Y después? ¡Habla! -ordenó el patrón, entre enojado e inquieto por la curiosidad.

Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro Gran Padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qué distancia. A ti y a mí nos examinaba, pesando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos. Como hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío.

-¿Y tú?

-No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo.

-Bueno sigue contando.

-Entonces, después nuestro padre dijo con su boca: "De todos los ángeles el más hermoso que venga. A ese incomparable que lo acompañe otro pequeño que sea también el más hermoso. Que el ángel pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de la miel de la chancaca más transparente.

-¿Y entonces? -pregunto el patrón. Los indios siervos oían, oían al pongo, con atención sin cuenta pero temerosos.

-Dueño mío, apenas nuestro gran Padre San Francisco dio la orden, apareció un ángel brillante, alto como el sol; vino hasta llegar delante de nuestro Padre caminando despacio. Detrás del ángel mayor marchaba otro pequeño, bello, de luz suave, como el resplandor de las flores. Traía en las manos una copa de oro.

-¿Y entonces? -repitió, el patrón.

-"Ángel mayor: cubre a este caballero can la miel que está en la copa de oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del hombre", diciendo, ordenó nuestro gran Padre. Y así, el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito todo, desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te erguiste, solo; en el resplandor del cielo la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de oro, transparente.

-Así tenía que ser- dijo el patrón, y luego preguntó:

-¿Ya ti?
-Cuando tú brillabas en el cielo, nuestro Gran Padre San Francisco volvió a ordenar.

- "Que de todos los ángeles del cielo venga el que menos vale, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano"

-¿Y entonces?

-Un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las fuerzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro Gran Padre; llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande.

- "Oye viejo -ordenó nuestro gran Padre a ese pobre ángel- embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido!".

-Entonces con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata me cubrió desigual, el cuerpo, así como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin cuidado, Y aparecía avergonzado, en la luz del cielo, apestando.

-Así mismo tenía que ser -afirmó el patrón- ¡Continúa! ¿O todo concluye allí?...

-No, padrecito mío, señor mío. Cuando nuevamente, aunque ya de otro modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro Gran Padre San Francisco, él volvió a mirarnos, también nuevamente, ya a ti ya a mi, largo rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó, juntando la noche con el día, el olvido con la memoria, y luego dijo: "Todo cuando los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo". El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza. Nuestro Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.


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El vuelo de los cóndores de Abraham Valdelomar

ANÁLISIS DE EL VUELO DE LOS CÓNDORES

1. AUTOR: Abraham Valdelomar.

-Nació en Ica, en el año de 1888.
-Hizo sus estudios primarios en su tierra natal.
-Estudió la secundaria en el Colegio Nacional Nuestra Señora de
Guadalupe (Lima).
-Fundó la revista literaria "Colónida".
-Hizo periodismo y escribió novelas, cuentos, ensayos, teatros, entre otros.
-Fue un viajero empedernido, logrando visitar muchos lugares del Perú.
-Tuvo una vida agitada en la vida política en el Perú.
-Abraham Valdelomar, falleció en la ciudad de Ayacucho, en 1919.

OBRAS:

-El Caballero Carmelo
-Los ojos de Judas
-Cuentos Yanquis
-El Hipocampo de oro
-La ciudad de los tísicos
-Yerba Santa
-La psicología del gallinazo
-La Mariscala

2. LOCALIZACIÓN: El vuelo de los cóndores está incluido en el libro de cuentos: El Caballero Carmelo.

3. GÉNERO LITERARIO: Narrativo.

4. ESPECIE LITERARIA: Cuento.

5. FORMA DE EXPRESIÓN: El vuelo de los cóndores está escrito en prosa.

6. ESCUELA O MOVIMIENTO LITERARIO QUE PERTENECE EL AUTOR: Abraham Valdelomar pertenece a la escuela literaria: Colónida.

7. ESTRUCTURA DE LA OBRA: El cuento está dividido en siete capítulos cortos.

8. PERSONAJES DE LA OBRA:

. Personajes principales: El niño Abraham y miss Orquídea (la niña trapecista) .

. Personajes secundarios: Padres de Abraham, hermana y su hermano Anfiloquio, el barrista Kendall, el domador mister Glandys, la hermosa amazona miss Blutner y el payaso "Confitito".

9. AMBIENTE Y ESPACIO: El cuento El vuelo de los cóndores se desarrollan en dos ámbitos: la casa de la familia de Abraham y el circo.

10. EL TIEMPO: El escritor Abraham Valdelomar escribió el cuento en tiempo "pasado", ya que rememora su lejana infancia.

11. EL TEMA: El tema central de El vuelo de los cóndores es: El gran entusiasmo que sienten el niño Abraham y los pobladores de Pisco por la función del circo.

12. LAS ACCIONES: Las acciones más importantes del cuento son: .

-La tardanza del niño Abraham a casa después de la salida del colegio por ver a los artistas del circo que habían llegado recién al pueblo:
-La entrega de las entradas para el circo que dio el padre a sus hijos al término del almuerzo.
-La entrada al circo que hizo la familia de Abraham para ver la función artística.
-La presentación artística de miss Orquídea y la caída de ésta ?e1 trapecio.
-La amistad que se dio entre el niño Abraham y miss Orquídea.
-La despedida de miss Orquídea del niño Abraham.

13. ARGUMENTO:

|Haravicus| El vuelo de los cóndores del cuentista Abraham Valdelomar tiene el siguiente argumento:

El circo que viene de lejos, llega a la ciudad de Pisco, creando un gran alboroto en la ciudad. El niño Abraham, cuando sale de la escuela se queda en el muelle para ver a los artistas del circo. Se queda hasta tarde mirando a los personajes del circo: el musculoso barrista Kendall, el domador mister Glandys, la hermosísima miss Blutner y al payaso "Confitito". El día de la función cirquense, el niño Abraham va con su padre y hermanos al circo. Los primeros números artísticos del circo fueron espectaculares y aplaudieron los asistentes a rabiar; pero al llegar el número central El vuelo de los cóndores, cuya estrella es nada menos que miss Orquídea, quien cae del trapecio salvándose de una muerte segura si no fuera por la red. Miss Orquídea queda inválida ya no podrá a repetir jamás ese número artístico tan peligroso. El niño Abraham, días después descubre a la trapecista sobre una terraza. El y ella se miran, se sonríen y así día a día va naciendo un sentimiento entre ellos. Llega el día inesperado y cruel, pues el circo debe partir del pueblo y con él la bella miss Orquídea. Se produce la despedida definitiva entre el niño Abraham y miss Orquídea.


EL VUELO DE LOS CÓNDORES
(Abraham Valdelomar)

I

|Haravicus| Aquel día demoré en la calle y no sabía qué decir al volver a casa. A las cuatro salí de la escuela, deteniéndome en el muelle, donde un grupo de curiosos rodeaba a unas cuantas personas. Metido entre ellos supe que había desembarcado un circo.

-Ese es el barrista -decían unos, señalando a un hombre de mediana estatura, cara angulosa y grave, que discutía con los empleados de la aduana.

-Aquel es el domador:

Y señalaban a un sujeto hosco, de cónica patilla, con gorrita, polai¬nas, fuete y cierto desenfado en el anclar. Le acompañaba una bella mujer con flotante velo lila en el sombrero; llevaba un perrillo atado a una cadena y una maleta.

-Este es el payaso, dijo alguien.

El buen hombre volvió la cara vivamente: -¡Qué serio!

-Así son en la calle.

Era este un joven alto, de movibles ojos, respingada nariz y ágiles manos. Pasaron luego algunos artistas más; y cogida de la mano de un hombre viejo y muy grave, una niña blanca, muy blanca, sonriente, de rubios cabellos lindos y morenos ojos. Pasaron todos. Seguí entre la multitud aquel desfile y los acompañé hasta que tomaron el cochecito, partiendo entre la curiosidad bullanguera de las gentes.

Yo estaba dichoso por haberlos visto. Al día siguiente contaría en la escuela quiénes eran, cómo 'eran, y qué decían. Pero encaminándome a casa, me di cuenta de que ya estaba obscureciendo. Era muy tarde. Ya habrían comido. ¿Qué decir? Sacome de mis cavilaciones una mano po¬sándose en mi hombro.

-¡Cómo! ¿Dónde has estado?

Era mi hermano Anfiloquio. Yo no sabía qué responder.

-Nada -apunté con despreocupación forzada- que salimos tarde del colegio...

-No puede ser, porque Alfredito llegó a su casa a las cuatro y cuarto...

Me perdí. Alfredito era hijo de don Enrique, el vecino, le habían pregun¬tado por mí y había respondido que salimos juntos de la Escuela. No había más. Llegamos a casa. Todos estaban serios. Mis hermanos no se atrevían a decir palabra. Felizmente, mi padre no estaba y cuando fui a ciar el beso a mamá, ésta sin darle la importancia de otros días, me dijo fríamente:

-Cómo, jovencito, ¿éstas son horas de venir? Yo no respondí nada. Mi madre agregó: -¡Está bien!...

Metime en mi cuarto y me senté en la cama con la cabeza inclinada.

Nunca había llegado tarde a mi casa. Oí un manso ruido: levanté los ojos. Era mi hermanita. Se acercó a mí tímidamente.

-Oye -me dijo tirándome del brazo y sin mirarme de frente- anda a comer...

Su gesto me alentó un poco. Era mi buena confidente, mi abnegada compañera, la que se ocupaba de mí con interés como de ella misma.

-¿Ya comieron todos?, le interrogué.

-Hace mucho tiempo. ¡Si ya vamos a acostamos! Ya van a bajar el farol...

-Oye, le dije, ¿y qué han dicho?...

-Nada; mamá no ha querido comer. ..

Yo no quise ir a la mesa. Mi hermana salió y volvió al punto trayéndome a escondidas un pan, un plátano y unas galletas que le habían regalado en la tarde.

-Anda, come, no seas zonzo. No te van a hacer nada .. Pero eso sí, no lo vuelvas a hacer.

-No, no quiero.

-Pero oye, ¿dónde fuiste? ...

Me acordé del circo. Entusiasmado pensé en aquel admirable circo que había llegado, olvidé a medias mi preocupación, empecé a contarle las maravillas que había visto. ¡Eso era un circo!

-Cuántos volatineros hay -le decía- un barrista con unos brazos muy fuertes; un domador muy feo, debe ser muy valiente porque estaba muy serio. ¡Y el oso! ¡En su jaula de barrotes, husmeando entre las rendijas! ¡Y el payaso! ... ¡Pero qué serio es el payaso! Y unos hombres, un montón de volatineros, el caballo blanco, el mono, con su saquito rojo, atado a una cadena. ¡Ah!, ¡es un circo espléndido!

-¿Y cuándo dan función?

-El sábado...

E iba a continuar, cuando apareció la criada: -Niñita. ¡A acostarse!

Salió mi hermana. Oí en la otra habitación la voz de mi madre que la llamaba y volví a quedarme solo, pensando en el circo, en lo que había visto y en el castigo que me esperaba.

Todos se habían acostado ya. Apareció mi madre, sentase a mi lado y me dijo que había hecho muy mal. Me riño blandamente, y entonces tuve claro concepto de mi falta. Me acordé de que mi madre no había comido por mí; me dijo que no se lo diría a papá, porque no se molestase conmigo. Que yo la hacía sufrir, que yo no la quería...

¡Cuán dulces eran las palabras de mi pobrecita madre! ¡Qué mirada tan pesarosa con sus benditas manos cruzadas en el regazo! Dos lágrimas cayeron juntas de sus ojos, y yo, que hasta ese instante me había contenido, no pude más y, sollozando, le besé las manos.

Ella me dio un beso en la frente. ¡Ah, cuán feliz era, qué buena era mi madre que sin castigarme, me había perdonado!

Me dio después muchos consejos, me hizo rezar "el bendito", me ofreció la mejilla que besé, y me dejó acostado.

Sentí ruido al poco rato. Era mi hermanita. Se había escapado de su cama descalza; echó algo sobre la mía, y me dijo volviéndose a la carrera y de puntitas como había entrado:

-Oye, los dos centavos para ti, y el trompo también te lo regalo...

II

|Haravicus| Soñé con el circo. Claramente aparecieron en mi sueño todos los personajes. Vi desfilar a todos los animales. El payaso, el oso, el mono, el caballo, y, en medio de ellos, la niña rubia, delgada, de ojos negros, que me miraba sonriente. ¡Qué buena debía ser esa criatura tan callada y delgaducha! Todos los artistas se agrupaban, bailaba el oso, pirueteaba el payaso, giraba en la barra el hombre fuerte, en su caballo blanco daba vueltas al circo una bella mujer, y todo se iba borrando en mi sueño, quedando sólo la imagen de la desconocida ¡riña con su triste y dulce lánguida.

Llegó el sábado. Durante el almuerzo, en mi casa, mis hermanos hablaron del circo. Exaltaban la agilidad del barrista, el mono era un prodigio, jamás había llegado un payaso más gracioso que "Confitito"; ¡qué oso tan inteligente! Y luego... todos los jóvenes de Pisco iban a ir aquella noche al circo...

Papá sonreía aparentando seriedad. Al concluir el almuerzo sacó pausadamente un sobre.

-¡Entradas! -cuchichearon mis hermanos.

-¡Sí, entradas! ¡Espera!...

-¡Entradas! -insistía el otro.

El sobre fue a poder de mi madre.

Levantase papá y con él la solemnidad de la mesa, y todos saltando de nuestros asientos, rodeamos a mi madre.

-¿Qué es? ¿Qué es?

-¡Estarse quietos o... no hay nada!

Volvimos a nuestros puestos. Abriose el sobre y ¡oh, papelillos morados! Eran las entradas para el circo; venían dentro un programa. ¡Qué programa! ¡Con letras enormes y con los artistas pintados! Mi hermano mayor leyó. ¡Qué admirable maravilla!

El afamado barrista Kendall, el hombre de goma; el célebre domador Mister Glandys; la bellísima amazona Miss Blutner con su caballo blanco, el caballo matemático, el graciosísimo payaso "Confitito", rey de los payasos del Pacífico, y su mono; y el extraordinario y emocionante espectáculo "El vuelo de los cóndores", ejecutado por la pequeñísima artista Miss Orquídea.

Me dio una corazonada. La niña no podía ser otra... Miss Orquídea. ¿Y esa niña frágil y delicada iba a realizar aquel, prodigio? Celebraron alborozados mis hermanos el circo, y yo, pensando, me fui al jardín, después a la escuela, y aquella tarde no atravesé palabra con ninguno de mis camaradas.

III

|Haravicus| A las cuatro salí del colegio, y me encaminé a casa. Dejaba los libros cuando sentí ruido y las carreras atropelladas de mis hermanos.

-¡El "convite"! ¡El "convite"! ...

-¡Abraham, Abraham!, gritaba mi hermanita. ¡Los volatineros!

Salimos todos a la puerta. Por el fondo de la calle venia un grupo enorme de gente que unos cuantos músicos precedían. Avanzaron. Vimos pasar la banda de músicos con sus bronces ensortijados y sonoros, el bombo iba delante dando atronadores compases, después, en un caballo blanco, la artista Miss Bluther, con ceñido talle, sus rosadas piernas, sus brazos desnudos y redondos. Precioso atavío llevaba el caballo, que un hombre con casaca roja y un penacho en la cabeza, llena de cordones, portaba de la brida; después iba Mister Kendall, en traje de oficio, mostrando sus musculosos brazos en otro caballo. Montaba el tercero miss Orquídea, la bellísima criatura, que sonreía tristemente; en seguida el mono, muy engalanado, caballero en un asno pequeño, y luego "Confitito", rodeado de muchedumbre de chiquillos que palmoteaban a su lado llevando el compás de la música.

En la esquina se detuvieron y "Confitito" entonó al son de la música esta copla:

Los jóvenes de este tiempo
Usan flor en el ojal
Y dentro de los bolsillos
No se les encuentra un real

Una algazara estruendos a coreó las últimas palabras del payaso. Agitó éste su cónico gorro, dejando al descubierto su pelada cabeza.

Rompió el bombo la marcha y todos se perdieron por el fin de la plazoleta hacia los rieles del ferrocarril para encaminarse al pueblo. Una nube de polvo los seguía y nosotros entramos a casa nuevamente, en tanto que la caravana multicolor y sonora se esfumaba detrás de los toñuces, en el salitroso camino.

IV

|Haravicus| Mis hermanos comieron. No veíamos la hora de llegar al circo. Vestímonos, y listos, nos despedimos de mamá. Mi padre llevaba su "Carlos Alberto". Salimos, atravesamos la plazuela, subimos la calle del tren, que tenía al final una baranda de hierro, y llegamos al cochecito, que agitaba su campana. Subimos al carro, sonó el pitear de partida; una trepidación; soltase el breque, chasqueó el látigo, y las mulas halaron.

Llegamos por fin al pueblo y poco después al circo. Estaba éste en una estrecha calle. Un grupo de gentes se estacionaban en la puerta que iluminaban dos grandes aparatos de bencina de cinco luces. A la entrada, en la acera, había mesitas, con pequeños toldos, donde en f1oreados vasos con las armas de la patria estaba la espumosa blanca chicha de maní, la amarilla de garbanzos y la dulce de "bonito", las butifarras, que eran panes en cuya boca abierta el ají y la lechuga ocultaban la carne; los platos con cebollas picadas en vinagre, la fuente de "escabeche" con sus yacentes pescados, "la causa", sobre cuya blanda masa reposaba graciosamente el rojo de los camarones, el morado de las aceitunas, los pedazos de queso, los repollos verdes y el "pisco" oloroso, alabado por las vendedoras...

Entramos por un estrecho callejoncito de adobes, pasamos un espa¬cio pequeño donde charlaban gentes, y al fondo, en un inmenso corralón, levantábase la carpa. Una gran carpa, de la que salían gritos, llamadas, piteos, risas. Nos instalamos. Sonó una campanada.

-¡Segunda! -gritaron todos, aplaudiendo.

El circo estaba rebosante. La escalonada muchedumbre formaba un gran círculo, y delante de los bajos escalones, separada por un zócalo de lona, la platea, y entre ésta y los palcos que ocupábamos nosotros, un pasadizo. Ante los palcos estaba la pista, la arena donde iban a realizarse las maravillas de aquella noche.

Sonó largamente otro campanillazo.

-¡Tercera! ¡Bravo, bravo!

La música comenzó con el programa: Obertura por la banda. Presentación de la compañía. Salieron los artistas en doble fila. Llegaron al centro de la pista y saludaron a todas partes con una actitud uniforme, graciosa y peculiar; en el centro, Miss Orquídea con su admirable cuerpecito, vestido de punto, con zapatillas rojas, sonreía.

Salió el barrista, gallardo, musculoso, con sus negros, espesos y retorcidos bigotes. ¡Qué bien peinado! Saludó. Ya estaba lista la barra, Sacó un pañuelo de un bolsillo secreto en el pecho, colgase, giró retorcido vertiginosamente, parose en la barra, pendió de corvas, de brazos, de vientre; hizo rehiletes y, por fin, dio un gran salto mortal y cayó en la alfombra en el centro del circo. Gran aclamación. Agradeció. Des¬pués todos los números del programa. Pasó Miss Blutner corriendo en su caballo; contó éste con la pata desde uno hasta diez; a una pregunta que le hizo su ama de si dos y dos eran cinco, contestó negativamente con la cabeza, en convencido ademán. Salió Mister Glandys con su oso; bailó éste acompasado y socarrón, pirueteó el mono, se golpeó varias veces el payaso y, por fin, el público exclamó al terminar el segundo entreacto:

-¡El vuelo de los cóndores!

V

|Haravicus| Un estremecimiento recorrió todos mis nervios. Dos hombres de casaca roja pusieron en el circo, upo frente a otro, unos estrados altos, altísimos, que llegaban hasta tocar la carpa. Dos trapecios colgados del centro mismo de ésta oscilaban. Sonó la tercera campanada y apareció entre los artistas Miss Orquídea, con su apacible sonrisa; llegó al centro, saludó graciosamente, colgase de una cuerda y la ascendieron al estrado. Parose en él delicadamente, como una golondrina en un alero breve. La prueba consistía en que la niña tomase el trapecio, que pendiendo del centro, le acercaban con unas cuerdas a la mano, y, colgada de él, atravesara el espacio, donde otro trapecio la esperaba, debiendo en la gran altura cambiar de trapecio y detenerse nuevamente en el estrado opuesto.

Se dieron las voces, se soltó el trapecio opuesto, y en el suyo la niña se lanzó mientras el bombo -detenida la música- producía un ruido siniestro y monótono. ¡Qué miedo, qué dolorosa ansiedad! ¡Cuánto habría dado yo porque aquella niña rubia y triste no volase! Serenamente realizó la peligrosa hazaña. El público silencioso y casi inmóvil la contemplaba, y cuando la niña se instaló nuevamente en el estrado y saludó segura de su triunfo, el público la aclamó con vehemencia. La aclamó mucho. La niña bajó, el público seguía aplaudiendo. Ella para agradecer hizo unas pruebas difíciles en la alfombra, se curvó, su cuerpecito se retorcía como un aro, y enroscada, giraba, giraba como un extraño monstruo, el cabello despeinado, el color encendido. El público aplaudía más, más. El hombre que la traía en el muelle de la mano habló algunas palabras con los otros. La prueba iba a repetirse.

Nuevas aclamaciones. La pobre niña obedeció al hombre adusto casi inconscientemente. Subió. Se dieron las voces. El público enmudeció, el silencio se hizo en el circo y yo hacía votos, con los ojos fijos en ella, porque saliese bien de la prueba, Sonó una palmada y Miss Orquídea se lanzó... ¿Qué le pasó a la pobre niña? Nadie lo sabía. Cogió mal el trapecio, se soltó a destiempo, titubeó un poco, dio un grito profundo, horrible, pavoroso y cayó como una avecilla herida en el vuelo, sobre la red del circo, que la salvó de la muerte. Rebotó en ella varias veces. El golpe fue sordo. La recogieron, escupió y vi mancharse de sangre su pañuelo, perdi¬da en brazos de esos hombres y en medio del clamor de la multitud.

Papá nos hizo salir, cruzamos las calles, tomamos el cochecito y yo, mudo y triste, oyendo los comentarios, no sé que cosas pensaba contra esa gente. Por primera vez comprendí entonces que había hombres muy malos.

VI

|Haravicus| Pasaron algunos días. Yo recordaba siempre con tristeza a la pobre niña; la veía entrar al circo, vestida de punto, sonriente, pálida; la veía después caída, escupiendo sangre en el pañuelo, ¿dónde estaría? El circo seguía funcionando. Mi padre no quiso que fuéramos más. Pero ya no daban el Vuelo de los Cóndores. Los artistas habían querido explotar la piedad del público haciendo palpable la ausencia de Miss Orquídea.

El sábado siguiente, cuando había vuelto de la escuela, y jugaba en el jardín con mi hermana, oímos música.

-¡El convite! ¡Los volatineros! ...

Salimos en carrera loca. ¿Vendría Miss Orquídea? ...

¡Con qué ansia vi acercarse el desfile! Pasó el bombo sordo con sus golpes definitivos, los músicos con sus bronces ensortijados, los platillos estridentes, los acróbatas, y, después el caballo de Miss Orquídea, solo, con un listón negro en la cabeza...

Luego el resto de la farándula, el mono impasible haciendo sus eternas muecas sin sentido...

¿Dónde estaba Miss Orquídea?

No quise ver más; entré a mi cuarto y por primera vez, sin saber por qué, lloré a escondidas la ausencia de la pobrecita artista.

VII

|Haravicus| Algunos días más tarde, al ir, después del almuerzo a la escuela, por la orilla del mar, al pie de las casitas que llegan hasta la ribera y cuyas escalas mojan las olas a ratos, salpicando las terrazas de madera, senteme a descansar, contemplando el mar tranquilo y el muelle, que a la iz¬quierda quedaba. Volví la cara al oír unas palabras en la terraza que tenía a mi espalda y vi algo que me inmovilizó. Vi una niña muy pálida, muy delgada, sentada mirando desde allí el mar. No me equivocaba: era Miss Orquídea, en un gran sillón de brazos, envuelta en una manta verde, inmóvil.


Me quedé mirándola largo rato. La niña levantó hacia mí los ojos y me miró dulcemente. ¡Cuán enferma debía estar! Seguí a la escuela y por la tarde volví a pasar por la casa. Allí estaba la enfermita, sola. La miré cariñosamente desde la orilla; esta vez la enferma sonrió, sonrió. ¡Ah, quién pudiera ir a su lado a consolarla! Volví al otro día, y al otro, y así durante ocho días. Éramos como amigos. Yo me acercaba a la baranda de la terraza, pero no hablábamos. Siempre nos sonreíamos mudos y yo estaba mucho tiempo a su lado.

Al noveno día me acerqué a la casa. Miss Orquídea no estaba. En¬tonces tuve una sospecha: había oído decir que el circo se iba pronto. Aquel día salía vapor. Eran las once, crucé la calle y atravesé el jirón de la Aduana. En el muelle vi a algunos de los artistas con maletas y líos, pero la niña no estaba. Me encaminé a la punta del muelle y esperé en el embarcadero. Pronto llegaron los artistas en medio de gran cantidad de pueblo y de granujas que rodeaban al mono y al payaso. Y entre Miss Blutner y Kendall, cogida de los brazos, caminando despacio, tosiendo, la bella criatura. Metime entre las gentes para verla bajar al vote desde el embarcadero. La niña buscó algo con los ojos, me vio, sonrió muy dulcemente conmigo me dijo al pasar junto a mí:

-Adiós.

-Adiós.

Mis ojos la vieron bajar en brazos de Kendall al botecillo inestable; la vieron alejarse de los mohosos barrotes del muelle; y ella me miraba triste con los ojos húmedos; sacó su pañuelo y lo agitó mirándome; yo la saludaba con la mano, y así se fue esfumando, hasta que sólo se distinguía el pañuelo como una ala rota, como una paloma agonizante, y por fin, no se vio más que el bote pequeño que se perdía tras el vapor...

Volví a mi casa, y a las cinco, cuando salí de la escuela, sentado en la terraza de la casa vacía, en el mismo sitio que ocupaba la dulce amiga, vi perderse a lo lejos en la extensión marina el vapor, que manchaba con su cabellera de humo el cielo sangriento del crepúsculo.



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El Trompo - Javier Diez Canseco (Cuento completo)




EL TROMPO

(José Diez Canseco)

I

Sobre el cerro San Cristóbal la niebla había puesto una capota sucia que cubría la cruz de hierro. Una garúa de calabobos se cernía entre los árboles lavando las hojas, transformándose en un fango ligero y descendiendo hasta la tierra que acentuaba su color pardo. Las estatuas desnu­das de la Alameda de los Descalzos se chorreaban con el barro formado por la lluvia y el polvo acumulado en cada escorzo. Un policía, cubierto con su capote azul de vueltas rojas, daba unos pasos aburridos entre las bancas desiertas, sin una sola pareja, dejando la estela fumosa de su cigarrillo. Al fondo, en el convento de los frailes franciscanos se estre­mecía la débil campanita con su son triste.

En esa tarde todo era opaco y silencioso. Los automóviles, los tranvías, las carretillas repartidoras de cervezas y sodas, los "colectivos", se esfumaban en la niebla gris-azulada y todos los ruidos parecían lejanos. A veces surgía la estridencia característica de los neumáticos rodando sobre el asfalto húmedo y sonoro y surgía también, solitario y escuálido, el silbido vagabundo de un transeúnte invisible. Esta tarde se parecía a la tarde del vals sentimental y huachafo que, hace muchos años, cantaban los currutacos de las tiorbas:

¡La tarde era triste,

la nieve caía! ...

Por la acera izquierda de la Alameda iba Chupitos y a su lado el cholo Feliciano Mayta. Chupitos era un zambito de diez años, con dos ojazos vivísimos, sombreados por largas pestañas y una jeta burlona que siem­pre fruncía con estrepitoso sorbo. Chupitos le llamaron desde que un día, hacía un año más o menos, sus amigos le encontraron en la puerta de la Botica de San Lázaro pidiendo:

-¡Despácheme esta receta! ...

Click aqui para ver el cuento completo...

Si no funciona el anterior, haz click aqui


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Criaban los hijos sin regalo ninguno

Hasta la fecha, muchas madres serranas guardan la costumbre de envolver los brazos de las criaturas pegadas al cuerpo. Dicen que lo hacen para que el niño no se asuste cuando mecánicamente mueve los miembros.

En el imperio incaico, las madres lo hacían para que sus hijos no fueran flojos de brazos.

CAPITULO XII

Criaban los hijos sin regalo ninguno


Los Hijos criaban estrañamente, así los Incas como la gente común, ricos y pobres, sin distinción alguna, con el menor regalo que les podían dar. Luego que nacía la criatura la bañaba con agua fría para envolverla en sus mantillas, y cada mañana que le envolvían la habían de lavar con agua fría, y las más veces puesta al sereno. Y cuando la madre le hacía mucho regalo, tomaba el agua en la boca y le lavaba todo el cuerpo, salvo la cabeza; particularmente la mollera, que nunca le llegaba a ella. Decían que hacían esto por acostumbrarlos al frío y al trabajo, y también por que los miembros se fortaleciesen. No les soltaban los brazos de las envolturas por más de tres meses porque decían que, soltándoselos antes, los hacían flojos de brazos. Teníanlos siempre echados en sus cunas, que era un banquillo mal aliñado de cuatro pies, y el un pie era más corto que los otros para que se pudiese mecer. El asiento o lecho donde echaban el niño era de una red gruesa, por que no fuese de tabla, y con la misma red lo abrazaban por un lado y otro de la cuna y lo liaban, por que no se cayese della.

Al darles la leche ni en otro tiempo alguno no los tomaban en el regazo ni en brazos, porque decían que haciéndose a ellos se hacían llorones y no querían estar en la cuna; sino siempre en brazos. La madre se recostaba sobre el niño y le daba el pecho, y el dárselo era tres veces al día; por la mañana y a mediodía y a la tarde. Y fuera destas horas no les daban leche, aunque llorasen, porque decían que se habituaban a mamar todo el día y se criaban sucios, por vómitos y cámaras, y que cuando hombres eran comilones y glotones; decían que los animales no estaban dando leche a sus hijos todo el día ni toda la noche, sino a ciertas horas. La madre propia criaba su hijo; no se permitía darlo a criar, por gran señora que fuese, si no era por enfermedad. Mientras criaban se abstenían del coito, porque decían que era malo para la leche y encanijaba la criatura. A los tales encanijados llamaban ayusca; es participio de pretérito; quiere decir en tuda su significación, el negado, y más propiamente el trocado por otro de sus
Padres. Y por semejanza se lo decía un mozo a otro, motejándose que su dama hacía más a otro que no a él. No se sufría decírselo al casado, porque es palabra de las cinco; tenía gran pena el que la decía. Una Palla de la sangre real conocí que por necesidad dió a criar una hija suya. La dama debió de hacer traición o se empreñó, que la niña se encanijó y se puso como hética que no tenía sino los huesos y el pellejo. La madre, viendo su hija ayusca (al cabo de ocho meses que se le había enjugado la leche), la volvió a llamar a los pechos con cernadas y emplastos de yerbas que se puso a las espaldas, y volvió a criar su hija y la convaleció y libró de muerte. No quiso dársela a otra ama, porque dijo que la leche de la madre era la que le aprovechaba.

Si la madre tenía leche bastante para sustentar su hijo, nunca jamás le daba de comer hasta que lo destetaba, porque decían que ofendía el manjar a la leche y se criaban hediondos y sucios. Cuando era tiempo de sacarlos de la cuna, por no traerlos en brazos les hacían un hoyo en el suelo, que les llegaba a los pechos; aforrábanlos con algunos trapos viejos, y allí los metían y les ponían delante algunos juguetes en que se entretuviesen. Allí dentro podía el niño saltar y brincar, mas en brazos no lo habían de traer, aunque fuese hijo del mayor curaca del reino.

Ya cuando el niño andaba a gatas, llegaba por el un lado o el otro de la madre a tomar el pecho, y había de mamar de rodillas en el suelo, empero no entrar en el regazo de la madre, y cuando quería el otro pecho le señalaba que rodease a tomarlo, por no tomarlo la madre en brazos. La parida se regalaba menos que regalaba a su hijo, porque en pariendo se iba a un arroyo o en casa se lavaba con agua fría, y lavaba su hijo y se volvía a hacer las haciendas de su casa, como si nunca hubiera parido. Parían sin partera, ni la hubo entre ellas; si alguna hacia de partera, más era hechicera que partera.

Esta era la común costumbre que las indias del Perú tenían en el parir y criar sus hijos, hecha ya naturaleza, sin distinción de ricas o pobres ni de nobles o plebeyas.


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El destetar, tresquilar y poner nombre a los niños

En este capítulo rescatamos una costumbre incaica que subsiste hasta nuestos días: el corte de pelo.

Actualmente, cuando un niño cumple cerca de un año, se realiza una fiesta que consiste en el primer corte del cabello. A ella asisten seres queridos para regocijarse con la criatura. Cada uno de los invitados realiza el corte, no sin antes haber bebido un vaso de trago fuerte ( aunque esto es opcional) y no sin antes también de haber dado una colaboración económica. Esta costumbre fue inventada en el imperio incaico. Leamos ahora...

Los Comentarios Reales de los Incas

Capítulo XI

El destetar, tresquilar y poner nombre a los niños

Los Incas usaron hacer gran fiesta al destetar de los hijos primogénitos, y no a las hijas ni a los demás varones segundos y terceros, a lo menos no con la solenidad de! primero; porque la dignidad de la primogenitura, principalmente del varón, fué muy estimada entre estos incas, y a imitación dellos lo fué entre todos sus vasallos.

Destetábanlos de los dos años arriba y les tresquilaban el primer cabello con que habían nacido, que hasta entonces no tocaban en él, y les ponían el nombre proprio que había de tener, para lo cual se juntaba toda la parentela, y elegían uno dellos para padrino del niño, el cual daba la primera tiserada al ahijado. Las tiseras eran cuchillos de pedernal, porque los indios no alcanzaron la invención de las tiseras. En pos del padrino iba cada uno por su grado, de edad o dignidad, a dar su tiserada al destetado; y habiéndose tresquilado, le ponían el nombre y le presentaban las dádivas que llevaban, unos ropa de vestir, otros ganado, otros armas de divesas maneras, otros le daban vasijas de oro o de plata para beber, y éstos habían de ser de la estirpe real, que la gente común no los podía tener sino por privilegio.

Acabado el ofrecer, venía la solenidad del beber, que sin él no había fiesta buena. Cantaban y bailaban hasta la noche, y este regocijo duraba tres o cuatro días, o más, como era la parentela del niño, y casi lo mismo se hacía cuando destetaban y tresquilaban al príncipe heredero, sino que era con solenidad real y era el padrino el Sumo Sacerdote del Sol. Acudían personalmente o por sus embajadores los curacas de todo el Reino, hacíase una fiesta que por lo menos duraba más de veinte días; hacíanle grandes presentes de oro y plata y piedras preciosas y de todo lo mejor que había en sus provincias.

A semejanza de lo dicho, porque todos quieren imitar a la cabeza, hacían lo mismo los curacas y universalmente toda la gente común del Perú, cada uno según su grado y parentela, y ésta era una de sus fiestas de mayor regocijo. Para los curiosos de lenguas decimos que la general del Perú tiene dos nombres para decir hijos: el padre dice churi y la madre huahua (habíase de escrebir este nombre sin la h.h.; solamente las cuatro vocales, pronunciadas cada una de por sí en dos diptongos: uaua; yo la añado las h.h. por que no se hagan dos sílabas). Son nombres, y ambos quieren decir hijos, incluyendo en sí cada uno dellos ambos sexos y ambos números, con tal rigor que no puedan los padres trocarlos, so pena de hacerse el varón hembra y la hembra varón. Para distinguir los sexos añaden los nombres que significan macho o hembra; mas para decir hijos en
plural o en singular, dice el padre churi y la madre uaua. Para llamarse hermanos tienen cuatro nombres diferentes. El varón dice huauque: quiere decir hermano; de mujer a mujer dicen ñaña: quiere decir hermana. Y si el hermano a la hermana dijese ñaña (pues significa hermana) sería hacerse mujer. Y si la hermana al hermano dijese huauque (pues significa hermano) sería hacerse varón. El hermano a la hermana dice pana: quiere decir hermana; y la hermana al hermano dice tora: quiere decir hermano, Y un hermano a otro no puede decir tora, aunque significa hermano, porque sería hacerse mujer, ni una hermana a otra puede dice pana, aunque significa hermana, porque sería hacerse varón. De manera que hay nombres de una misma significación y de un mismo género unos apropriados a los hombres y otros a las mujeres, para que usen dellos, sin poderlos trocar, so la dicha pena. Todo lo cual se debe advertir mucho para enseñar nuestra Sancta Religión a los indios sin darles ocasión de risa con los barbarismos. Los Padres de la Compañía, como tan curiosos en todo, y otros religiosos trabajan mucho en aquella lengua para doctrinar aquellos gentiles, como al principio dijimos.


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Palla Huarcuna (Tradición)

¿A dónde marcha el hijo del Sol con tan numeroso séquito?

Túpac Yupanqui, EL RICO EN TODAS LAS VIRTUDES, como lo llaman los haravicus del Cuzco, va recorriendo en paseo triunfal su vasto imperio, y por doquiera que pasa se elevan unánimes gritos de bendición. El pueblo aplaude a su soberano, porque él le da prosperidad y dicha.

La victoria ha acompañado a su valiente ejército, y la indómita tribu de los pachis se encuentra sometida.

¡Guerrero del llauto rojo! Tu cuerpo se ha bañado en la sangre de los enemigos, y las gentes salen a tu paso para admirar tu bizarría.

¡Mujer! Abandona la rueca y conduce de la mano a tus pequeñuelos para que aprendan, en los soldados del Inca, a combatir por la patria.

El cóndor de alas gigantescas, herido traidoramente y sin fuerzas ya para cruzar el azul del cielo, ha caído sobre el pico más alto de los Andes, tiñendo la nieve con su sangre. El gran sacerdote, al verlo moribundo, ha dicho que se acerca la ruina del imperio de Manco, y que otras gentes vendrán en piraguas de alto borde a imponerle su religión y sus leyes.

En vano alzáis vuestras plegarias y ofrecéis sacrificios, ¡oh hijos del Sol, porque el augurio se cumplirá!

¡Feliz, tú, anciano, porque sólo el polvo de tus huesos será pisoteado por el extranjero y no verán tus ojos el día de la humillación para los tuyos. Pero entretanto, ioh hija de Mama-Ocllo¡ trae a tus hijos para que no olviden el arrojo de sus padres, cuando en la vida de la patria suene la hora de la conquista.

Bellos son sus himnos, niña de los labios de rosa; pero en tu acento hay la amargura de la cautiva.

Acaso en tus valles nativos dejaste el ídolo de tu corazón; y hoy al preceder cantando con tus hermanos, las andas de oro que llevan sobre sus hombros los nobles Curacas, tienes que ahogar las lágrimas y entonar alabanzas al conquistador. ¡N o, tortolilla de los bosques! El amado de tu alma es tú cerca de ti, y es también uno de los prisioneros del Inca.

La noche empieza a caer sobre los montes, y la comitiva real se detiene en Izcuchaca. De repente la alarma cunde en el campamento.

La hermosa cautiva, la joven del collar de GUAIRUROS, la destinada para el serrallo del monarca, ha sido sorprendida huyendo con su amado, quien muere defendiéndola.

Túpac Yupanqui ordena la muerte para la esclava infiel.

Y ella escucha alegre la sentencia, porque anhela reunirse con el dueño de su espíritu y porque sabe que no es la tierra la patria del amor eterno.

Y desde entonces, iOh viajero!, si quiere conocer el sitio donde fue inmolada la cautiva, sitio al que los habitantes de Huancayo dan el nombre de Palla-Huarcuna, fíjate en la cadena de cerros, y entre lzcuchaca y Huaynanpuquio verás una roca que tiene las formas de una india con un collar en el cuello y el turbante de plumas sobre la cabeza. La roca parece artísticamente cincelada, y los naturales del país, en su sencilla superstición, la juzgan el genio maléfico de su comarca, creyendo que nadie puede atreverse a pasar de noche por Palla-Huarcuna sin ser devorado por el fantasma de piedra.

Ricardo Palma*
(*) Ricardo PALMA. Nació en Lima en 1883 y murió en 1919. Es el autor de las famosas "Tradiciones Peruanas". Grandes críticos universales lo han considerado un clásico del idioma castellano. Muchas de sus tradiciones tratan de la época incaica; otras, del período del coloniaje y el virreynato. También numerosas tradiciones se ocupan de los tiempos de la revolución libertadora.


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Cusi Coyllur, Ima Sumac y Pitu Salla

Lo que sigue es el argumento de la obra y luego un extracto en la que Pitu Salla, la carcelera, confiesa a Ima Sumac sobre el estado de la princesa Cusi Coyllur. Se produce el dramático encuentro entre madre e hija, luego de casi 15 años.

ARGUMENTO DE LA OBRA

|Haravicus| El contenido de la presente obra, se desarrolló durante los últimos años del gobierno del inca Pachacútec, y los primeros años de gobierno de su hijo Túpac Yupanqui, (años de 1470 a 1493 aproximadamente).

Ollantay, bravo guerrero indio y general de las fuerzas del Inca Pachacútec, nombrado por éste como el jefe de la región del Anti-Suyo; se enamora locamente de la hija del Inca, la princesa CUusi Coyllur. Huillca Urma, conocedor de esto, trata de aconsejar a Ol1antay y le manifiesta que lo que desea es algo imposible y que el Inca no lo permitirá por no ser de su linaje; inútiles resultan los consejos del adivino, y Ollantay se presenta ante el Inca para solicitar por esposa a su hija. El Inca le niega y le reprocha tal actitud. enrostrándole su condición social y linaje.

Ollantay, herido por esta actitud y ciego de ira, decide sublevarse, para lo cual se dirige a su comarca a preparar a sus soldados para llevar a cabo su venganza. Organizadas sus huestes se sitúan en el Valle de Vilcamayo, en donde llevan a efecto la construcción de la gran fortaleza de Ollantay - Tambo.

Mientras Ollantay se prepara para hacer la guerra, nace su hija Ima Súmac en el palacio imperial; conocedor de esto, el Inca, se encoleriza y envia a su hija cautiva al interior del Palacio de Aclla-Huasy, donde permaneció por espacio de 10 años.

Asimismo, conocedor de la actitud de Ollantay, decide combatirlo para lo cual manda llamar a todos sus generales; pero en instancias de prepararse para esta campaña, le sorprende la muerte, sucediéndole inmediatamente su hijo Túpac Yupanqui, quien ante el problema y obstáculo que significa Ollantay, decide combatirlo, para lo cual envía al guerrero Rumi Ñahui, el que, por un acto de traición, toma prisionero a Ollantay, el mismo que es enviado a presencia del Inca junto con sus compañeros y allegados.

El Inca Túpac Yupanqui ordena que sean ejecutados al instante por haber violado las leyes del Imperio: pero decide no hacerlo y los pone en libertad bajo condiciones especiales.

Mientras esto acontecía, en el Aclla Huasy aún se encontraban cautivas su esposa Cusi Coyllur y su hija Ima Súmac. Pitú Salla, carcelera, revela el secreto a lma Súmac la misma que se dirige al Palacio a hablar con el rey para que den libertad a su madre cautiva; es en este instante en que adolorido por tal revelación se dirige al lugar indicado y se da con la sorpresa de reconocer a su hermana, en este momento también Ollantay ve después de muchos años, a su amada y agradece al Inca por su actitud tan generosa: Ollantay promete al Inca seguir luchando por el engrandecimiento del Imperio, y como culminación a todo esto el Inca ordena que se celebre una fiesta en honor de la princesa Cusy Coyllur, y por el honor de Ollantay que quedará en su lugar durante su visita a la región del Collao. La fiesta se prolonga por varios días hasta que parte el Inca Túpac Yupanqui al Collao. Ol1antay, feliz y al lado de su esposa e hija, gobierna el Imperio hasta el retorno del Inca.

CUADRO I

|Haravicus| (Ima-Súmac, acompañada por Pitu-Salla, al anochecer, recorre el templo donde la tienen encerrada)

IMA-SUMAC: ¿Hasta cuándo, hermana mía, me ocultas el secreto que me atormenta? ¿No te compadeces de mí?

PITU-SALLA: Si supieras que tu dolor llega a lo más profundo de mi ser.

IMA-SUMAC: Sin cesar lloraré hasta que me descubras la verdad. En este lugar alguien purga un pecado. ¿Por qué debo ignorar quién es?

PITU-SALLA: Voy a descubrirte la verdad, pero prométeme antes que veas lo que vieres, permanecerás muda. Tus ojos serán testigos de un hecho doloroso, y derramarán, a su vista, muchas lágrimas.

IMA-SUMAC: No me ocultes nada, pues nada saldrá de mi boca.

PITU-SALLA: ¿Ves esa puerta de piedra? Alli hay una celda. (Mirando en torno). La noche llega. Espera que traiga una luz (sale).

IMA-SUMAC: (Sola y temerosa): Extraños presentimientos me acongojan. ¿Veré, por fin a la que aquí agoniza?

PITU-SALLA: (Que vuelve con un recipiente con agua, un plato de comida y una luz, que entrega a Ima-Sumac): Sígueme. Oculta un poco la luz.

(Se dirigen a una puerta de piedra que Pitu-Salla mueve con dificultad)
IMA-SUMAC: ¿Dentro de esta horrible caverna está la cautiva?

PITU-SALLA: Sí... Coloca la luz de tal modo que veas a la que vienes a buscar. Mira ... (Ima-Sumac mira al interior) ¿Estas satisfecha ya?

IMA-SUMAC: (Con tono de horror): ¿Qué veo? ¿Es una muerta la que dentro yace?

PlTU-SALLA (Acudiendo a su socorro): ¡Dulce paloma, vuelve en ti, pronto! ¡Recóbrate!

IMA-SUMAC: (Volviendo en sí): ¿Es un cadáver? ¿Quién es, Pitu-Salla, quién es esa desdichada?

PlTU-SALLA: No es un cadáver. Es una princesa la que allí se consume.

IMA-SUMAC (Decidida): Ayúdame a sacarla de ahí. Todavía vive. Penetran al interior. (Con dificultad ayudan a salir a Cusi Coyllur).

PITU-SALLA: (Vierte el agua a Cusi-Coyllur) He aquí agua y un poco de comer. Procura sentarte.

IMA-SUMAC: ¿Quién eres? ¿Cómo es que estás encerrada en el fondo de esta caverna?

PITU-SALLA: Deja que tome un poco de alimento ... Luego podrá hablar.

CUSI-COYLLUR (Lenta y débilmente, a Ima-Sumac): ¡Qué dichosa soy viendo, después de tantos años, un rostro tan bello!

IMA-SUMAC: ¿De qué crimen eres culpable para merecer tal suerte? ¿Por qué sufres tan duro suplicio?

CUSI-COYLLUR: ¡Oh, soy una flor sumida en el abismo! (Pausa). Me uní a un hombre como la pupila al ojo. Él me amaba y yo le correspondía, pero el Inca, mi padre, desconocía esa pasión. Cuando él le pidió mi mano, lo arrojó de su lado, y a mí me mandó encerrar en esta oscura celda. Han pasado por mí quince años entre la vida y la muerte, ligada a estas ataduras y olvidada por todos.

Sin embargo, ya lo ves, aún vivo. Esa es mi historia (pausa). ¿Y quién eres tú, tan joven y tan compasiva?

IMA-SUMAC: Con el pensamiento, día y noche, te he acompañado en tu dolor. Desde que escuché tu voz por primera vez sentí un deseo irresistible de consolarte. (Pausa). No tengo padre, y nadie en el mundo se interesa por mí.

CUSI-COYLLUR: ¿Qué edad tienes?

IMA-SUMAc: Muchos años debo tener, porque muchos años hace que detesto esta casa.

PITU-SALLA: Según mi cuenta debe tener quince años más o menos.

CUSI-COYLLUR: Me llaman Ima-Sumac ...

CUSI-COYLLUR (Puesta en pie, plena de alegría): ¡Ah! ¡Hija mía! ¡Hija mía! ¡Eres mi dicha! (Tomándola entre sus brazos). ¡Hija mía, ven, ven! Ye te di ese nombre!

IMA-SUMAC: ¿Tú mi madre? ¿Puedo merecer tanta felicidad?

CUSI-COYLLUR: Soy tu madre, Ima-Sumac. Déjame que te estreche entn mis brazos.

IMA-SUMAC: ¡Madre, madre mía! ¡No te separarás de mí! (Pausa, durante cual se abrazan). ¿A quién acudiré para salvarte de la pena? ¿A quién me acercaré para pedir clemencia?

PlTU-SALLA: No levantes la voz, Ima-Sumac. (Pausa. Inquieta). Vámono ya. Podrían descubrimos ...

IMA-SUMAC (A Cusi-Coyllur): ¡Oh, madre mía, yo te haré salir de aquí ¡Espera unos días, sufre todavía algún tiempo en esta casa de mis negros años, y aguarda que yo logre tu libertad!

CUSI-COYLLUR: ¡Hija mía! ¡Hija mía!

(Quedan sollozando, unidas).


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Teorias sobre el origen del drama Ollantay



TRADUCCIONES DE OLLANTAY

Este drama concita interés y admiración, tanto por su fondo y contenido, así como por su expresión natural; por ello fue traducido a varios idiomas, tales como:

Al castellano, por José Sebastián Barranca.
Al Alemán, por Juan Diego Von Tschudi.
Al inglés, por Clemente Markham.
Al Francés, por Gabino Pacheco Zegarra.

TEORIA ACERCA DE SU ORIGEN:

A raíz de la aparición de este drama, han surgido algunas teorías que tratan de explicar su origen. Para este fin, los defensores de cada teoría plantean argumentos que se presentan a continuación:

A. TEORIA QUECHUA

- Defensores: S. Barranca, Von Tschudi, C. Markham, Pacheco Z., J.M. Arguedas, etc.
- Idioma: El empleado fue el runasimi o lengua de los nobles. denotando una lengua en desarrollo.
- Estructura: No existe semejanza al estilo europeo, dado que el Siglo de Oro
- Español se desarrolló entre 1580 y 1680.
- Personajes y Ambiente: son netamente incásicos, por su caracterología y toponimia.
- Religión: No hay ningún atisbo de cristianismo.

B. TEORIA COLONISLISTA

- Defensores: Bartolomé Mitre, Raúl Porras Barrcnechea, José de la Riya Agüero, entre otros. son los defensores.
- Hay semejanza con la dramatica española del tiempo de Lope de Vega, Calderón y Tirso de Molina.
- La presencia de lo gracioso (Piquichaqui) y la división en escenas determina lo español.
- No hay otra manifestación literaria teatral de aquella cultura. Se acerca a lo europeo en cuanto a la métrica y a la rima.

C. TEORIA ECLECTICA

Sostenida por Luis A. Sánchez, Ricardo Rojas, Fernández Nodal. cte. Estos dicen que:

- Fondo y Contenido son quechuas y su forma colonial.
- Tuvo su origen en una tradición oral qucchua, pero deformada y asimilada en la época colonial.
- Es un drama verdaderamente incaico con influencia española.
- Contiene un tema neta mente ¡ncaico con algunas interferencias coloniales


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Comentarios sobre el drama Ollantay

COMENTARIOS ACERCA DEL OLLANTAY - Drama Quechua.

Ollantay, constituye la obra cumbre de la Literatura Quechua. Una obra en que se realiza los valores morales, la organización y la justicia social en el imperio de los incas.

Sebastián Salazar Bondy, dice:

"Su estilo, género, ys u contenido, han hecho de Ollantay el mejor testimonio de la grandeza inca.
La obra que debe ser leída por todos los peruanos".

Sebastián Barraca, acota:

"El Ollantay es una de las más bellas páginas de la literatura quechua a través de la cual tendrán la oportunidad de conocer un episodio de romance, heroísmo y justicia social; caracteres que distinguieron a los hombres del Imperio de los Inca".

Gabino Pacheco, cierra diciendo:

"EL OLLANTAY es una de las obras más importantes de la Literatura Dramática Quechua, está dividido en tres actos.

Esta obra ha suscitado desde su primera aparición una disputa histórica en cuanto a su autor, existiendo por lo tanto una serie de controversias: por ejemplo la que supone su legítimo origen quechua; la que afirma su escritura durante la colonia; la que sostiene su tipicidad pagana; la que sostiene su rango literario y la que niega este carácter; pero lo más importante es lo que se refiere a la procedencia y, según esto, hay dos corrientes: la hispánica y la incaica. A pesar de que el debate ha sido y es bastante amplio aún se pone en tela de juicio el misterio que rodea el ongen de esta famosa.

Sobre el drama se han encontrado los manuscritos correspondientes a Antonio de Valdez, el del Convento de Santo Domingo del Cuzco y el del Padre Rosas de Chincheros.

Se ha llevado a cabo muchas publicaciones y en varios idiomas tales con alemán, francés,inglés y castellano en el año 1868. El año 1886 el señor Gabino Pacheco hizo una publicación en francés y quechua y desde aquella oportunidad; han hecho hasta la fecha numerosas ediciones.

Asimismo, la escenificación de la obra se ha realizado en muchas oportunidades, siendo la más importante la realizada durante el levantamiento de Túpé Amaru en Tinta y la realizada por la Compañía Nacional de Comedias con el arreglo especial hecho por don Sebastián Barranca y Pacheco Zegarra".


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Ollantaytambo , la posada de Ollantay

|Haravicus| Fue una ciudad fortificada y quizá tuvo también un carácter sagrado.

Desde ella se debía impedir los avances que los antis pretendiesen efectuar en el territorio del Imperio; y al efecto fueron aprovechadas en su construcción las defensas naturales que proveen las escarpadas pendientes de los cerros Pinculluna,Chupacayan y Cachicata, en tanto que por sus flancos se la rodeó con altas murallas, de modo que, "poca gente bastaba para defenderse de mucha" (Cieza d, León). Y parece obvio que fuera una ciudad sagrada, pues cuando moría algún Inca, enterraban en el templo "los intestinos que les sacaban para embalsamar los cuerpos, y era verosímil que allí estuviese la estatua de oro" (Garcilaso) en la cual se reproducía la imagen del soberano difunto.

Las murallas exteriores de la fortaleza son de unos 25 pies de alto, construidas con piedra rústicas y embarradas por dentro y fuera, festonedas, y con una repisa interior para la colocación de los defensores.

Dentro de las murallas, y en la punta saliente de roca que ellas aislan de la montaña, hay un conjunto confuso de edificios y paredes, grandes bloques porfídicos perfectamente unidos o solitarios, asientos tallados en la roca, portadas de piedra bellamente labrada, con jambas inclinadas hacia dentro, largas hileras de nichos en muros ciclópeos, escalinatas y andenes. Las piedras que la componen o que se encuentran esparcidas en su área, son de un pórfido color rojo, y duro, traído de las canteras que distan más de dos leguas y que se encuentran a dos mil pies sobre el valle, en la orilla opuesta de la fortaleza... El grupo más interesante de estas piedras, es uno de seis lajas verticales, ligeramente inclinadas hacia dentro y que sostienen una terraza.

EL TEMPLO DEL SOL

|Haravicus|Después de trasponer esta portada y siguiendo la ascención, aparece a pocos pasos sobre una explanada de unos 350 metros cuadrados, un bellísimo como impresionante muro, constituído por seis gigantescos bloques verticales de pórfido rojo, todos ellos pulidos can gran esmero.

El detalle que atrae la curiosidad del observador es que estos bloques o monolitos están unidos mediante listones seccionados de piedra, que encajan con admirable precisión entre uno y otro bloque.

Otro detalle sobresaliente es que uno de los monolitos centrales exibe huellas de tres signos escalonados, tallados en alto relieve y puestos sucesivamente en vertical. Diríase que se trata de una representación ideográfica del dios Sol. Es lamentable que la acción erosiva de las lluvias la haya borrado parcialmente.

Una hipótesis muy difundida sostiene que este muro ha sido solo una parte de una gigantesco templo destinado al culto del Sol, y que los conquistadores españoles desmontaron las piedras de menores dimensiones para realizar construcciones con ellas en sectores aledaños a la antigua ciudad inca.

Hernando Salas y Pedro Sueldo


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El mito de Adaneva

José María Arguedas, quien dedicó gran parte de su vida a la reivindicación y difusión de los valores andinos, lanzó el primer grito de alarma hace más de quince años, llamando la atención acerca de la urgencia de emprender la recopilación de una literatura que va desapareciendo cada día más rápidamente. La víspera de su muerte, entregó a "El Comercio" un artículo titulado "Salvación del arte popular", en el cual declaraba que la "literatura oral, los mitos, las leyendas y cuentos" que constituyen "un documento tan valioso para el estudio de la cultura andina y el conocimiento de la naturaleza misma del ser humano ...", "están en peligro de muerte, de extinción absoluta, de estas extinciones que no dejan huellas". Veamos ahora algunos de estos mitos quechuas:

|Haravicus| MITO DE ADANEVA, (Recogido por Alejandro Ortiz R. en 1965, publicado en 1973). En su versión quechua inicia así: Kanan parlapayasheeyki Teyta Dios Mañuucupa Castampa...

(En Vicos, como en todo el Callejón de Huaylas, se habla una variante muy especial del runa-simi o quechua. Este texto de Adaneva es una bella muestra de ese dialecto. Fue recogido en 1965 por Alejandro Ortiz R.)

|Haravicus| ADANEVA (Traducción completa)

Ahora les voy a hablar de la familia de nuestro Dios Mañuco. (Mañuco es diminutivo similar a "manuelito").

Mañuco es hijo del Padre Adaneva (Adaneva es una síncopa de Adan y Eva relatada en el Génesis I Cap.2) y de la Virgen Mercedes (Se refiere a la Virgen de las Mercedes). Adaneva vivió antes que los antiguos. Él los creó.

Enamorado Adaneva de la Virgen, la seguía por los hermosos campos de maíz que ella misma sembraba. Un día la raptó y anduvieron por las montañas y valles, amándose y persiguiéndose. Cuando nació Mañuco, Adaneva le abandonó.

Nuestra madre, la Santa Virgen Mercedes, arropó al niño Mañuco con cortezas de qenwa. Los pastores la cuidaron, la alimentaron con mazamorra sin dulce, con carne sin sal. (el dulce fue traído por los modemos).

Con su hijo a cuestas, la Virgen Mercedes buscaba a Adaneva. Un día que atravesaba la Virgen un maizal, la culebra hizo sonar el maíz maduro. La Virgen se cayó por el sobresalto.

Nuestra madre se encolerizó: "Maíz, me has ridiculizado. Desde hoy día, para que los hombres puedan comerte van a tener que remojarte". Dicen que antes el maíz se comía fácilmente, como un fruto silvestre. (Nuevamente hace alusión a una primera humanidad).

Nunca volvió a unirse Nuestra Madre la Virgen con su hombre Adaneva. Pero, cuando fue mayor Nuestro Dios Mañuco, logró encontrar a su padre Adaneva.

Este mito describe la formación, las aventuras y la desintegración de una familia divina: el padre Adaneva, su mujer, la Virgen de las Mercedes, y el hijo de ambos, Mañuco. El padre es el creador de una humanidad -los gentiles- y el hijo es el destructor de la obra del padre y hacedor de una segunda humanidad, la nuestra.


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El mito de Kon Tici Viracocha

En un antiguo texto publicado por Juan de Betanzos en 1968, menciona:


|Haravicus| "En los tiempos antiguos, dicen ser la tierra e provincia del Perú escura, y que en ella no había lumbre ni día. Que había en este tiempo cierta gente en ella, la cual gente tenía cierto Señor que la mandaba y a quien ella era subjeta. Del nombre de esta gente y del Señor que la mandaba no se acuerdan. Y en estos tiempos que esta tierra era toda noche, dicen que salió de una laguna que es en esta tierra del Perú en la provincia que dicen de Collasuyo, un Señor que llamaron Con Tici Viracocha, el cual dicen hacer sacado consigo cierto número de gentes, del cual número no se acuerda. Y como éste hubiese salido desta laguna, fuese de allí a un sitio ques junto a esta laguna; questá donde hay día es un pueblo que llaman Tiaguanaco, en esta provincia ya dicha del Collao; y como allí fuese él y los suyos, luego allí en improviso dicen que hizo el sol y el día, y que al sol mandó que anduviese por el curso que anda; y luego dicen que hizo las estrellas y la luna. Y dijéronme que se llama Con Tici Viracocha Pachayachachic, que quiere decir en su lengua, Dios hacedor del mundo".


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La amante de la culebra

Era la única hija de un matrimonio. Todos los días iba a la montaña a cuidar el ganado. El padre y la madre no tenían más hijos que ella. Y por eso la mandaban día a día a pastar el ganado. La moza era ya casadera, muy desarrollada y hermosa.

Cierto día, en la cumbre de un cerro, se le acercó un joven muy fino, muy delgado.
- Sé mi amante - le dijo. Y siguió hablándole de amor.

Viéndolo alto y vigoroso, la joven aceptó. Desde entonces se veían en la montaña; allí se amaban.
- Quiero que me traigas siempre harina flor, tostada - dijo el mozo a la pastora.

Ella cumplió el encargo de su amante. Y le llevaba harina flor cocida, todos los días. Comían juntos. Se servían el uno al otro. Así vivieron durante mucho tiempo. El mozo caminaba y corría de bruces, se arrastraba como si tuviera muchos pies menudos. Es que no era hombre. Era una serpiente. Pero para ella semejaba un mozo delgado y alto.

La moza quedó encinta, y dijo al joven:

- Estoy embarazada. Cuando lo sepan mis padres me reconvendrán y me preguntarán quién es el padre de mi hijo. Debemos decidir, si vamos a mi casa o a la tuya.

El mozo contestó:

-Tendremos que ir a tu casa. Y yo no podré entrar libremente, no es posible, Dime si junto al batán de tu casa hay un hueco en la pared. ¿No hay siempre junto a los batanes un hueco que sirve para guardar el estropajo con que se limpia la piedra?

- Sí; junto al batán hay ese hueco

- Me llevarás allí -dijo el mozo.

- ¿Qué podrías hacer en ese hueco? -preguntó la joven.

- Allí viviría de día y de noche.

- No cabrías. No es posible; es un hueco muy pequeño.

- Entraré. Y me servirá de vivienda. Ahora dima en qué sitio duermes: en la cocina o en el granero.

- Yo duermo en la cocina -dijo la joven-. Duermo con mis padres.

- ¿Y en qué sitio está el batán?

- Nuestro batán está en el granero.

- Cuando yo vaya dormirás en el suelo, junto al batán.

- ¿Y cómo podré separarme de mis padres? Ellos no querrán que duerma sola.
- Simularás temer que los ladrones roben el granero. "Yo dormiré allí para cuidar", les dirás. Y tú sola entrarás a moler en el batán; no permitirás que tus padres lo hagan. Cada vez que muelas harina, arrojarás un poco al hueco en que he de habitar. Me alimentaré únicamente de eso. No comeré otra cosa. Y para que no me vean taparás cuidadosamente el hueco con la mota de limpiar el batán.

- ¿No puedes presentarte libremente ante mis padres? -preguntó, entonces, la joven.

- No, no puedo - contestó él -. Poco a poco iré apareciendo ante ellos.

- ¿Y cómo has de habitar en ese hueco? Es muy pequeño, apenas si cabe un trozo de lana.

- Tendrás que agrandarlo por dentro.

- Bueno -dijo ella-. Tú sabrás de qué manera te acomodas allí.

- Pero tendrás que llevarme. Me dejarás tras el muro de tu casa. De noche me conducirás al granero.

- Bien -contestó la amante.

Esa noche la moza fue sola a su casa; entró al granero furtivamente y agrandó el hueco que había junto si batán. Al día siguiente partió hacia la montaña a pastar el ganado. En el lugar de costumbre encontró a su amante.

- "Ya ensanché e! hueco del estropajo", le dijo. Al anochecer se dirigieron juntos la casa de la amante. Ella dejó al mozo en el corral del ganado, tras de la casa. Y vino en la noche por él; lo llevó hasta el hueco que había junto al batán, El mozo se deslizó suavemente en el agujero. La joven se decía para sí, mientras el mozo se dirigía al hueco: "¡imposible! No podrá entrar".
Esa misma noche la joven dije a sus padres:

- Padre mío, madre mía: es posible que los ladrones nos roben todas las cosas que tenemos en la despensa. Desde ahora voy a dormir en el cuarto donde guardamos los alimentos.
- Anda, hija mía -asistieron los padres.

La joven llevó su cama a la despensa y la tendió en el suelo, junto al batán. La serpiente se deslizó al lecho y los amantes durmieron juntos. Todas las noches dormían juntos, desde entonces.

Cuando había que moler en el batán la joven no permitía que otro lo hiciera; iba ella y arrojaba puñados de harina en el hueco del estropajo. Antes de irse cerraba el hueco con el pellejo que servía para limpiar el batán. De ese modo, ni los padres, ni nadie, pudieron ver lo que había en ese agujero, Los padres no sospechaban; no se les ocurría destapar el hueco y ver su interior. Sólo cuando se dieron cuenta que su hija estaba embarazada, se inquietaron y decidieron hablar.
- Parece que nuestra hija está encinta -dijeron-. Es necesario que le preguntemos quién es el padre. La llamaron y la interrogaron:

- Estás embarazada. ¿Quién es el padre de tu hijo? ... Pero ella no contestó....
Entonces el padre y la madre le preguntaron a solas, ya el uno, ya la otra. Mas ella siguió enmudeciendo... Hasta qua sintió los dolores del parto, una noche y otra noche. Los padres la atendían. La serpiente no pudo deslizarse durante esas noches al lecho de la joven.

La serpiente ya no vivía en el hueco. Creció mucho, se hizo enorme, y ya no pudo entrar en el agujero de la pared. Succionando la sangre de la joven había engordado y estaba henchida y rojiza. Escarbó la base del batán, hizo un agujero allí y trasladó su vivienda. Era una especie de cueva bajo el batán, un gran nido, la nueva vivienda de la serpiente. Había engordado en redondo, a lo ancho; estaba pletórica pero para los ojos de su amante no era culebra, era un mozo. Un mozo que engordaba reciamente.

No podían cubrir los amantes la cueva que escarbaron bajo el batán. Por eso la joven doblaba las mantas de su cama y las tendía unas sobre otras en la base de la piedra. Así pudieron ocultar el nido de la serpiente de los ojos del padre y de la madre.

Ante el silencio irreductible de su hija, los padres decidieron averiguar; preguntaban a las gentes del ayllu:

- Nuestra hija ha aparecido embarazada de la nada. ¿No la habéis visto en algún lugar con alguien?

¿Quizá en los campos donde apacentaba el ganado?

Pero todos contestaban:

- No; no hemos visto nada.

- ¿Dónde la hacéis dormir? -preguntaron algunos.

- Al principio dormía junto con nosotros, en el mismo cuarto., Pero ahora insiste en dormir en la despensa; allí tiene su cama, en el suelo, junto al batán. Y sólo ella quiere ir a moler; no permite que nadie se acerque al batán.

- ¿Y por qué causa se opone a que os acerquéis al batán? ¿Qué dice? -preguntaban.

- "No os acerquéis, padres míos, al batán; podréis ensuciar mi cama; yo sola voy a moler", dice ella -respondieron los padres.

- ¿Y por qué no quiere que os acerquéis al batán? -interrogaban.

- Ha sufrido ya los primeros dolores del parto -contestaban los padres.

Entonces dijeron:

- Id donde el adivino. Pedidle que vea y averigüe. La gente común no podemos saber lo que ocurre. ¡Qué será!

El padre y la madre fueron en busca del adivino. Llevaron un atado pequeño de coca. Pidieron que viera el caso de su hija.

- Mi hija no se siente bien; no sabemos lo que tiene -le dijeron. El adivino preguntó:
- ¿Qué le pasa a vuestra hija? ¿Qué le duele?

- Ha aparecido embarazada. No sabemos de quién. Hace tiempo que ha empezado a sufrir los dolores, noche tras noche. Y no puede dar a luz. No quiere decimos quién es el padre -dijo la mujer.

El adivino consultó en las hojas de ceca, y dijo:

- ¡Algo, algo hay bajo el batán de tu casa! Y ése es el padre. Porque el padre no es gente, no es hombre.

~ ¿Y qué puede ser? -contestaron temerosos los ancianos-, Adivina, pues, todo; adivina bien, te lo rogamos.

Entonces el adivino siguió hablando:

- ¡Allí dentro hay una serpiente! ¡No es un hombre!

- ¿Y qué hemos de hacer? -preguntaron los padres.

El adivino meditó unos instantes, y volvió a hablar, dirigiéndose al padre:

- Tu hija se opondrá a que matéis a la serpiente. “¡Matadme a mí primero antes que a mi amante!, os dirá. Envíala lejos; a cualquier lugar que esté a un día de camino. Y aun a esa orden se negará. Dile de este modo, tomando el nombre de algún pueblo: Sé que en ese pueblo hay un remedio para dar a luz. Ve, compra ese remedio y tráemelo. Me dicen que con ese remedio podrás dar a luz, Si no me obedeces esta vez, te apalearé; te golpearé hasta que mueras, le dirás. Sólo así conseguirás que vaya. Al mismo tiempo contratarás gente armada de palos, de machetes y fuertes garrotes. Luego harás que tu hija salga a cumplir tu mandato. Y cuando ella esté ya lejos, entraréis todos al granero y empujaréis el batán. Allí, debajo, hay una gran serpiente. La golpearéis hasta matarla. Cuidaos de que la culebra salte hacia vosotros, porque si salta os matará. La degollaréis bien; abriréis una sepultura y !a enterraréis.

- Bien, señor, cumpliremos tus instrucciones -dijo el padre, y salió; su mujer le seguía.

Inmediatamente fue a buscar gente; hombre fuertes que le ayudaran ti matar a la bestia. Contrató diez hombres, bien armados de garrotes y de filudos machetes. Les dijo:

- Mañana, cuando mi hija se haya marchado, vendréis a mi casa, caminando sin que nadie os vea.
A la mañana siguiente ordenaron a la joven que cocinara su fiambre. La hicieron levantar temprano.

Le dieron dinero, para simular el mandato, y le dijeron:

- Con este dinero comprarás el remedio para dar a luz. En Sumakk Marka (existen ruinas de este pueblo), en aquel pueblo que está en la otra banda del río, encontrarás el remedio.

Pero la moza no quiso obedecer. "Yo no puedo ir -dijo-, No quiero”.

Entonces los padres la amenazaron:

- Si no vas, si no traes el remedio, te mataremos a palos. Te golpearemos hasta destrozar el feto que llevas en el vientre.

Atemorizada la joven se echó a andar.

La vieron caminar hasta que se perdió de vista. Cuando hubo desaparecido en la lejanía; los hombres contratados se dirigieron a casa del padre. Se reunieron todos en el patio, Se repartieron su ración de coca; masticaron durante un rato, y luego entraron al granero; trasladaron al patio todas las cosas que allí habían; finalmente, sacaron la cama de la mujer.

Y se armaron. Con los garrotes al hombro y empuñando los machetes entraron al granero; rodearon el batán y esperaron. Empujaron el batán: una serpiente gruesa estaba tendida allí; tenía una gran cabeza, semejante a la de un hombre, estaba engordando, "¡Wat'akk!", saltó la serpiente al verse descubierta, su cuerpo pesado produjo un ruido al erguirse. Los diez hombres la golpearon y la hirieron. La dividieron en varios trozos. Su cabeza fue arrojada fuera, a la pampa. Y allí empezó a debatirse; saltaba, hervía sobre el suelo. Los hombres la seguían y la machucaban, iban donde caía y trataban de abatida, La golpeaban desde alto; su sangre corría por los suelos; brotaba a chorros del cuerpo mutilado. Pero no podía morir. Y cuando estaban golpeando la cabeza de la serpiente, en ese momento, llegó la mujer, la amante.

Al ver gente reunida en el patio, corrió al granero, hacia el batán. La piedra estaba bañada en sangre, el nido de la serpiente estaba vacío, volvió la cabeza para mirar al patio: varios hombres golpeaban con garrotes la cabeza de su amante. Entonces lanzó un grito de muerte:

- ¿Por qué, por qué destrozáis la cabeza de mi amante? ¿Por qué lo matáis? -exclamó -. ¡Este era mi marido! ¡Este era el padre de mi hijo! Volvió a gritar; su voz colmó la casa. Contempló la sangre y sintió espanto, Y por el esfuerzo que hizo para gritar abortó: una multitud de pequeñas culebras se retorcieron en el suelo, cubrieron la tierra del patio, saltando y arrastrándose.

Mataron al fin, a la gran culebra. Mataron también a las serpientes pequeñas. Las persiguieron a todas y las fueron aplastando. Luego, unos hombres cavaron un hoyo en la tierra y los otros barrieron la sangre. Barrieron la sangre de toda la casa, la juntaron cerca del hoyo, y enterraron las serpientes y el barro de sangre. Y llevaron a la joven hasta la habitación de los padres, Allí la curaron. Volvieron las cosas del granero a su lugar primitivo, limpiaron y arreglaron la casa.

Cargaron el batán hasta una cascada del río; colocaron la piedra bajo el chorro y allí la dejaron. Y cuando hubo quedado todo en orden, los padres de la joven dieron a cada hombre lo que era justo, por su trabajo. Ellos recibieron su salaría y se fueron.

Más tarde, los padres preguntaron a su hija:

- ¿Cómo, de qué modo pudiste vivir con una serpiente? No era hombre tu marido; era el demonio. Sólo entonces la joven confesó su historia; hizo el relato de su primer encuentro con la serpiente; y todo se llegó a saber, y quedó aclarado. Los padres curaron a su hija, la cuidaron y la sanaron, de su cuerpo y de su alma. Y luego, mucho después, la joven se casó con un hombre bueno y su vida fue feliz.

Cuento andino


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