El retoño de Julián Huanay (Fragmento)

Ayla es una pequeña aldea serrana que reposa al pie de enormes cerros grises, en el valle del Mantaro. Las casitas de Ayla son de adobes, con tejados rojos y se hallan como perdidas entre una tupida arboleda.

Sus pobladores son sencillos labriegos que todas las manañas salen a trabajar a la campiña. Van por las estrechas callejuelas conversando sobre el estado del tiempo, de las semanteras y de los animales.

Los gritos de las pastoras arreando el ganado, los bramidos de los bueyes y los ladridos de los perros, rompen la quietud de la aldea en las primeras horas de todas las mañanas. Cuando pastoras, gañanes y ganado se pierden en el largo sendero de tierra rojiza que conduce a la campiña, la tranquilidad impera hasta el crepúsculo. A esa hora. nuevamente, el bullicio invade el pueblo hasta que las pastoras encierran el ganado, y los gañanes realizan la última tarea del día: desuncir las yuntas.

Así, monótona, se deslizaba la vida. Los hombres curvados, día a día, en la dura tarea de labranza, y las mujeres y los niños en el pastoreo de sus escasas ovejas y sus aún más escasas reses.

Pero un día regresó de Lima, a turbar la paz de mi aldea, el hijo de un viejo labrador, que dos años antes, en un viaje que rlizó a la capital de la provincia, había sido reclutado para el ejército. Por todo el pueblo se propaló la noticia de su regreso. Las mozas. noveleras y curiosas, coqueteaban con Vicente Salas que se paseaba orgulloso luciendo una gran corbata colorada. Nosotros, los muchachos, también lo admirábamos y nos reuníamos por las tardes en el atrio de una pequeña capilla para escuchar las narraciones que de sus aventuras nos hacía el ex soldado. Aprendíamos muchas cosas que no habíamos estudiado en la escuela. Nos asombró con la descripción que hizo de las casas de cinco o más pisos y de otras que estaban rodeadas de bellos jardines. Pero lo que más nos deslumbró fue el relato que hizo del mar y de los «buques grandazos del tamaño de cinco cuadras». Hay que imaginarse el deslumbramiento de nosotros, niños aldeanos, que sólo conocíamos nuestro apacible río Mantaro y, a la distancia, el ferrocarril que cruzaba el valle.



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2 comentarios:

Anónimo dijo...

wauuuuuuu...:)

Anónimo dijo...

idea principal xsfffffff

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