Los ratones de fray Martín

LOS RATONES DE FRAY MARTÍN

Ricardo Palma

Y comieron en un plato
perro, pericote y gato.

Con este pareado termina una relación de virtudes y milagros que en hoja impresa circuló en Lima, allá por los años de 1840, con motivo de celebrarse en nuestra culta y religiosa capital las solemnes fiestas de beatificación de fray Martín de Porres.

Nació este santo varón en Lima el 9 de diciembre de 1579, y fue hijo natural del español don Juan de Porres, caballero de Alcántara, en una esclava panameña. Muy niño Martincito, llevóle su padre a guayaquil, donde en una escuela, aprendió a leer y escribir. Dos o tres años más tarde su padre regresó con él a Lima y púsolo a aprender el socorrido oficio de barbero y sangrador, en la tienda de un rapista de la calle de Malambo.

Mal se avino Martín con la navaja y la lanceta, si bien salió diestro en su manejo, y optando por la carrera de santo, que en esos tiempos era una profesión como otra cualquiera, vistió a los veintiún años de edad, el hábito de lego o donado en el convento de Santo Domingo, donde murió el 3 de noviembre de 1639 en olor de santidad.

Nuestro paisano Martín de Porres, en vida y después de muerto, hizo milagros por mayor. Hacia milagros con la facilidad con que otros hacen versos. Uno de sus biógrafos (no recuerdo si es el padre Manrique o el médico Valdés) dice que el prior de los dominicos tuvo que prohibirle que siguiera milagreando (dispénsenme el verbo). Y para probar cuán arraigado estaba en el siervo de Dios el espíritu de obediencia, refiere que en momento de pasar fray Martín frente a un andamio, cayóse un albañil desde ocho o diez varas de altura, y que nuestro lego lo detuvo a medio camino gritando: ¡Espere un rato, hermanito! Y el albañil se mantuvo en el aire hasta que regresó fray Martín con la superior licencia.

¿Buenazo el milagrito, eh? Pues donde hay bueno hay mejor.

Ordenó el prior al portentoso donado que comprase, para consumo de la enfermería, un pan de azúcar. Quizá no le dio el dinero preciso para proveerse de la blanca y refinada, y presentósele fray Martín trayendo un pan de azúcar mascabada.

-¿No tiene ojos, hermano? -díjole el superior-o ¿No ha visto que por lo prieta más parece chancaca que azúcar?

- No se incomode su paternidad -contestó con cachaza el enfermero-. Con lavar ahora mismo el pan de azúcar se remedia todo.

Y sin dar tiempo a que el prior le arguyese, metió en el agua de la pila el pan de azúcar, sacándolo blanco y seco.

¡Ea! no me haga reír, que tengo partido un labio.

Crecer o reventar. Pero conste que yo no le pongo puñal al pecho para que crea. La libertad ha de ser libre, como dijo un periodista de mi tierra. Y aquí noto que, habiéndome propuesto sólo hablar de los ratones sujetos a la jurisdicción de Fray Martín, el santo se me estaba yendo al cielo. Punto con el introito y al grano, digo, a los ratones.

Fray Martín de Forres tuvo especial predilección por los pericotes, incómodos huéspedes que nos vinieron casi junto con la conquista, pues hasta el año de 1552 no fueron esos animalejos conocidos en el Perú. Llegaron de España en uno de los buques que, con cargamento de bacalao, envió a nuestros puertos un don Gutierre, obispo de Falencia. Nuestros indios bautizaron a los ratones con el nombre de hucuchas, esto es, salidos del mar.

En los tiempos barberiles de Martín, un pericote era todavía casi una curiosidad, pues, relativamente, la familia ratonesca principiaba a multiplicar. Quizá desde entonces encariñóse por los roedores, y viendo en ellos una obra del Señor es de presumir que diría, estableciendo comparación entre su persona y la "de esos chiquitines, seres, lo que dijo un poeta:

El mismo tiempo malgastó en mí Dios
que en hacer un ratón, o a lo más, dos.

Cuando ya nuestro lego desempeñaba en el convento las funciones de enfermero, los ratones campaban, como moros sin señor en celdas, cocinas y refectorio. Los gatos, que se conocieron en el Perú desde 1537, andaban escasos en la ciudad. Comprobada noticia histórica es la de que los primeros gatos fueron traídos por Montenegro, soldado español, quien vendió uno en el Cuzco y en dos cientos pesos a don Diego de Almagro el Viejo.

Aburridos los frailes con la invasión de roedores inventaron diversas trampas para cazarlos, lo que rarísima vez lograban. Fray Martín puso también en la enfermería una ratonera, y un ratonzuelo bisoño, atraído por el tufillo del queso, se dejó atrapar en ella. Libertólo el lego, y colocándolo en la palma de la mano, le dijo:

- Váyase, hermanito, y diga a sus compañeros que no sean molestos ni nocivos en las celdas; que se vayan a vivir en la huerta, y que yo cuidaré de llevarles alimento cada día.

El embajador cumplió con la embajada, y desde ese momento la ratonil .muchitanga abandonó el claustro y se trasladó a la huerta. Por supuesto que fray Martín los visitó todas las mañanas llevando un cesto de desperdicios o provisiones, y que los pericotes acudían como llamados con campanilla.

Mantenía en su celda nuestro buen lego un perro y un gato, y había logrado que ambos animales viviesen en fraternal concordia. Y tanto, que comían juntos en la misma escudilla o plato.

Mirábalos una tarde comer en sana paz, cuando de pronto el perro gruñó y encrespó se el gato. Era que un ratón, atraído por el olorcillo de la vianda, había osado asomar el hocico fuera de su agujero. Descubriólo fray Martín, y volviéndose hacia el perro y gato, les dijo:

- Cálmense, criaturas del Señor, cálmense. Acercóse en seguida al agujero del muro y dijo:

- Salga sin cuidado, hermano pericote. Paréceme que tiene necesidad de comer: apropíncuese, que no le harán daño.

Y dirigiéndose a los otros dos animales añadió:

- Vaya, hijos, denle siempre un lugarcito al convidado, que Dios da para los tres. Y el ratón, sin hacerse rogar, aceptó el convite, y desde ese día comió en amor y compañía con perro y gato.

Tradiciones peruanas

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Los incas conquistan Chile

Túpac Yupanqui, hijo legítimo del gran Inca Pachacútec, fiel al espíritu guerrero de sus ancestros, conquista Chile, pueblo semisalvaje

INCA TUPAC YUPANQUI SE LANZA A CONQUISTAR CHILE

Como el principal intento y blasón de los Incas era reducir nuevas gentes a su imperio, a sus costumbres, leyes e idolatría, y como entonces se encontrasen tan poderosos, no podían estar ociosos sin hacer nuevas conquistas, pues les era forzoso ocupar a los vasallos en aumentar la corona, como para gastar sus rentas, que eran los abastecimientos, armas, vestido y calzado que cada provincia y reino, conforme a sus frutos y cosechas, contribuía cada año. Porque oro y plata no lo daban los vasallos como tributo al rey, sino que lo ofrecían para servicio y ornato de las casas reales y las del Sol.

Como el rey Inca Yupanqui se viese amado y obedecido, y tan poderoso de gente y hacienda acordó emprender una gran empresa; conquistar el reino de Chile. Para eso, habiéndolo consultado con los miembros de su consejo, mandó prevenir las cosas necesarias. Y dejando en su corte los ministros acostumbrados para el gobierno y administración de la justicia, hasta Atacama, que en dirección a Chile, era la última provincia poblada y sujeta a su imperio, para dar más calor a la conquista, pues, de allí adelante hay un inmenso despoblado que debe atravesarse para llegar a Chile.

Desde Atacama envió el Inca corredores y espías que fuesen por aquel despoblado y descubriesen paso a Chile, comprobando las dificultades que hay en el camino para prevenir a tiempo. Los descubridores fueron Incas, porque las cosas de tanta importancia los Incas no las confiaban sino a los de su linaje, a los cuales proporcionaron indios de Atacama y de Tucma (por las cuales había algunas noticias del reino de Chile) para que los guiasen, y de 2 en 2 leguas fuesen y viniesen con los avisos de los que descubriesen; porque así era menester para que se proveyesen de lo necesario. Con esta prevención, fueron los descubridores, y en su camino pasaron grandes trabajos y dificultades por aquellos desiertos, dejando señales por donde pasaban para no perder el camino para el regreso. Y también para que les siguiesen supieran por donde ir. Así fueron yendo y viniendo como hormigas trayendo relación de lo descubierto y llevando abastecimiento que era los que más habían de menester. Con esta diligencia y trabajo avanzaron 80 leguas de despoblado que hay entre Atacama y Copayapu que es una provincia pequeña pero bien poblada, rodeada de largos y anchos desiertos; para pasar adelante hasta Coquimbo hay otras 80 leguas de despoblado. Habiendo llegado los descubridores a Copayapu y alcanzado la noticia que pudieron tener por sus propios ojos, volvieron con toda diligencia a dar cuenta al Inca de lo que habían visto. Conforme a lo informado el Inca dispuso preparar 10 mil hombres de guerra mediante la orden acostumbrada y llevada por el general Sinchiruca y dos maeses de campo de su linaje, que no saben decir los indios cómo se llamaban. Encargó que les llevasen mucho abastecimiento en los carneros de carga, los que, a su vez, servirían como abastecimiento de carnaje, pues es muy buena carne para comer.

Luego que Inca Yupanqui despachó los 10 mil hombres de guerra, mandó preparar otros tantos y en la misma forma los envió en pos de los primeros.

Así a los amigos servirían de socorro y a los enemigos de terror y asombro. Los primeros, llegando cerca de Copayupu, enviaron mensajeros, según antigua costumbre de los Incas, solicitando se rindiesen y sujetasen al hijo del Sol que iba a darles nueva religión, nuevas leyes y costumbres, para que viviesen como hombres y no como brutos. De no aceptar esta prevención pacífica se haría con las armas; porque por grado o por fuerza tenían que obedecer al Inca, señor de las cuatro partes del mundo. Los de Copayapu se alteraron con el mensaje y tomaron las armas y se pusieron a resistir la entrada a su tierra, donde hubo algunos encuentros y escaramuzas y peleas ligeras, porque unos y otros estaban tanteando sus fuerzas y ánimos. Y los incas, en cumplimiento de lo que su rey les había mandado, no querían romper la guerra a fuego y sangre, sino contemporizar con los enemigos para que se rindiesen por las buenas. Los cuales estaban perplejos al defenderse; por una parte, les atemorizaban la deidad del hijo del Sol pareciéndoles que habían de caer en alguna gran maldición suya sino recibían por señor a su hijo. Por otra parte, los animaba el deseo de mantener su libertad antigua y por el amor a sus dioses, que no querían novedades sino vivir como sus antepasados.

LOS INCAS GANAN HASTA EL VALLE LLAMADO CHILE

En tales confusiones los halló el segundo ejército que iba en socorro del primero con cuya vista se rindieron los de Copayapu, pensando que no podrían resistir a tanta gente y así capitularon con los Incas lo mejor que pudieron, señalando las cosas que habían de recibir y dejar de su idolatría. De todo esto dieron aviso al Inca, el cual se alegró mucho de tener el camino abierto y tan buen inicio en la conquista de Chile; que por ser un reino tan grande y apartado de su imperio, temía el Inca poderlo sujetar. Y así estimó en mucho que la provincia Copayapu quedase suya por vía de paz y concierto y no de guerra y sangre. Y siguiendo su buena fortuna, habiéndose informado de la disposición de aquel reino, mandó preparar luego otros 10 mil hombres de guerra, provistos de todo lo necesario, los envió en socorro de los 2 ejércitos pasados, ordenándoles que llevaran adelante la conquista y con toda oportunidad solicitasen lo que fuese necesario. Los Incas, con el nuevo socorro y mandato de su rey, avanzaron otras 80 leguas y después de haber pasado muchos trabajos en tan largo camino, llegaron a otro valle o provincia llamada Coquimbo, la cual sujetaron. Y no sabemos decir si fue por medio de encuentros o batallas, porque los indios del Perú, por haber sido la conquista en reino extraño y tan lejos de los suyos, no saben en particular los trances que pasaron, tan solo afirmaron su conquista de Coquimbo. De allí adelante conquistaron todas las naciones hasta el valle de Chili del cual toma nombre todo el reino de Chile. Durante el tiempo que duró aquella conquista, que, según afirman, alcanzó a 6 años o más, el Inca siempre tuvo particular cuidado de socorrer a los suyos con gente, armas, abastecimientos, vestido y calzado, para que no les faltase nada; porque comprendía bien cuánto significaba para su prestigio y majestad que sus tropas no diesen un paso atrás; por eso llegó a tener en Chile más de 50 mil hombres de guerra, tan bien abastecidos como si tuvieran en la ciudad del Cuzco.

Los Incas habiendo conquistado para su imperio el valle de Chili, dieron aviso al Inca lo que habían hecho y cada día se lo hacían saber hora por hora; y habiendo puesto orden y asiento en lo que hasta allí habían conquistado, siguieron hacia el sur, dirección que siempre habían llevado en ese viaje y conquistaron valles y naciones que hay hasta el río Maule, 50 leguas más del valle Chili. No se sabe si hubo encuentros, antes bien se cree que se logró mediante la paz y amistad, de acuerdo a su sistema desde los antepasados. No se conformaron los Incas con haber alargado su imperio más de 260 leguas al sur, desde Atacama hasta el río Maule; sino con la misma ambición y codicia de ganar nuevos estados quisieron seguir adelante; para lo cual con la buena orden y maña habitual asentaron el gobierno de lo hasta allí ganado y dejaron guarnición necesaria previendo siempre cualquier desgracia que les pudiese acaecer en la guerra. Con tal determinación y seguridad, los Incas pasaron el río Maule con 20 mil hombres de guerra, y conservando su antigua costumbre enviaron a requerir a los habitantes de la provincia de Purumauca, que los españoles llaman Promaucaes, recibiesen al Inca como señor o se preparasen para las armas. Los purumaucas, que ya tenían noticias de los Incas y estaban preparados y aliados con otros comarcanos, como: Antalli, Pincu, Cauqui, y entre todos habían determinado morir antes que perder su libertad. Respondieron que los vencedores serían señores de los vencidos, y que muy pronto verían los Incas en que forma les obedecían los purumaucas.

Tres o cuatro días después, aparecieron los purumaucas con otros vecinos aliados en número de 18 a 20 mil hombres de guerra y en presencia de los Incas repitieron los requerimientos de paz y amistad, y todo lo acostumbrado. Los contrarios respondieron que estaban resueltos a no gastar tiempo en palabras y vanos razonamientos, sino a pelear hasta vencer o morir. Por lo tanto, que los Incas se preparasen para la batalla para el día siguiente y que no enviasen más recados porque no estaban dispuestos a oír más.

BATALLA CRUEL ENTRE LOS INCAS Y DIVERSAS NACIONES DE CHILE

Al día siguiente ambos ejércitos de sus alojamientos, arremetieron unos contra otros, pelearon con mucho ánimo, valor y mayor obstinación, durando la batalla todo el día sin reconocer vencedor, con muchos muertos y heridos, retirándose en la noche. El segundo y tercer día se repitió la crueldad y pertinacia: unos por la libertad; otros por la honra. Al fin de la tercera batalla, consideraron que de una y otra parte más de la mitad estaban muertos y el resto, heridos.

El cuarto día, aunque ambos se pusieron en escuadrones no salieron de sus alojamientos, donde se reforzaron esperando defenderse de la acometida del contrario. Así estuvieron todo aquel día y otros dos días.

Al fin de ellos se retiraron a sus distritos, temiendo cada uno de los contendientes, que el otro hubiese enviado por refuerzos a la brevedad. A los purumaucas y a sus aliados les pareció que habían hecho demasiado al haber resistido las armas de los Incas, que, poderosas e invencibles, se habían mostrado últimamente, y con esta presunción regresaron a sus tierras aclamando su Victoria y difundiéndola que la habían logrado íntegramente.

A los Incas les pareció que mejor era dejarlos ir en esa forma en lugar de pedir refuerzos y destruirlos conforme a la orden de sus antepasados. Y así habiéndolo consultado entre los capitanes, aunque hubo pareceres contrarios que dijeron se siguiese la guerra hasta sujetar a los enemigos, al fin resolvieron volver a los que tenían ganado y señalar el río Maule por término del imperio y no pasar adelante en su conquista hasta tener .ueva orden de su rey Inca Yupanqui; al cual dieron aviso de todo lo sucedido. El Inca ordenó que no se conquistase nuevas tierras, sino que se atendiese con mucho cuidado en cultivar y beneficiar las que habían ganado, procurando siempre el regalo y provecho de los vasallos, para que observando los comarcanos cuán mejorados estaban en todo el señorío de los Incas, se redujesen también ellos a su imperio, como lo habían hecho otras naciones y que cuando no lo hiciesen ellos perdían mas que los Incas. Con este mandato cesaron los Incas de Chile sus conquistas, fortalecieron las fronteras, pusieron sus términos y señales, que hacia el sur fue el último límite el río Maule. Atendieron a la administración de la justicia y a la hacienda real y del Sol con particular beneficio para los vasallos; los cuales con mucho amor, abrazaron el dominio de los Incas, sus fueros, leyes y costumbres, y en ellas vivieron hasta que los españoles llegaron a estas tierras.

Inca Garcilaso de la Vega (Comentarios Reales)

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De dónde proviene el nombre Perú

Inca Garcilaso de la Vega (Comentarios Reales)

Será muy justo que ante todo digamos aquí cómo se produjo el nombre Perú, no existiendo en el lenguaje de los indios. Para esto es preciso saber que habiendo descubierto el Mar del Sur (Océano Pacifico), Vasco Núñez de Balboa, caballero natural de Jerez de Badajoz, 1513, que fue el primer español que lo descubrió y vio, habiéndole dado por esta conquista los Reyes Católicos el título de Adelantado del Mar del Sur. Además de todo lo que conquistase y gobernase los reinos que descubriese en dicho mar. En los pocos años que, después de esta merced, vivió (hasta que su propio suegro, el gobernador Pedro Arias de Ávila, en lugar de las muchas mercedes que había merecido y le debía por sus hazañas, le cortó la cabeza) tuvo este caballero cuidado de descubrir y saber qué tierra era y cómo se llamaba la que corre de Panamá adelante hacia el sur. Para este efecto hizo tres o cuatro navíos, los cuales, mientras él aderezaba las cosas necesarias para su descubrimiento y conquista, enviaba cada una por sí, en diversos tiempos del año, ' descubrir aquella costa. Los navíos, habiendo hecho as diligencias que podía, volvían con la relación de munas tierras que había por aquella ribera.


Un navío de estos subió más que los otros y pasó la línea equinoccial por la parte sur y cerca de ella, navegando costa a costa, como se navegaba entonces, en aquel viaje, vio un indio que, a la boca del río, de muchos que por toda aquella tierra entran en el mar estaba pescando. Los españoles del navío, con todo el recato posible, echaron en tierra, lejos de donde estaba el indio, cuatro españoles grandes corredores y nadadores para que no se les fuese por tierra ni por agua. Hecha ésta diligencia, pasaron con el navío por delante del indio, para que pusiese los ojos en él y se descuidase de la celada que le habían preparado. El indio, viendo en el mar una cosa tan extraña, nunca jamás, había visto en esa costa, como era navegar un navío a todas velas, se admiró mucho y quedó pasmado y abobado, intrigado por lo que pudiese ser aquello que veía en el mar frente a él. Y tanto se embebeció y enajenó en este pensamiento, que primero fue abrazado por los que iban a prender, sin que él lo sintiese llegar, y así lo llevaron al navío con mucha fiesta y regocijo para todos.

Los españoles que acariciaban la idea de que los indios perdiesen el miedo al verlas con barbas y diferente trajes al de ellos, le preguntaron por señas y palabras qué tierra era aquella y cómo se llamaba.

El indio, por los ademanes y movimientos de manos y rostros que le hacian (como a mudo) entendía que algo le preguntaban. respondiendo a prisa (antes que le hiciesen algún mal) y nombró su propio nombre, diciendo Berú, y añadió otro dijo Pelú. Quiso decir con esto, "Si me preguntáis cómo me llamo, yo digo Berú, y si me preguntáis dónde estaba, digo que estaba en el río». Porque es de saber que, el nombre Pelú, en el lenguaje de aquella provincia, es nombre apelativo y significa río en común, como luego veremos en mención de un serio autor. A otra pregunta semejante, el indio de nuestra historia de la Florida, respondió con el nombre de su amo, diciendo Brezos y Bredos (Libro VL cap. XV), donde yo había puesto este paso a propósito del otro; de allí lo quité para ponerlo en su lugar.

Los cristianos creyeron que, conforme a sus deseos, el indio les había comprendido y respondido de acuerdo a sus preguntas, como si todos ellos hubieran hablado en castellano, y desde entonces, 1515 ó 1516, llamaron Perú a todo aquel riquísimo y gran Imperio, alternando ambos nombres, como cambian los españoles casi todos los vocablos que toman del lenguaje de los indios de aquella tierra porque si tomaron el nombre del indio:Berú, trocaron la b en p y si fue del Pelú, que significa río, cambiaron I por e y, de la una u otra manera, dijeron Perú.

Otros cronistas, que presumen de más pulidos y modernos corrompen dos letras y en sus historias dicen Pirú. Los historiadores más antiguos, como Pedro de Cieza de León, el contador Agustín de Zárate, Francisco López de Gómara, Diego Fernández, natural de Palencia, yaun el muy reverendo Padre Fray Jerónimo Román con ser de los modernos, todos le llaman Perú y no Pirú, y como aquel paraje, donde se desarrolló este suceso, venía ser límite de la tierra de los Incas, consideraron que todo el Imperio se denominaba asÍ, y llamaron después Perú a todo lo que hay desde allí, Quito hasta Charcas, los puntos príncipales donde ellos se enseñorearon, más o menos unas 700 lenguas de largo, aunque este imperio llegaba hasta Chile, otras 500 lenguas de largo, hacia abajo, reino muy rico y fertilísimo.



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El niño de junto al cielo - Enrique Congrains

ANÁLISIS DE EL NIÑO DE JUNTO AL CIELO

1. AUTOR: Enrique Congrains Martín.

-Nació en Lima, en 1932.
-Hizo sus estudios primarios y secundarios en Lima.
-Congrains es una persona polifacética y sobre todo con ese espíritu lleno de energía para impulsar la cultura en nuestro país.
-Congrains es el autor que revela ese otro rostro oculto, mágico, casi irreal de la barriada: el rostro purulento de la corrupción moral.
-Ha ejercido el periodismo desarrollando temas sociales.
-Sus obras más importantes de Enrique Congrains son:
=> Lima, hora cero (1954)
=> Kikuyo (1955)
=> No una sino muchas muertes (1957)

2. LOCALIZACIÓN: El niño de junto al cielo, pertenece al libro de cuentos Lima Hora Cero (1954).

3. GÉNERO LITERARIO: Narrativo.

4. ESPECIE LITERARIA: Cuento.

5. FORMA DE EXPRESIÓN: Está escrito en prosa.

6. ESCUELA O MOVIMIENTO LITERARIO A LA QUE PERTENECE EL AUTOR: Enrique Congrains, pertenece al movimiento literario: Narrativa urbana.

7. ESTRUCTURA DE LA OBRA: El niño de junto al cielo carece de capítulos ya que es un cuento corto.

8. PERSONAJES DE LA OBRA: En el desarrollo de toda la obra, participan solamente dos personajes principales o protagonistas Esteban y Pedro.

9. AMBIENTE O ESPACIO: Los hechos o acontecimientos se desarrollan en la ciudad de Lima (la bestia del millón de cabezas), centrándose como escenario principal la Plaza San Martín.

10. EL TEMA:

Es el engaño de un muchacho pícaro limeño a un muchacho provinciano.

11. ACCIONES: En el cuento El ni de junto al cielo se dan varias acciones importantes:

-Esteban se encuentra 10 soles, un billete anaranjado.
-Esteban se queda observando el juego de los niños. Hace amistad con Pedro.
-Esteban le dice a Pedro que se ha encontrado diez soles; Pedro le propone un negocio rentable. Enrique pensaba esconderse el billete.
-Esteban y Pedro acuerdan mutuamente efectuar por la tarde un gran negocio. Esteban almuerza y regresa.
-Ambos viajan en tranvía a la ciudad de Lima.
-Esteban y Pedro instalan el negocio de las revistas en la Plaza San Martín. El negocio resultó redondo. Se vendió casi todas las revistas. -El pícaro Pedro envía a Enrique a que compre algo para comer, pues dice no haber almorzado.
-El niño Enrique al regresar, se encuentra con la ingrata sorpresa de que su amigo Pedro no estaba. Lo busca desesperadamente y espera por dos horas y el niño Pedro, no aparece.
-Esteban pregunta varias veces la hora; pero la ansiada espera es inútil.
-Esteban regresa a su casa.

12. EL ARGUMENTO:

Un día el niño Esteban llega al cerro Agustino de Lima, procedente de Tarma. Al día siguiente baja del cerro, para conocer la ciudad de Lima, y se encuentra junto a la pista un billete de 10 soles. Esteban lo recoge y lo acaricia suavemente emocionado y lo mete en uno de sus bolsillos.

Esteban sigue su camino y se encuentra con otro niño llamado Pedro de 10 años, sin casa y sin padres. Esteban y Pedro se hacen amigos. Pedro es un chiquillo pícaro y hábil y sabe ganarse la vida en la calle. Esteban le cuenta a Pedro que se ha encontrado un billete de diez soles. La plata despierta en Pedro una gran ambición. Pedro convence a Esteban para emprender un gran "negocio", comprar revistas y venderlas en la Plaza San Martín. Ellos viajan en tranvía para allá y realizan el negocio de las revistas. Cuando casi todas las revistas se habían vendido y la plata estaba en poder del pícaro Pedro, éste, dijo que no ha almorzado y le encarga a Esteban que vaya a comprar un pan o un bizcocho. El niño Esteban muy inocentemente obedeció y se va a comprar y, al regresar, no encuentra ni a Pedro, ni a las revistas. Espera un buen tiempo y no regresa Pedro. Esteban regresa solo a su casa "de junto al cielo".

EL NIÑO DE JUNTO AL CIELO
(Enrique Congrains)

Por alguna desconocida razón, Esteban había llegado al lugar exacto, precisamente al único lugar..., Pero, ¿no sería, más bien, que "aquello" había venido hacia él? Bajó la vista y volvió a mirar. Sí, ahí seguía el billete anaranjado, junto a sus pies, junto a su vida.

¿Por qué, por qué él?

Su madre se había encogido de hombros al pedirle él, autorización para conocer la ciudad, pero después le advirtió que tuviera cuidado con los carros y con las gentes. Había descendido desde el cerro hasta la carretera y, a los pocos pasos, divisó "aquello" junto al sendero que corría paralelamente a la pista.

Vacilante, incrédulo, se agachó y lo tomó entre sus manos. Diez, diez, diez, era un billete de diez soles, un billete que contenía muchísimas pesetas, innumerables reales. ¿Cuántos reales, cuántos medios, exactamente? Los conocimientos de Esteban no abarcaban tales complejidades y, por otra parte, le bastaba con saber que se trataba de un papel anaranjado que decía "diez" por sus dos lados.

Siguió por el sendero, rumbo a los edificios que se veían más allá de ese otro cerro cubierto de casas, Esteban caminaba unos metros, se detenía y sacaba el billete de su bolsillo para comprobar su indispensable presencia. ¿Había venido el billete hacia él -se preguntaba- o era él, el que había ido hacia el billete?

Cruzó la pista y se internó en un terreno salpicado de basura, desperdicios de albañilería y excremento; llegó a una calle y desde allí divisó al famoso mercado, el Mayorista, del que tanto había oído hablar. ¿Eso era Lima, Lima, Lima...? La palabra le sonaba a hueco. Recordó: que su tío le había dicho que Lima era una ciudad grande, tan grande que en la ella vivía un millón de personas,

¿La bestia con un millón de cabezas? Esteban había soñado hacía unos días, antes del viaje, en eso: una bestia con un millón de cabezas y ahora, él con cada paso que daba iba internándose dentro de la bestia.

Se detuvo, miró y meditó: la ciudad, el Mercado Mayorista, los edificios de tres y cuatro pisos, los autos, la infinidad de gentes -algunas como él, otras no como él- y el billete anaranjado, quieto, dócil en el bolsillo de su pantalón. El billete llevaba el "diez" por ambos lados y en eso se parecía a Esteban. El también llevaba el "diez" en su rostro y en su conciencia. El "diez años" lo hacía sentirse seguro y confiado, pero sólo hasta cierto punto. Antes cuando comenzaba a tener noción de las cosas y de los hechos la meta, el horizonte, había sido fijado en los diez años. ¿Y ahora? No, desgraciadamente no. Diez años no era todo. Esteban se sentía incompleto aún. Quizá si cuando tuviera doce, quizá si cuando llegara a los quince. Quizá ahora mismo, con la ayuda del billete anaranjado.

Estuvo dando algunas vueltas, atisbando dentro de la bestia, hasta que llegó a sentirse parte de ella. Un millón de cabezas y ahora una más. La gente se movía, se agitaba, unos iban en una dirección, otros en otra y él, Esteban, con el billete anaranjado quedaba siempre al centro de todo, en el ombligo mismo.
Unos muchachos de su edad jugaban en la vereda. Esteban se detuvo a unos metros de ellos y quedó observando el ir y venir de las bolas; jugaban dos y el resto hacía ruedo. Bueno, había andado unas cuadras, y por fin encontraba seres como él, gente que no se movía incesantemente de un lado a otro. Parecía, por lo visto, que también en la ciudad había seres humanos.

¿Cuánto tiempo estuvo contemplándolos? ¿Un cuarto de hora? ¿Media hora? ¿Una hora, acaso dos? Todos los chicos se habían ido, todos menos uno. Esteban quedó mirando mientras su mano dentro del bolsillo acariciaba el billete:

-¡Hola, hombre!

-Hola... -respondió Esteban susurrando, casi.

El chico era más o menos de su misma edad y vestía pantalón y camisa de un mismo tono, algo que debió ser kaki en otros tiempos, pero que ahora pertenecía a esa categoría de colores vagos e indefinidos.

-¿Eres de por acá? -le preguntó a Esteban.

-Sí, este... -se aturdió y no supo cómo explicar que vivía en el cerro y que estaba en viaje de exploración a través de un millón de cabezas.

-¿De dónde ah?- se había acercado y estaba frente a Esteban. Era más alto y sus ojos inquietos le recorrían de arriba abajo

-¿De dónde, ah? -volvió a preguntar.

-De allá, del cerro- y Esteban señaló en la dirección en que había venido.

-¿San Cosme?

Esteban meneó la cabeza negativamente.

¿Del Agustino?

-¡Sí, de ahí! -Exclamó sonriendo. Ese era el nombre, y ahora lo recordaba. Desde hacía meses cuando se entero de la decisión de su tío de venir a radicarse en Lima, venía averiguando cosas de la ciudad. Fue así como supo que Lima era muy grande, demasiado grande, tal vez; que había un sitio que se llamaba Callao y que allí llegaban buques de otros países; que habían lugares muy bonitos, tiendas enormes, calles larguísimas.. ¡Lima…! Su tío había salido dos meses antes que ellos con el propósito de conseguir casa. Una casa. ¿En que sitio será?, le había preguntado a su madre. Ella tampoco sabía. Los dos corrieron, y después de muchas semanas llegó la carta que ordenaba partir. ¡Lima...! ¿El cerro del Agustino, Esteban? Pero él no lo llamaba así. Ese lugar tenía otro nombre. La choza que su tío había levantado quedaba en el barrio de Junto al Cielo. Y Esteban era el único que lo sabia.

-Yo no tengo casa ... -dijo el chico después de un rato. Tiro una bola contra la tierra y exclamó:
-Caray, no tengo.

-¿Dónde vives, entonces? -se animó a inquirir Esteban.

El chico recogió la bola, la froto en su mano y luego respondió:

-En el mercado, cuido la fruta, duermo a ratos ... - Amistoso y sonriente, puso una mano sobre el hombro de Esteban y pregunto:

-¿Cómo te llamas tú?

-Esteban...

-Yo me llamo Pedro -tiró la bola al aire y la recibió en la palma de su mano-. Te juego, ¿ya Esteban?

Las bolas rodaron sobre la tierra, persiguiéndose mutuamente. Pasaron los minutos, pasaron hombres y mujeres junto a ellos, pasaron autos por la calle, siguieron pasando los minutos. El juego había terminado. Esteban no tenía nada que hacer junto a la habilidad de Pedro. Las bolas al bolsillo y los pies sobre el cemento gris de la acera. ¿A dónde, ahora? Empezaron a caminar juntos. Esteban se sentía más a gusto en compañía de Pedro, que estando solo.

Dieron algunas vueltas. Más y más edificios. Más y más gentes. Más y más autos en las calles. Y el billete anaranjado seguía en el bolsillo. Esteban lo recordó.

-¡Mira lo que me encontré! -lo tenía entre sus dedos y el viento lo hacía oscilar levemente.

-¡Caray! -exclamo Pedro y lo tomó, examinando al detalle- ¡Diez soles, caray! ¿Dónde lo encontraste?

-Junto a la pista, cerca al cerro -explicó Esteban. Pedro le devolvió el billete y se concentró un rato. Luego preguntó:

-¿Qué piensas hacer, Esteban?

-No sé, guardarlos, seguro… -y sonrió tímidamente.

-¡Caray, yo con una libra haría negocios, palabras que sí!

-¿Cómo?

Pedro hizo un gesto impreciso que podía revelar, a un mismo tiempo, muchísimas cosas. Su gesto podría interpretarse como una total despreocupación por el asunto -los negocios- o como una gran abundancia de posibilidades y perspectivas. Esteban no comprendió.

-¿Qué clase de negocio, ah?

-¡Cualquier clase, hombre!- pateó una cáscara de naranja que rodó desde la vereda hasta la pista; casi inmediatamente pasó un ómnibus que la aplanó contra el pavimento-. Negocios hay de sobra, palabra que sí. Y en unos dos días cada uno de nosotros podría tener otra libra en el bolsillo.

-¿Una libra más? -preguntó Esteban asombrándose.

-¡Pero claro, claro que sí...! -volvió a examinar a Esteban y le preguntó:

- ¿Tú eres de Lima?

Esteban se ruborizó. No, él no había crecido al pie de las paredes grises, ni jugaba sobre el cemento áspero e indiferente. Nada de eso en sus diez años, salvo lo que ese día.

-No, no soy de acá, soy de Tarma: llegué ayer…

-¡Ah! -exclamó Pedro, observándolo fugazmente- ¿De Tarma, no?

Había dejado atrás el mercado y estaban junto a la carretera. A medio kilómetro de distancia se alzaba el cerro del Agustino, el barrio de Junto al Cielo, según Esteban. Antes del viaje en Tarma, se había preguntado: ¿Iremos a vivir en Miraflores, al Callao, a San Isidro, a Chorrillos, en cuál de esos barrios quedará la casa de mi tío? Habían tomado el ómnibus y después de varias horas de pesado y fatigante viaje arriban a Lima. ¿Miraf1ores? ¿La Victoria? ¿San Isidro? ¿Callao? ¿A dónde Esteban, a donde? Su tío había mencionado el lugar y era la primera vez que Esteban lo oía nombrar. Debe ser algún barrio nuevo pensó. Tomaron un auto y cruzaron calles y más calles. Todas diferentes pero cosa curiosa, todas parecidas también El auto los dejó al pie de un cerro. Casas junto al cerro, casas en mitad del cerro, casas en la cumbre del cerro. Habían subido y una vez arriba junto a la choza que había levantado su tío Esteban contempló a la bestia de un millón de cabezas. La “cosa” se extendía y se desparramaba, cubriendo la tierra de casas, calles, techos, edificios. Más allá de lo que su vista podía alcanzar. Entonces Esteban había levantado los ojos, y se había sentido tan encima de todo -o tan abajo, quizá- que había pensado que estaba en el barrio de Junto al Cielo.

-Oye, ¿quisieras entrar en algún negocio, conmigo? Pedro se había detenido y lo contemplaba, esperando respuesta.

-¿Yo...? -titubeando preguntó:

-¿Qué clase de negocios? ¿Tendrían otro billete mañana?

-¡Claro que sí, por supuesto? -afirmó resueltamente.

La mano de Esteban acarició el billete y pensó que podría tener otro billete más, y otro más y muchos más. Muchísimos billetes más, seguramente. Entonces el "diez años" sería esa meta que siempre habían soñado.

-¿Qué clase de negocios se puede, ah? -preguntó Esteban.

Pedro sonrió y explicó:

-Negocios hay muchos... Podríamos comprar periódicos v venderlos por Lima: podríamos comprar revistas, chistes... -hizo una pausa y escupió con vehemencia. Luego dijo, entusiasmado:

-Mira, compramos diez soles de revistas y las vendemos ahora mismo, en la tarde, y tene¬mos quince soles, palabra.

-¿Quince soles?

-¡Claro, quince soles! ¡Dos cincuenta para ti y dos cincuenta para mí! ¿Qué te parece?

Convinieron en reunirse al pie del cerro dentro de una hora; convinieron en que Esteban no diría nada, ni a su madre ni a su tío; convinie¬ron en que venderían revistas y que de la libra de Esteban, saldrían muchísimas otras.

Esteban había almorzado apresuradamente y le había vuelto a pedir permiso a su madre para bajar a la ciudad. Su tío no almorzaba con ellos, pues en su trabajo le daban de comer gratis, completamente gratis, como había recalcado al explicar su situación.

Esteban bajó por el sendero ondulante, saltó la acequia y se detuvo al borde de la carretera, justamente en el mismo lugar en que había encontrado, en la mañana, el billete de diez, soles. Al poco rato apareció Pedro y empezaron a caminar juntos, internándose dentro de la bestia de un millón de cabezas.

-Vas a ver que fácil es vender revistas, Esteban. Las ponemos en cualquier sitio, la gente las ve y, listo, las compran para sus hijos. Y si queremos, nos ponemos a gritar en la calle el nombre de las revistas, y así vienen más rápido... ¡Y vas a ver qué bueno es hacer negocios...

-¿Queda muy lejos el sitio? -preguntó Esteban, al ver que las calles seguían alargándose casi hasta el infinito. Qué lejos había quedado Tarma, qué lejos había quedado todo lo que hasta hacía unos días había sido habitual para él.

-No, ya no. Ahora estamos cerca del tranvía y nos vamos gorreando hasta el centro.

-¿Cuánto cuesta el tranvía?

-¡Nada, hombre! -y se rió de buena gana- Lo tomamos no más y le decimos al conductor que nos deje ir hasta la Plaza San Martín.

Más y más cuadras. Y los autos, algunos viejos, otros increíblemente nuevos y flamantes, pasaban veloces, rumbo sabe Dios dónde.

-¿Adónde va toda esa gente en auto?

Pedro sonrió y observó a Esteban. Pero, ¿a dónde iban realmente?
Pedro no halló ninguna respuesta satisfactoria y se limitó a mover la cabeza de un lado a otro. Más y más cuadras, Al fin terminó la calle y llegaron a una especie de parque.

-¡Corre! -le gritó Pedro, de súbito, El tranvía comenzaba a ponerse en marcha. Corrieron. Cruzaron en dos saltos la pista y se encaramaron al estribo.

Una vez arriba se miraron sonrientes. Esteban empezó a perder el temor y llegó a la conclusión de que seguía siendo el centro de todo. La bestia de un millón de cabezas no era tan espantosa como había soñado, y ya no le importó estar siempre, aquí o allá en el centro mismo, en el ombligo mismo de la bestia.

Parecía que el tranvía se había detenido definitivamente, esta vez, después de una serie de paradas. Todo el mundo se había levantado de sus asientos y Pedro lo estaba empujando.

-Vamos, ¿qué esperas?

-¿Aquí es?

-Claro, baja.

Descendieron y otra vez a rodar sobre la piel de cemento de la bestia. Esteban veía más gente y las veía marchar -sabe Dios dónde- con más prisa que antes. ¿Por qué no caminaban tranquilos, suaves, con gusto como la gente de Tarma?

-Después volvemos y por estos mismos sitios vamos a vender las revistas.

-Bueno -asintió Esteban. El sitio era lo de menos, se dijo, lo importante era vender las revistas, y que la libra se convertiría en varias más. Eso era lo importante.

-¿Tú tampoco tienes papá? -le preguntó Pedro, mientas doblaban hacia una calle por la que pasaban los rieles del tranvía.

-No, no tengo... -y bajó la cabeza, entristecido. Luego de un momento, Esteban preguntó:

-¿Y tú?

-Tampoco, ni papá ni mamá. -Pedro se encogió de hombros y apresuró el paso. Después inquirió descuidadamente:

-¿Y al que le dices "tío"?

-Ah... Él vive con mi mamá, ha venido a Lima de chofer... –calló, pero enseguida dijo:

-Mi papá murió cuando yo era chico...

-¡Ah, caray...! ¿Y tu "tío", que tal te trata?

-Bien: no se mete conmigo para nada.

-¡Ah!

Habían llegado al lugar. Tras un portón se veían un patio más o menos grande, puertas, ventanas, y dos letreros que anunciaban revistas al por mayor.

-Ven, entra- le ordenó Pedro.

Esteban entró. Desde el piso hasta el techo había revistas, y algunos chicos como ellos, dos mujeres y un hombre, seleccionaban sus compras. Pedro se dirigió a uno de los estantes y fue acumulando revistas bajo el brazo. Las contó y volvió a revisarlas.

-Paga.

Esteban vaciló un momento. Desprenderse del billete anaranjado era más desagradable de lo que había supuesto. Se estaba bien teniéndolo en el bolsillo y pudiendo acariciarlo cuantas veces fuera necesario.

-Paga- repitió Pedro, mostrándole las revistas a un hombre gordo que controlaba la venta.

-¿Es justo una libra?

-Sí, justo. Diez revistas a un sol cada una.

Oprimió el billete con desesperación pero al fin terminó por extraerlo del bolsillo. Pedro se lo quitó rápidamente de la mano y lo entregó al hombre.

-Vamos -dijo jalándolo.

Se instalaron en la Plaza San Martín y alinearon las diez revistas en uno de los muros que circunda el jardín. Revistas, revistas, revistas señor, revistas señora, revistas, revistas. Cada vez que una de las revistas desaparecía con un comprador, Esteban suspiraba aliviado. Quedaban seis revistas y pronto de seguir así las cosas, no habría de quedar ninguna.

-¿Qué te parece, ah? -preguntó Pedro, sonriendo con orgullo.

-Está bueno, está bueno... -y se sintió enormemente agradecido a su amigo y socio.

Revistas, revistas. ¿No quiere un chiste, señor? El hombre se detuvo y examinó las carátulas. ¿Cuánto? Un sol cincuenta, no más... La mano del hombre quedó indecisa sobre dos revistas. ¿Cuál, cuál llevará? Al fin se decidió. Cóbrate y las monedas cayeron, tintineantes al bolsillo de Pedro. Esteban se limitaba a observar, meditaba y sacaba sus conclusiones: una cosa era soñar allá en Tarma, con una bestia de un millón de cabezas, y otra era estar en Lima, en el centro mismo del universo, absorbiendo y paladeando con fruición la vida.

El era el socio capitalista y el negocio marchaba estupendamente bien. Revistas, revistas, gritaba el socio industrial, y otra revista más que desaparecía en manos impacientes. ¡Apúrate con el vuelto!, exclamaba el comprador. Y todo el mundo caminaba aprisa, rápidamente. ¿A dónde van que se apuran tanto?, pensaba Esteban.

Bueno, bueno, la bestia era una bestia bondadosa, amigable aunque algo difícil de comprender. Eso no importaba: seguramente con el tiempo, se acostumbraría. Era una magnífica bestia que estaba permitiendo que el billete de diez soles se multiplicara. Ahora ya no quedaban más que dos revistas sobre el muro. Dos nada más, y ocho desparramándose por desconocidos e ignorados rincones de la bestia. Revistas, revistas, chistes a sol cincuenta, chistes... Listo, ya no quedaba más que una revista y Pedro anunció que eran las cuatro y media.

-¡Caray, me muero de hambre, no he almorzado... -prorrumpió luego.

-¿No has almorzado?

-No, no he almorzado... -observó a posibles compradores entre las personas que pasaban y después surgió:

-¿Me podría ir a comprar un pan o un bizcocho?

-Bueno-aceptó Esteban, inmediatamente.

Pedro sacó un sol de su bolsillo y explicó:

-Esto es de los dos cincuenta de mi ganancia, ¿ya?

-Sí, ya sé.

-¿Ves ese cine? -preguntó Pedro señalando a uno que quedaba en la esquina. Esteban asintió-. Bueno, sigues por esa calle y a mitad de cuadra hay una tiendecita de japoneses. Anda y cómprame un pan con jamón o tráeme un plátano y galletas, cualquier cosa, ¿ya Esteban?

-Ya.

Recibió el sol, cruzó la pista, pasó por entre dos autos estacionados y tomó la calle que le había indicado Pedro. Sí, ahí estaba la tienda. Entró.

-Déme un pan con jamón -pidió a la muchacha que atendía.

Sacó un pan de la vitrina, lo envolvió en un papel y se lo entregó. Esteban puso la moneda sobre el mostrador.

-Vale un sol veinte- advirtió la muchacha.

-¡Un sol veinte...! -devolvió el pan y quedó indeciso un instante. Luego decidió:

-Déme un sol de piletas, entonces.

Tenía el paquete de galletas en la mano y andaba lentamente. Pasó junto al cine y se detuvo a contemplar los atrayentes avisos. Miró a su gusto y, luego, prosiguió caminando. ¿Habría vendido Pedro la revista que le quedaba?

Más tarde, cuando regresara a Junto al Cielo, se sentiría feliz, absolutamente feliz. Pensó en ello, apresuró el paso, atravesó la calle, espe¬ro que pasaran unos automóviles y llegó a la vereda a veinte a treinta metros más allá había quedado Pedro. ¿O se había confundido? Por qué ya Pedro no estaba en ese lugar, ni en ningún otro. Llegó al sitio preciso y nada, ni Pedro, ni revistas, ni quince soles, ni... ¿Cómo había podido perderse o desorientarse? Pero, ¿no era ahí donde habían estado ven¬diendo las revistas? ¿Era o no era? Miró a su alrededor. Sí, en el jardín de atrás seguía la envoltura de un chocolate. El papel era amarillo con letras rojas y negras, y él lo había notado cuando se instalaron, hacia más de dos horas. Entonces, ¿no se había confundido? ¿Y Pedro, y los quince soles, y la revista?

Bueno, no era necesario asustarse, pensó. Seguramente se había demorado y Pedro lo estaba buscando. Eso tenía que haber sucedido, obligadamente. Pasaron los minutos. No, Pedro no había ido a buscarlo: ya estaría de regreso de ser así. Tal vez había ido con un comprador a conseguir cambio. Más y más minutos fueron quedando a sus espaldas. No, Pedro no había ido a buscar sencillo: ya estaría de regreso, de ser así. ¿Entonces...?

-Señor, ¿tiene hora? -le preguntó a un joven que pasaba.

-Sí las cinco en punto.

Esteban bajó la vista, hundiéndola en la piel de la bestia y prefirió no pensar. Comprendió que de hacerla, terminaría llorando y eso no podía ser. Él ya tenía diez años, y diez años no eran ocho, ni nueve. ¡Eran diez años!

-¿Tiene hora, señorita?

-Sí –sonrió y dijo con una voz linda-. Las seis y diez y se alejó presurosa.

¡Y Pedro, y los quince soles y la revista…! ¿Dónde están? Desgraciadamente no lo sabía y solo quedaba la posibilidad de esperar y seguir esperando...

-¿Tiene hora. Señor?

-Un cuarto para las siete.

-Gracias.

¿Entonces...? Entonces. ¿Ya Pedro no iba a regresar…? ¿Ni Pedro ni los quince soles, ni la revista iban a regresar entonces…? Decenas de letreros luminosos se habían encendido. Letreros luminosos que se apagaban y se volvían a encender; y más y más gente sobre la piel de la bestia. Y la gente caminaba con más prisa ahora. Rápido, rápido, apúrense, más rápido aún, más, más, hay que apurarse muchísimo más, apúrense más... Y Esteban permanecía inmóvil, recostado en el muro, con el paquete de galletas en la mano y con las esperanzas en el bolsillo de Pedro... Inmóvil, dominándose para no terminar en pleno llanto.

Entonces, ¿Pedro lo había engañado...? ¿Pedro, su amigo, le había robado el billete anaranjado...? ¿O no sería más bien, la bestia con un millón de cabezas la causa de todo…? Y, ¿acaso no era Pedro parte integrante de la bestia...?

Sí y no. Pero ya nada importaba. Dejó el muro, mordisqueó una galleta y desolado, se dirigió a tomar el tranvía.


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