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Día Domingo - Mario Vargas Llosa


Contuvo un instante la respiración, clavó las uñas en la palma de sus manos y dijo, muy rápido: "Estoy enamorado de ti". Vio que ella enrojecía bruscamente, como si alguien hubiera golpeado sus mejillas, que eran de una palidez resplandeciente y muy suaves. Aterrado, sintió que la confusión ascendía por él y. petrificaba su lengua. Deseó salir corriendo, acabar: en la taciturna mañana de invierno había surgido ese desaliento íntimo que lo abatía siempre en los momentos decisivos. Unos minutos antes, entre la multitud animada y sonriente que circulaba por el Parque Central de Miraflores, Miguel se repetía aún: "Ahora. Al llegar a la avenida Pardo. Me atreveré. ¡Ah, Rubén, si supieras cómo te odio!". Y antes todavía, en la Iglesia, mientras buscaba a Flora con los ojos, la divisaba al pie de una columna y, abriéndose paso con los codos sin pedir permiso a las señoras que empujaba, conseguía acercársele y saludarla en voz baja, volvía —a decirse, tercamente, como esa madrugada, tendido en su lecho, vigilando la aparición de la luz: "No hay más remedio. Tengo que hacerlo hoy día. En la mañana. Ya me las pagarás, Rubén". Y la noche anterior había llorado, por primera vez en muchos años, al saber que se preparaba esa innoble emboscada. La gente seguía en el Parque y la avenida Pardo se hallaba desierta; caminaban por la alameda, bajo los ficus de cabelleras altas y tupidas. "Tengo que apurarme, pensaba Miguel, si no, me friego." Miró de soslayo alrededor: no había nadie, podía intentarlo. Lentamente fue estirando su mano izquierda hasta tocar la de ella; el contacto le reveló que transpiraba. Imploró que ocurriera un milagro, que cesara aquella humillación. "Qué le digo, pensaba, qué le digo." Ella acababa de retirar su mano y él se sentía desamparado y ridículo' Todas las frases radiantes, preparadas febrilmente la víspera, se habían disuelto como globos de espuma.

—Flora —balbuceó—, he esperado mucho tiempo este momento. Desde que te conozco sólo pienso en ti. Estoy enamorado por primera vez, créeme, nunca había conocido una muchacha como tú.
Otra vez una compacta mancha blanca en su cerebro, el vacío. Ya no podía aumentar la presión: la piel cedía como jebe y las uñas alcanzaban el hueso. Sin. embargo, siguió hablando, dificultosamente, con grandes intervalos, venciendo el bochornoso tartamudeo, tratando de describir una pasión irreflexiva y total, hasta descubrir, con alivio, que llegaban al primer óvalo de la avenida Pardo, y entonces calló. Entre el segundo y el tercer ficus, pasado el óvalo, vivía Flora. Se detuvieron, se miraron: Flora estaba aún encendida y la turbación había colmado sus ojos de un brillo húmedo. Desolado, Miguel se dijo que nunca le había parecido tan hermosa: una cinta azul recogía sus cabellos y él podía ver el nacimiento de su cuello, y sus orejas, dos signos de interrogación pequeñitos y perfectos.
—Mira, Miguel —dijo Flora; su voz era suave, llena de música, segura—. No puedo contestarte ahora. Pero mi mamá no quiere que ande con chicos hasta que termine el colegio.
—Todas las mamás dicen lo mismo, Flora —insistió Miguel—. ¿Cómo iba a saber ella? Nos veremos cuando tú digas, aunque sea sólo los domingos.
—Ya te contestaré, primero tengo que pensarlo —dijo Flora, bajando los ojos. Y después de unos segundos añadió—: Perdona, pero ahora tengo que irme, se hace tarde.
Miguel sintió una profunda lasitud, algo que se expandía por todo su cuerpo y lo ablandaba.
—¿No estás enojada conmigo, Flora, no? —dijo humildemente.
—No seas sonso —replicó ella, con vivacidad—. No estoy enojada.
—Esperaré todo lo que quieras —dijo Miguel—. Pero nos seguiremos viendo, ¿no? ¿Iremos al cine esta tarde, no?
—Esta tarde no puedo —dijo ella, dulcemente—. Me ha invitado a su casa Martha.
Una correntada cálida, violenta, lo invadió y se sintió herido, atontado, ante esa respuesta que esperaba y que ahora le parecía una crueldad. Era cierto lo que el Melanés había murmurado, torvamente, a su oído, el sábado en la tarde. Martha los dejaría solos, era la táctica habitual. Después, Rubén relataría a los pajarracos cómo él y su hermana habían planeado las circunstancias, el sitio y la hora. Martha habría reclamado, en pago de sus servicios, el derecho de espiar detrás de la cortina. La cólera empapó sus manos de golpe.
—No seas así, Flora. Vamos a la matiné como quedamos. No te hablaré de esto. Te prometo.
—No puedo, de veras —dijo Flora—. Tengo que ir donde Martha. Vino ayer a mi casa para invitarme. Pero después iré con ella al Parque Salazar.
Ni siquiera vio en esas últimas palabras una esperanza. Un rato después contemplaba el lugar donde había desaparecido la frágil figurita celeste, bajo el arco majestuoso de los ficus de la avenida. Era posible competir con un simple adversario, no con Rubén. Recordó los nombres de las muchachas invitadas por Martha, una tarde de domingo. Ya no podía hacer nada, estaba derrotado. Una vez más surgió entonces esa imagen que lo salvaba siempre que sufría una frustración: desde un lejano fondo de nubes infladas de humo negro se aproximaba él, al frente de una compañía de cadetes de la Escuela Naval, a una tribuna levantada en el Parque, personajes vestidos de etiqueta, el sombrero de copa en la mano, y señoras de joyas relampagueantes lo aplaudían. Aglomerada en las veredas, una multitud en la que sobresalían los rostros de sus amigos y enemigos, lo observaba maravillada, murmurando su nombre. Vestido de paño azul, una amplia capa flotando a sus espaldas, Miguel desfilaba delante, mirando el horizonte. Levantada la espada, su cabeza describía media esfera en el aire: allí, en el corazón de la tribuna estaba Flora, sonriendo. En una esquina, haraposo, avergonzado, descubría a Rubén: se limitaba a echarle una brevísima Ojeada despectiva. Seguía marchando, desaparecía entre vítores.
Como el vaho de un espejo que se frota, la imagen desapareció. Estaba en la puerta de su casa, odiaba a todo el mundo, se odiaba. Entró y subió directamente a su cuarto. Se echó de bruces en la cama; en la tibia oscuridad, entre sus pupilas y sus párpados, apareció el rostro de la muchacha —"Te quiero, Flora", dijo él en voz alta— y luego Rubén, con su mandíbula insolente y su sonrisa hostil, estaban uno al lado del otro, se acercaban, los ojos de Rubén se torcían para mirarlo burlonamente mientras su boca avanzaba hacia Flora.
Saltó de la cama. El espejo del armario le mostró un rostro ojeroso, lívido. "No la verá, decidió. No me hará esto, no permitiré que me haga esa perrada." La avenida Pardo continuaba solitaria. Acelerando el paso sin cesar, caminó hasta el cruce con la avenida Grau; allí vaciló. Sintió frío; había olvidado el saco en su cuarto y la sola camisa no bastaba para protegerlo del viento que venía del mar y se enredaba en el denso ramaje de los ficus con un suave murmullo. La temida imagen de Flora y Rubén juntos le dio valor, y siguió andando. Desde la puerta del bar vecino al cine Montecarlo, los vio en la mesa de costumbre, dueños del ángulo que formaban las paredes del fondo y de la izquierda. Francisco, el Melanés, Tobías, el Escolar lo descubrían Y, después de un instante de sorpresa, se volvían hacia Rubén, los rostros maliciosos, excitados. Recuperó el aplomo de inmediato: frente a los hombres sí sabía comportarse.
—Hola —les dijo, acercándose—. ¿Qué hay de nuevo? —Siéntate —le alcanzó una silla el Escolar—. ¿Qué milagro te ha traído por aquí?
—Hace siglos que no venías —dijo Francisco.
—Me provocó verlos —dijo Miguel, cordialmente—. Ya sabía que estaban aquí. ¿De qué se asombran? ¿ O ya no soy un pajarraco?
Tomó asiento entre el Melanés y Tobías. Rubén estaba al frente.
—¡Cuncho! —gritó el Escolar—. Trae otro vaso. Que no esté muy mugriento.
Cuncho trajo el vaso y el Escolar lo llenó de cerveza. Miguel dijo "por los pajarracos" y bebió.
—Por poco te tomas el vaso también —dijo Francisco—. ¡Qué ímpetus!
—Apuesto a que fuiste a misa de una —dijo el Melanés, un párpado plegado por la satisfacción, como siempre que iniciaba algún enredo—. ¿ O no?
—Fui —dijo Miguel, imperturbable—. Pero sólo para ver a una hembrita. nada más.
Miró a Rubén con ojos desafiantes, pero él no se dio por aludido; jugueteaba con los dedos sobre la mesa y, bajito, la punta de la lengua entre los dientes, silbaba La niña Popof, de Pérez Prado.
—¡Buena! —aplaudió el Melanés—. Buena, donjuán. Cuéntanos, ¿a qué hembrita?
—Eso es un secreto.
—Entre los pajarracos no hay secretos —recordó Tobías—. ¿Ya te has olvidado? Anda, ¿quién era?
—Qué te importa —dijo Miguel.
—Muchísimo —dijo Tobías—. Tengo que saber con quién andas para saber quién eres.
—Toma mientras —dijo el Melanés a Miguel—. Una a cero.
—¿A que adivino quién es?—dijo Francisco—.¿Ustedes no?
—Yo ya sé —dijo.Tobías.
—Y yo —dijo el Melanés. Se volvió a Rubén con ojos y voz muy inocentes—. Y tú, cuñado, ¿adivinas quién es?
—No —dijo Rubén, con frialdad,. Y tampoco me importa.
—Tengo llamitas en el estómago —dijo el Escolar—. ¿ Nadie va a pedir una cerveza?
El Melanés se pasó un patético dedo por la garganta: —I haven't money, darling —dijo.
—Pago una botella —anunció Tobías, con ademán solemne—. A ver quién me sigue, hay que apagarle las llamitas a este baboso.
—Cuncho, bájate media docena de Cristales —dijo Miguel.
Hubo gritos de júbilo, exclamaciones.
—Eres un verdadero pajarraco —afirmó Francisco. —Sucio, pulguiento —agregó el Melanés—, sí, señor, un pajarraco de la pitri—mitri.
Cuncho trajo las cervezas. Bebieron. Escucharon al Melanés referir historias sexuales, crudas, extravagantes y afiebradas y se entabló entre Tobías y Francisco una recia polémica sobre fútbol. El Escolar contó una anécdota. Venía de Lima a Miraflores en un colectivo; los demás pasajeros bajaron en la avenida Arequipa. A la altura de Javier Prado subió el cachalote Tomasso, ese albino de dos metros que sigue en Primaria, vive por la Quebrada ¿ya captan?; simulando gran interés por el automóvil comenzó a hacer preguntas al chofer, inclinado hacia el asiento de adelante, mientras rasgaba con una navaja, suavemente, el tapiz del espaldar.
—Lo hacía porque yo estaba ahí —afirmó el Escolar—. Quería lucirse.
—Es un retrasado mental —dijo Francisco—. Esas cosas se hacen a los diez años. A su edad, no tiene gracia.
—Tiene gracia lo que pasó después —rió el Escolar—. Oiga chofer, ¿no ve que este cachalote está destrozando su carro?
—¿Qué? —dijo el chofer, frenando en seco. Las orejas encarnadas, los ojos espantados, el cachalote Tomasso forcejeaba con la puerta.
—Con su navaja —dijo el Escolar—. Fíjese cómo le ha dejado el asiento.
El cachalote logró salir por fin. Echó a correr por la avenida Arequipa; el chofer iba tras él, gritando: "agarren a ese desgraciado".
—¿ Lo agarró? —preguntó el Melanés.
—No sé. Yo desaparecí. Y me robé la llave del motor, de recuerdo. Aquí la tengo.
Sacó de su bolsillo una pequeña llave plateada y la arrojó sobre la mesa. Las botellas estaban vacías. Rubén miró su reloj y se puso de pie.
—Me voy —dijo—. Ya nos vemos.
—No te vayas —dijo Miguel—. Estoy rico hoy día. Los invito a almorzar a todos.
Un remolino de palmadas cayó sobre él, los pajarracos le agradecieron con estruendo, lo alabaron.
—No puedo —dijo Rubén—. Tengo que hacer.
—Anda vete no más, buen mozo —dijo Tobías—. Y salúdame a Marthita.
—Pensaremos mucho en ti, cuñado —dijo el Melanés. —No —exclamó Miguel—. Invito a todos o a ninguno. Si se va Rubén, nada.
—Ya has oído, pajarraco Rubén —dijo Francisco—, tienes que quedarte.
—Tienes que quedarte —dijo el Melanés—, no hay tutías.
—Me voy —dijo Rubén.
—Lo que pasa es que estás borracho —dijo Miguel—. Te vas porque tienes miedo de quedar en ridículo delante de nosotros, eso es lo que pasa.
—¿Cuántas veces te he llevado a tu casa boqueando? —dijo Rubén—. ¿Cuántas te he ayudado a subir la reja para que no te pesque tu papá? Resisto diez veces más que tú.
—Resistías —dijo Miguel—. Ahora está difícil. ¿ Quieres ver?
—Con mucho gusto —dijo Rubén—. ¿ Nos vemos a la noche, aquí mismo?
—No. En este momento. —Miguel se volvió hacia los demás, abriendo los brazos—: Pajarracos, estoy haciendo un desafío.
Dichoso, comprobó que la antigua fórmula conservaba intacto su poder. En medio de la ruidosa alegría que había provocado, vio a Rubén sentarse, pálido.
—¡Cuncho! —gritó Tobías—. El menú. Y dos piscinas de cerveza. Un pajarraco acaba de lanzar un desafío.
Pidieron bistecs a la chorrillana y una docena de cervezas. Tobías dispuso tres botellas para cada uno de los competidores y las demás para el resto. Comieron hablando apenas. Miguel bebía después de cada bocado y procuraba mostrar animación, pero el temor de no resistir lo suficiente crecía a medida que la cerveza depositaba en su. garganta un sabor ácido. Cuando acabaron las seis botellas, hacia rato que Cuncho había retirado los platos.
—Ordena tú —dijo Miguel a Rubén. —Otras tres por cabeza.
Después del primer vaso de la nueva tanda, Miguel sintió que los oídos le zumbaban; su cabeza era una lentísima ruleta, todo se movía.
—Me hago pis —dijo—. Voy al baño.
Los pajarracos rieron.
—¿Te rindes? —preguntó Rubén.
—Voy a hacer pis —gritó Miguel—. Si quieres, que traigan más.
En el baño, vomitó. Luego se lavó la cara, detenidamente, procurando borrar toda señal reveladora. Su reloj marcaba las cuatro y media. Pese al denso malestar, se sintió feliz. Rubén ya no podía hacer nada. Regresó donde ellos.
—Salud —dijo Rubén, levantando el vaso.
"Está furioso, pensó Miguel. Pero ya lo fregué." —Huele a cadáver —dijo el Melanés—'. Alguien se no muere por aquí.
—Estoy nuevecito —aseguró Miguel, tratando de dominar el asco y el mareo.
—Salud —repetía Rubén.
Cuando hubieron terminado la última cerveza, su estómago parecía de plomo, las voces de los otros llegaban a sus oídos como una confusa mezcla de ruidos. Una mano apareció de pronto bajo sus ojos, era blanca y de largos dedos, lo cogía del mentón, lo obligaba a alzar la cabeza; la cara de Rubén había crecido. Estaba chistoso, tan despeinado y colérico.
—¿Te rindes, mocoso?
Miguel se incorporó de golpe y empujó a Rubén pero antes que el simulacro prosperara, intervino el Escolar.
—Los pajarracos no pelean nunca —dijo, obligándolos a sentarse—. Los dos están borrachos. Se acabó. Votación.
El Melanés, Francisco y Tobías accedieron a otorgar el empate, de mala gana.
—Yo ya había ganado —dijo,Rubén—. Este no puede ni hablar. Mírenlo.
Efectivamente, los ojos de Miguel estaban vidriosos, tenía la boca abierta y de su lengua chorreaba un hilo de saliva.
—Cállate —dijo el Escolar—. Tú no eres un campeón que digamos, tomando cerveza.
—No eres un campeón tomando cerveza —subrayó el Melanés—. Sólo eres un campeón de natación, el trome de las piscinas.
—Mejor tú no hables —dijo Rubén—; ¿no ves que la envidia te corroe?
—Viva la Esther Williams de Miraflores —dijo el Melanés.
—Tremendo vejete y ni siquiera sabes nadar —dijo Rubén—. ¿No quieres que te dé una clases?
—Ya sabemos, maravilla —dijo el Escolar—. Has ganado un campeonato de natación. Y todas las chicas se mueren por ti. Eres un campeoncito.
—Este no es campeón de nada —dijo Miguel, con dificultad—. Es pura pose.
—Te estás muriendo —dijo Rubén—. ¿Te llevo a tu casa, niñita?
—No estoy borracho —aseguró Miguel—. Y tú eres pura pose.
—Estás picado porque le voy a caer a Flora —dijo Rubén—. Te mueres de celos. ¿ Crees que no capto las cosas?
—Pura pose —dijo Miguel—. Ganaste porque tu padre es Presidente de la Federación, todo el mundo sabe que hizo trampa, descalificó al Conejo Villarán, sólo por eso ganaste.
—Por lo menos nado mejor que tú —dijo Rubén—, que ni siquiera sabes correr olas.
—Tú no nadas mejor que nadie —dijo Miguel—. Cualquiera te deja botado.
—Cualquiera —dijo el Melanés—. Hasta Miguel, que es una madre.
—Permítanme que me sonría —dijo Rubén.
—Te permitimos —dijo Tobías—. No faltaba más.
—Se me sobran porque estamos en invierno —dijo Rubén—. Si no,los desafiaba a ir a la playa, a ver si en el agua son tan sobrados.
—Ganaste el campeonato por tu padre —dijo Miguel—. Eres pura pose. Cuando quieras nadar conmigo, me avisas no más, con toda confianza. En la playa, en el Terrazas, donde quieras.
—En la playa —dijo Rubén—. Ahora mismo.
—Eres pura pose —dijo Miguel.
El rostro de Rubén se iluminó de pronto y sus ojos, además de rencorosos, se volvieron arrogantes.
—Te apuesto a ver quién llega primero a la reventazón —dijo.
—Pura pose —dijo Miguel.
—Si ganas —dijo Rubén—, te prometo que no le caigo a Flora. Y si yo gano tú te vas con la música a otra parte.
—¿Qué te has creído? —balbuceó Miguel—. Maldita sea, ¿qué es lo que te has creído?
—Pajarracos —dijo Rubén, abriendo los brazos—, estoy haciendo un desafío.
—Miguel no está en forma ahora —dijo el Escolar—. ¿Por qué no se juegan a Flora a cara o sello?
—Y tú por qué te metes —dijo Miguel—. Acepto. Vamos a la playa
—Están locos —dijo Francisco—. No no bajo a la playa con este frío. Hagan otra apuesta.
—Ha aceptado —dijo Rubén—. Vamos.
—Cuando un pajarraco hace un desafío, todos se meten la lengua al bolsillo —dijo Melanés—. Vamos a la playa. Y si no se atreven a entrar al agua, los tiramos nosotros.
—Los dos están borrachos —insistió el Escolar—. El desafío no vale.
—Cállate, Escolar —rugió Miguel—. Ya estoy grande, no necesito que me cuides.
—Bueno —dijo el Escolar, encogiendo los hombros—. Friégate, no más.
Salieron.. Afuera los esperaba una atmósfera quieta, gris, Miguel respiró —hondo; se sintió mejor. Caminaban adelante Francisco, el Melanés y Rubén. Atrás, Miguel y el Escolar. En la avenida Grau había algunos transeúntes; la mayoría, sirvientas de trajes chillones en su día de salida. Hombres cenicientos, de gruesos cabellos lacios, merodeaban a su alrededor— y las miraban con codicia; ellas reían mostrando sus dientes de oro. Los pajarracos no les prestaban atención. Avanzaban a grandes trancos —y la excitación los iba ganando, poco a poco.
—¿Ya se te pasó? —dijo el Escolar.
—Sí —respondió Miguel—. El aire me ha hecho bien.
En la esquina de la avenida Pardo, doblaron. Marchaban desplegados como una escuadra, en una misma línea, bajo los ficus de la alameda, sobre las losetas hinchadas a trechos por las enormes raíces de los árboles irrumpían a veces en la superficie como garfios. Al bajar por la Diagonal, cruzaron a dos muchachas. Rubén se inclinó, ceremonioso.
—Hola, Rubén —cantaron ellas, a dúo. Tobías las imitó, aflautando la voz: —Hola, Rubén, príncipe.
La avenida Diagonal desemboca en una pequeña quebrada que se bifurca; por un lado, serpentea el Malecón , asfaltado y lustroso; por el otro, hay una pendiente que contornea el cerro,y llega hasta el mar. Se llama "la bajada a los baños", su empedrado es parejo y brilla por el repaso de las llantas de los automóviles y los pies de los bañistas de muchísimos veranos.
—Entremos en calor, campeones —gritó el Melanés, echándose a correr. Los demás lo imitaron.
Corrían contra el viento y la delgada bruma que subían desde la playa, sumidos en un emocionante torbellino; por sus oídos, su boca y sus narices penetraba el aire a sus pulmones y repentina sensación de alivio y desintoxicación se expandía por su cuerpo a medida que el declive se acentuaba y en un momento sus pies no obedecían ya sino a una fuerza misteriosa que provenía de lo más profundo de la tierra. Los brazos como hélices, en sus lenguas un aliento salado, los pajarracos descendieron la bajada a toda carrera, hasta la plataforma circular, suspendida sobre el edificio de las casetas. E! mar se desvanecía a unos cincuenta metros de la orilla, en una espesa nube que parecía próxima a arremeter contra los acantilados, altas moles oscuras plantadas a lo largo de toda la bahía.
—Regresemos —dijo Francisco—. Tengo frío.
Al borde de la plataforma hay un cerco manchado a pedazos por el musgo. Una abertura señala el comienzo de la escalerilla, casi vertical, que baja hasta la playa. Los pajarracos contemplaban desde allí, a sus pies, una breve cinta de agua libre, y la superficie inusitada, bullente, cubierta por la espuma de las olas.
—Me voy si éste se rinde —dijo Rubén.
—¿Quién habla de rendirse? —repuso Miguel—. ¿Pero qué te has creído?
Rubén bajó la escalerilla a saltos, a la vez que se desabotonaba la camisa.
—¡Rubén! —gritó el Escolar—. ¿Estás loco? ¡Regresa!
Pero Miguel y los otros también bajaban y el Escolar los siguió.
En el verano, desde la baranda del largo y angosto edificio recostado contra el cerro, donde se hallan los cuartos de los bañistas, hasta el límite curvo del mar, había un declive de piedras plomizas donde la gente se asoleaba. La pequeña playa hervía de animación desde la mañana hasta el crepúsculo. Ahora el agua ocupaba el declive y no había sombrillas de colores vivísimos, ni muchachas elásticas de cuerpos tostados, no resonaban los gritos melodramáticos de los niños y de las mujeres cuando una ola conseguía salpicarlos antes de regresar arrastrando rumorosas piedras y guijarros, no se veía ni un hilo de playa, pues la corriente inundaba hasta el espacio limitado por las sombrías columnas que mantienen el edificio en vilo, y, en el momento de la resaca, apenas se descubrían los escalones de madera y los soportes de cemento, decorados por estalactitas y algas.
—La reventazón no se ve —dijo Rubén—. ¿Cómo hacemos?
Estaban en la galería de la izquierda, en el sector correspondiente a las mujeres; tenían los rostros serios.
—Esperen hasta mañana —dijo el Escolar—. Al mediodía estará despejado. Así podremos controlarlos.
—Ya que hemos venido hasta aquí que sea ahora —dijo el Melanés—. Pueden controlarse ellos mismos.
—Me parece bien —dijo Rubén—. ¿Y a ti?
—También —dijo Miguel.
Cuando estuvieron desnudos, Tobías bromeó acerca de las venas azules que escalaban el vientre liso de Miguel. Descendieron. La madera de los escalones, lamida incesantemente por el agua desde hacía meses, estaba resbaladiza y muy suave. Prendido al pasamanos de hierro para no caer, Miguel sintió un estremecimiento que subía desde la planta de sus pies al cerebro. Pensó que, en cierta forma, la neblina y el frío lo favorecían, el éxito ya no dependía de la destreza, sino sobre todo de la resistencia, y la piel de Rubén estaba también cárdena, replegada en millones de carpas pequeñísimas. Un escalón más abajo, el cuerpo armonioso de Rubén se inclinó; tenso, aguardaba el final de la resaca y la llegada de la próxima ola, que venía sin bulla, airosamente, despidiendo por delante una bandada de trocitos de espuma. Cuando la cresta de la ola estuvo a dos metros de la escalera, Rubén se arrojó: los brazos como lanzas, los cabellos alborotados por la fuerza del impulso, su cuerpo cortó el aire rectamente y cayó sin doblarse, sin bajar la cabeza ni plegar las piernas, rebotó en la espuma, se hundió apenas y, de inmediato, aprovechando la marea, se deslizó hacia adentro; sus brazos aparecían y se hundían entre un burbujeo frenético y sus pies iban trazando una estela cuidadosa y muy veloz. A su vez, Miguel bajó otro escalón y esperó la próxima ola. Sabía que el fondo allí era escaso, que debía arrojarse como una tabla, duro y rígido, sin mover un músculo, o chocaría contra las piedras. Cerró los ojos y saltó, y no encontró el fondo, pero su cuerpo fue azotado desde la frente hasta las rodillas, y surgió un vivísimo escozor mientras braceaba con todas sus fuerzas para devolver a sus miembros el calor que el agua les había arrebatada de golpe. Estaba en esa extraña sección del mar de Miraflores vecina.a la orilla, donde se encuentran la resaca —y las olas, y hay remolinos y corrientes encontradas, y el último verano distaba tanto que Miguel había olvidado cómo franquearla sin esfuerzo. No recordaba que es preciso aflojar el cuerpo y abandonarse, dejarse llevar sumisamente a la deriva, bracear sólo cuando se salva una ola y se está sobre la cresta, en esa plancha líquida que escolta a la espuma y flota encima de las corrientes. No recordaba que conviene soportar con paciencia y cierta malicia ese primer contacto con el mar exasperado de la orilla que tironea los miembros y avienta chorros a la boca y los ojos, no ofrecer resistencia, ser un corcho, limitarse a tomar aire cada vez que una ola se avecina, sumergirse —apenas si reventó lejos y viene sin ímpetu, o hasta el mismo fondo si el estallido es cercano—, aferrarse a alguna piedra y esperar atento el estruendo sordo de su paso, para emerger de un solo impulso y continuar avanzando disimuladamente con las manos, hasta encontrar un nuevo obstáculo y entonces ablandarse, no combatir contra los remolinos, girar voluntariamente en la espiral lentísima y escapar de pronto, en el momento oportuno, de un solo manotazo. Luego, surge de improviso una superficie calma, conmovida por tumbos inofensivos; el agua es clara, llana, y en algunos puntos se divisan las opacas piedras submarinas.
Después de atravesar la zona encrespada, Miguel se detuvo, exhausto, y tomó aire. Vio a Rubén a poca distancia, mirándolo. El pelo le caía sobre la frente en cerquillo; tenía los dientes apretados.
—¿Vamos?
—Vamos.
A los pocos minutos de estar nadando, Miguel sintió que el frío, momentáneamente desaparecido, lo invadía de nuevo, y apuró el pataleo porque era en las piernas, en las pantorrillas sobre todo, donde el agua actuaba con mayor eficacia, insensibilizándolas primero, luego endureciéndolas. Nadaba con la cara sumergida y, cada vez que el brazo derecho se hallaba afuera, volvía la cabeza para arrojar el aire retenido y tomar otra provisión con la que hundía una vez más la frente y la barbilla apenas, para no frenar su propio avance y, al contrario, hendir el agua como una proa y facilitar el desliz. A cada brazada veía con un ojo a Rubén, nadando sobre la superficie, suavemente, sin esfuerzo, sin levantar espuma ahora, con la delicadeza y la facilidad de una gaviota que planea. Miguel trataba de olvidar a Rubén y al mar y a la reventazón (que debía estar lejos aún, pues el agua era limpia, sosegada, y sólo atravesaban tumbos recién iniciados), quería recordar únicamente el rostro de Flora, el vello de sus brazos que en los días de sol centelleaba como un diminuto bosque de hilos de oro, pero no podía evitar que, a la imagen de la muchacha, sucediera otra, brumosa, excluyente, atronadora, que caía sobre Flora y la ocultaba, la imagen de una montaña de agua embravecida, no precisamente la reventazón (a la que había llegado una vez hacía dos veranos, cuyo oleaje era intenso, de espuma verdosa y negruzca, porque en ese lugar, más o menos, terminaban las piedras y empezaba el fango que las olas extraían a la superficie y entreveraban con los nidos de algas y malaguas, tiñendo el mar), sino, más bien, en un verdadero océano removido por cataclismos interiores, en el que se elevaban olas descomunales, que hubieran podido abrazar a un barco entero y lo hubieran revuelto con asombrosa rapidez, despidiendo por los aires a pasajeros, lanchas, mástiles, velas, boyas, marineros, ojos de buey y banderas.
Dejó de nadar, su cuerpo se hundió hasta quedar vertical, alzó la cabeza y vio a Rubén que se alejaba. Pensó llamarlo con cualquier pretexto, decirle "por qué no descansamos un momento", pero no lo hizo. Todo el frío de su cuerpo parecía concentrarse en las pantorrillas, sentía los músculos agarrotados, la piel tirante, el corazón acelerado. Movió 1os pies febrilmente. Estaba en el centro de un círculo de agua oscura, amurallado por la neblina. Trató de distinguir la playa, o cuando menos la sombra de los acantilados, pero esa gasa equívoca que se iba disolviendo a su paso, no era transparente. Sólo veía una superficie breve, verde negruzca., y un manto de nubes, a ras de agua. Entonces, sintió miedo. Lo asaltó el recuerde de la cerveza que había bebido, y pensó "fijo que eso me ha debilitado". Al instante pareció que sus brazos y piernas desaparecían. Decidió regresar, pero después de unas brazadas en dirección a la playa, dio media vuelta y nadó lo más ligero que pudo. "No llego a la orilla solo, se decía, mejor estar cerca de Rubén, si me agoto le diré me ganaste pero regresemos."Ahora nadaba sin estilo, la cabeza en alto, golpeando el agua con los brazos tiesos, la vista clavada en el cuerpo imperturbable que lo precedía.
La agitación y el esfuerzo desentumecieron sus piernas, su cuerpo recobró algo de calor, la distancia que lo separaba de Rubén había disminuido y eso lo serenó. Poco después lo alcanzaba; estiró un brazo, cogió uno de sus pies. Instantáneamente el otro se detuvo. Rubén tenía muy enrojecidas las pupilas y la boca abierta.
—Creo que nos hemos torcido —dijo Miguel—. Me parece que estamos nadando de costado a la playa.
Sus dientes castañeteaban, pero su voz era segura. Rubén miró a todos lados. Miguel lo observaba, tenso.
—Ya no se ve la playa —dijo Rubén.
—Hace mucho rato que no se ve —dijo Miguel—. Hay mucha neblina.
—No nos hemos torcido —dijo Rubén—. Mira. Ya se ve la espuma.
En efecto, hasta ellos llegaban unos tumbos condecorados por una orla de espuma que se deshacía Y, repentinamente, rehacía. Se miraron, en silencio.
—Ya estamos cerca de la reventazón, entonces —dijo, al fin, Miguel.
—Sí. Hemos nadado rápido.
—Nunca había visto tanta neblina.
—¿Estás muy cansado? —preguntó Rubén. —¿Yo? Estás loco. Sigamos.
Inmediatamente lamentó esa frase, pero ya era tarde. Rubén había dicho "bueno, sigamos".
Llegó a contar veinte brazadas antes de decirse que no podía más: casi no avanzaba, tenía la pierna derecha seminmovilizada por el frío, sentía los brazos torpes y pesados. Acezando, gritó "¡Rubén!". Éste seguía nadando. " ¡Rubén, Rubén! ". Giró y comenzó a nadar hacia la playa, a chapotear más bien, con desesperación, y de pronto rogaba a Dios que lo salvara, sería bueno en el futuro, obedecería a sus padres, no faltaría a la misa del domingo y, entonces, recordó haber confesado a los pajarracos "voy a la iglesia sólo a ver a una hembrita" y tuvo una certidumbre como una puñalada: Dios iba a castigarlo, ahogándolo en esas aguas turbias que golpeaba frenético, aguas bajo las cuales lo aguardaba una muerte atroz y, después, quizás, el infierno. En su angustia surgió entonces como un eco, cierta frase pronunciada alguna vez por el padre Alberto en la clase de religión, sobre la bondad divina.que no conoce límites, y mientras azotaba el mar con los brazos —sus piernas colgaban como plomadas transversales—, moviendo los labios rogó a Dios que fuera bueno con él, que era tan joven, y juró que iría al seminario si se salvaba, pero un segundo después rectificó, asustado, y prometió que en vez de hacerse sacerdote haría sacrificios y otras cosas, daría limosnas y ahí descubrió que la vacilación y el regateo en ese instante crítico podían ser fatales y entonces sintió los gritos enloquecidos de Rubén, muy próximos, y volvió la cabeza y lo vio, a unos diez metros, media cara hundida en el agua, agitando un brazo, implorando:"¡Miguel, hermanito, ven, me ahogo, no te vayas!".
Quedó perplejo, inmóvil, y fue de pronto como si la desesperación de Rubén fulminara la suya; sintió que recobraba el coraje, la rigidez de sus piernas se atenuaba.
—Tengo calambre en el estómago —chillaba Rubén—. No puedo más, Miguel. Sálvame, por lo que más quieras, no me dejes, hermanito.
Flotaba hacia Rubén, y ya iba a acercársele cuando recordó, los náufragos sólo atinan a prenderse como tenazas de sus salvadores y los hunden con ellos, y se alejó, pero los gritos lo aterraban y presintió que si Rubén se ahogaba él tampoco llegaría a la playa, y regresó. A dos metros de Rubén, algo blanco y encogido que se hundía y emergía, gritó: "no te muevas, Rubén, te voy a jalar pero no trates de agarrarme, si me agarras nos hundimos. Rubén, te vas a quedar quieto, hermanito, yo te voy a jalar de la cabeza, no me toques". Se detuvo a una distancia prudente, alargó una mano hasta alcanzar los cabellos de Rubén. Principió a nadar con el brazo libre, esforzándose todo lo posible por ayudarse con las piernas. El desliz era lento, muy penoso, acaparaba todos sus sentidos, apenas escuchaba a Rubén quejarse monótonamente, lanzar de pronto terribles alaridos, "me voy a morir, sálvame, Miguel", o estremecerse por las arcadas. Estaba exhausto cuando se detuvo. Sostenía a Rubén con una mano, con la otra trazaba círculos en la superficie. Respiró hondo por la boca. Rubén tenía la cara contraída por el dolor, los labios plegados en una mueca insólita.
—Hermanito —susurró Miguel—, ya falta poco, haz un esfuerzo. Contesta, Rubén. Grita. No te quedes así.
Lo abofeteó con fuerza y Rubén abrió los ojos; movió la cabeza débilmente.
—Grita, hermanito —repitió Miguel—. Trata de estirarte. Voy a sobarte el estómago. Ya falta poco, no te dejes vencer.
Su mano buscó bajo el agua, encontró una bola dura que nacía en el ombligo de Rubén y ocupaba gran parte del vientre. La repasó, muchas veces, primero despacio, luego fuertemente, y Rubén gritó: "¡no quiero morirme,, Miguel, sálvame!".
Comenzó a nadar de nuevo, arrastrando a Rubén esta vez de la barbilla. Cada vez que un tumbo los sorprendía, Rubén se atragantaba, Miguel le indicaba a gritos que escupiera. Y siguió nadando, sin detenerse un momento, cerrando los ojos a veces, animado porque en su corazón había brotado una especie de confianza, algo caliente y orgulloso, estimulante, que lo protegía contra el frío y la fatiga. Una piedra raspó uno de sus pies y él dio tan grito y apuró. Un momento después podía pararse. Ni pasaba los brazos en torno a Rubén. Teniéndolo apretado contra él, sintiendo su cabeza apoyada en uno de sus hombros, descansó largo rato. Luego ayudó a Rubén a extenderse de espaldas, y soportándolo en el antebrazo, lo obligó a estirar las rodillas; le hizo masajes en el vientre hasta que la dureza fue cediendo. Rubén ya no gritaba, hacía grandes esfuerzos por estirarse del todo y con sus manos se frotaba también.
—¿ Estás mejor?
—sí, hermanito, ya estoy bien. Salgamos.
Una alegría inexpresable los colmaba mientras avanzaban sobre las piedras, inclinados hacia adelante para enfrentar la resaca, insensibles a los erizos. Al poco rato vieron las aristas de los acantilados, el edificio de los baños y, finalmente, ya cerca de la orilla, a los pajarracos, de pie en la galería de las mujeres, mirándolos.
—Oye —dijo Rubén.
—sí.
—No les digas nada. Por favor, no les digas que he gritado. Hemos sido siempre muy amigos, Miguel. No me hagas eso.
—¿Crees que soy un desgraciado? —dijo Miguel—. No diré nada, no te preocupes.
Salieron tiritando. Se sentaron en la escalerilla, entre el alboroto de los pajarracos.
—Ya nos íbamos a dar el pésame a las familias —decía Tobías.
—Hace más de una hora que están adentro —dijo el Escolar—. Cuenten, ¿cómo ha sido la cosa?
Hablando con calma, mientras se secaba el cuerpo con la camiseta, Rubén explicó:
—Nada. Llegamos. a la reventazón y volvimos. Así somos los pajarracos. Miguel me ganó. Apenas por una puesta de mano. Claro que si hubiera sido en una piscina, habría quedado en ridículo.
Sobre la espalda de Miguel, que se había vestido sin secarse, llovieron las palmadas de felicitación.
—Te estás haciendo un hombre —le decía el Melanés.
Miguel no respondió. Sonriendo, pensaba que esa misma noche iría al Parque Salazar; todo Miraflores sabría ya, por boca del Melanés, que había vencido esa prueba heroica y Flora lo estaría esperando con los ojos brillantes. Se abría, frente a el , un porvenir dorado.

Los ojos de Judas - Abraham Valdelomar

I


El puerto de Pisco aparece en mis recuerdos como unamansísima aldea, cuya belleza serena y extraña acrecentaba elmar. Tenía tres plazas. Una, la principal, enarenada, con unasuerte de pequeño malecón, barandado de madera, frente al cualse detenía el carro que hacía viajes "al pueblo"; otra, la desolada plazoleta donde estaba mi casa, que tenía por el lado de orienteuna valla de toñuces; y la tercera, al sur de la población, en la quehabía de realizarse esta tragedia de mis primeros años.

En el puerto yo lo amaba todo y todo lo recuerdo porque allítodo era bello y memorable. Tenía nueve años, empezaba elcamino sinuoso de la vida, y estas primeras visiones de las cosas,que no se borran nunca, marcaron de manera tan dulcementedolorosa y fantástica el recuerdo de mis primeros años que asíformóse el fondo de mi vida triste. A la orilla del mar se piensasiempre; el continuo ir y venir de olas; la perenne visión delhorizonte; los barcos que cruzan el mar a lo lejos sin que nadiesepa su origen o rumbo; las neblinas matinales durante las cualeslos buques perdidos pitean clamorosamente, como buscándose unos a otros en la bruma, cual ánimas desconsoladas en unmundo de sombras; las "paracas", aquellos vientos que arrojan ala orilla a los frágiles botes y levantan columnas de polvomonstruosas y livianas; el ruido cotidiano del mar, de tanextraños tonos, cambiantes como las horas; y a veces, en laapacible serenidad marina, el surgir de rugidores animalesextraños, tritones pujantes, hinchados, de pequeños ojos yviscosa color, cuyos cuerpos chasquean las aguas al cubrirlos desordenadamente.

En las tardes, a la caída del sol, el viaje de los pájaros marinosque vuelven del norte, en largos cordones, en múltiples líneas,escribiendo en el cielo no sé qué extrañas palabras. Ejércitosinmensos de viajeros de ignotas regiones, de inciertos parajes quevan hacia el sur agitando rítmicamente sus alas negras, hastaesfumarse, azules, en el oro crepuscular. En la noche, en la profunda oscuridad misteriosa, en el arrullo solemne de lasaguas, vanas luces que surgen y se pierden a lo lejos como vidasestériles... En mi casa, mi dormitorio tenía una ventana que dabahacia el jardín cuya única vid desmedrada y raquítica, de hojascarcomidas por el salitre, serpenteaba agarrándose en los barrotesoxidados. Al despertar abría yo los ojos y contemplaba, tras el jardín, el mar. Por allí cruzaban los vapores con su plomizacabellera de humo que se diluía en el cielo azul. Otros llegaban al puerto, creciendo poco a poco, rodeados de gaviotas que flotabana su lado como copos de espuma y, ya fondeados, los rodeaban pequeños botecillos ágiles. Eran entonces los barcos comocadáveres de insectos, acosados por hormigas hambrientas.

Levantábame después del beso de mi madre, apuraba el caféhumeante en la taza familiar, tomaba mi cartilla e íbame a laescuela por la ribera. Ya en el puerto, todo era luz y movimiento.La pesada locomotora, crepitante, recorría el muelle. Chirriabancomo desperezándose los rieles enmohecidos, alistaban los pescadores sus botes, los fleteros empujaban sus carros en loscuales los fardos de algodón hacían pirámide, sonaba la alegrecampana del "cochecito"; cruzaban en sus asnos pacientes ylanudos, sobre los hatos de alfalfa, verde y florecida en azul, las mozas del pueblo; llevaban otras en cestos de caña brava la pescade la víspera, y los empleados, con sus gorritas blancas de viserasnegras, entraban al resguardo, a la capitanía, a la aduana y a laestación del ferrocarril. Volvía yo antes del mediodía de laescuela por la orilla cogiendo conchas, huesos de aves marinas, piedras de rara color, plumas de gaviotas y yuyos que eran cintasmulticolores y transparentes como vidrios ahumados, quearrojaba el mar.

II


Mi padre que era empleado en la Aduana tenía un hermosotipo moreno. Faz tranquila, brillante mirada, bigote pródigo. Losdías de llegada de algún vapor vestíase de blanco y en la falúarápida, brillante y liviana, en cuya popa agitada por el vientoondeaba la bandera, iba mar afuera a recibirlo. Mi madre eradulcemente triste. Acostumbraba llevarnos todas las tardes a mihermanita y a mí a la orilla a ver morir el sol. Desde allí se veíael muelle, largo con sus aspas monótonas, sobre las que seelevaban las efes de sus columnas, que en los cuadernos, en laescuela, nosotros pintábamos así:


f f f f xxxxxxx

Pues de los ganchitos de las efes pendían los faroles por lasnoches. Mi padre volvía por el muelle, al atardecer, nos buscabadesde lejos, hacíamos señales con los pañuelos y él perdíase unmomento tras de las oficinas al llegar a tierra para reaparecer anuestro lado. Juntos veíamos entonces "la procesión de las luces"cuando el sol se había puesto y el mar sonaba ya con el cantonocturno muy distinto del canto del día. Después de la procesiónregresábamos a casa y durante la comida papá nos contaba todolo que había hecho en la tarde.

Aquel día, como de costumbre, habíamos ido a ver la caída delsol y a esperar a papá. Mientras mi madre sobre la orillacontemplaba silenciosa el horizonte, nosotros jugábamos a sulado, con los zapatos enarenados, fabricando fortalezas de arenay piedras, que destruían las olas al desmayarse junto a sus muros,dejando entre ellos su blanquísima espuma. Lentamente caía latarde. De pronto mamá descubrió un punto en el lejano límite delmar.

–¿Ven ustedes? -nos dijo preocupada- ¿no parece un barco?
–Sí, mamá, respondí. Parece un barco...
–¿Vendrá papá? -interrogó mi hermana.
–Él no comerá hoy con nosotros, seguramente, agregó mimadre. Tendrá que recibir ese barco. Vendrá de noche. El mar está muy bravo. Y suspiró entristecida...

El sol se ahogó en sangre en el horizonte. El barco se divisó perfectamente recortado en el fondo ocre. Sobre el puerto cayó lanoche. En silencio emprendimos la vuelta a casa, mientrasencendían el faro del muelle y desfilaba "la procesión de lasluces".

Así decíamos a un carro lleno de faroles que salía de lacapitanía y era conducido sobre el muelle por un marinero, quiena cada cincuenta metros se detenía, colocando sobre cada posteun farol hasta llegar al extremo del muelle extendido y lineal;mas, como esta operación hacíase entrada la noche, sólo se veíanavanzando sobre el mar, las luces, sin que el hombre ni el carroni el muelle se viesen, lo que daba a ese fanal un aspecto extrañoy quimérico en la profunda oscuridad de esas horas.

Parecía aquel carro un buque fantasma que flotara sobre lasaguas muertas. A cada cincuenta metros se detenía, y una luzsuspendida por invisible mano iba a colgarse en lo alto de un poste, invisible también. Así, a medida que el carro avanzaba, lasluces iban quedando inmóviles en el espacio como estrellas sangrientas; y el fanal iba disminuyendo su brillor y dejando susluces a lo largo del muelle, como una familia cuyos miembrosfueran muriendo sucesivamente de una misma enfermedad. Por fin la última luz se quedaba oscilando al viento, muy lejos, sobreel mar que rugía en las profundas tinieblas de la noche.

Cuando se colgó el último farol, nosotros, cogidos de la manode mi madre, abandonamos la playa tornando al hogar. La criadanos puso los delantales blancos. La comida fue en silencio.Mamá no tomó nada. Y en el mutismo de esa noche triste, yoveía que mamá no quitaba la vista del lugar que debía ocupar mi padre, que estaba intacto con su servilleta doblada en el aro, sucubierto reluciente y su invertida copa. Todo inmóvil. Sólo se oíael chocar de los cubiertos con los platos o los pasos apagados dela sirviente, o el rumor que producía el viento al doblar losárboles del jardín. Mamá sólo dijo dos veces con su voz dulce ytriste:

–Niño, no se toma así la cuchara...
–Niña, no se come tan de prisa...


III

Papá debió volver muy tarde, porque cuando yo desperté en micama, sobresaltado al oír una exclamación, sonaron frías, lejanas,las dos de la madrugada. Yo no oí en detalle la conversación, demis padres; pero no puedo olvidar algunas frases que se me hanquedado grabadas profundamente.

–¡Quién lo hubiera creído!
-decía papá-. Tú conoces a Luisa,sabes cuán honorable y correcto es su marido...
–¡No es posible, no es posible!
-respondió mi madre, con vozmedrosa.
–Ojalá no lo fuese. Lo cierto es que Fernando está preso; el juez cogió al niño y amenazó a Luisa con detenerlo si ella nodecía la verdad, y ya ves, la pobre mujer lo ha declarado todo.Dijo que Fernando había venido a Pisco con el exclusivo objetode perseguir a Kerr, pues había jurado matarlo por una viejacuestión de honor...
–¿Y ella ha delatado a su marido? ¡Qué horrible traición, quéhorrible!
–¿Y qué cuestión ha sido esa?...
–No ha querido decirlo. Pero, admírate. Esto ha ocurrido a lascuatro de la tarde; Kerr ha muerto a las cinco a consecuencia dela herida, y cuando trasladaban su cadáver se promovió en lacalle un gran tumulto, oímos gritos y exclamaciones terribles,fuimos hacia allí y hemos visto a Luisa gritar, mesarse loscabellos y, como loca, llamar a su hijo. ¡Se lo habían robado!
–¿Le han robado a su hijo?Sentí los sollozos de mi madre. Asustado me cubrí la cabezacon la sábana y me puse a rezar, inconsciente y temeroso, por todos esos desdichados a quienes no conocía.
– Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor escontigo, Bendita eres...
Al día siguiente, de mañana, trajeron una carta con un margende luto muy grande y papá salió a la calle vestido de negro.


IV

Recuerdo que al salir de la población, pasé por la plazuela queestá al fin del barrio "del Castillo" y empecé a alejarme en lacurva de la costa hacia San Andrés, entretenido en coger caracoles, plumas y yerbas marinas. Anduve largo rato y prontome encontré en la mitad del camino. Al norte, el puerto ya lejanode Pisco aparecía envuelto en un vapor vibrante, veíanse lascasas muy pequeñas, y los pinos, casi borrados por la distancia,elevábanse apenas. Los barcos del puerto tenían un aspecto deabandono, cual si estuvieran varados por el viento del Sur. ElMuelle parecía entrar apenas en el mar. Recorrí con la mirada lacurva de la costa que terminaba en San Andrés. Ante la soledaddel paisaje, sentí cierto temor que me detuvo. El mar sonabaapenas. El sol era tibio y acariciador. Una ave marina apareció alo lejos, la vi venir muy alto, muy alto, bajo el cielo, sola y serena como una alma; volaba sin agitar las alas, deslizándosesuavemente, arriba, arriba. La seguí con la mirada, alzando lacabeza, y el cielo me pareció abovedado, azul e inmenso, como sifuera más grande y más hondo y mis ojos lo miraran más profundamente.

El ave se acercaba, volví la cara y vi la campiña tierra adentro, pobre, alargándose en una faja angosta, detrás de la cualcomenzaba el desierto vasto, amarillo, monótono, como otro mar de pena y desolación. Una ráfaga ardiente vino de él hacia elmar.

En medio de esa hora me sentí solo, aislado, y tuve la idea dehaberme perdido en una de esas playas desconocidas y remotas, blancas y solitarias donde van las aves a morir. Entonces sentí eldivino prodigio del silencio; poco a poco se fue callando el rumor de las olas, yo estaba inmóvil en la curva de la playa y alapagarse el último ruido del mar, el ave se perdió a lo lejos. Nadaacusaba ya a la Humanidad ni a la vida. Todo era mudo y muerto.Sólo quedaba un zumbido en mi cerebro que fue extinguiéndose,hasta que sentí el silencio, claro, instantáneo, preciso. Pero sólofue un segundo. Un extraño sopor me invadió luego, me acostéen la arena, llevé mi vista hacia el sur, vi una silueta de mujer que aparecía a lo lejos, y mansamente, dulcemente, como unasonrisa, se fue borrando todo, todo, y me quedé dormido.


V

Desperté con la idea de la mujer que había visto al dormirme, pero en vano la buscaron mis ojos, no estaba por ninguna parte.Seguramente había dormido mucho, y durante mi sueño, ladesconocida, que tenía un vestido blanco, había podido recorrer toda la playa. Observé, sin embargo, los pasos que venían por laorilla. Menudos rastros de mujer que el mar había borrado enalgunos sitios, circundaban el lugar donde yo me había dormidoy seguían hacia el puerto.

Pensativo y medroso no quise avanzar a San Andrés. El sol ibaa ponerse ya, y restregándome los ojos, siguiendo los rastros dela desconocida, emprendí la vuelta por la orilla. En algunos puntos el mar había borrado las huellas, buscábalas yo,adivinándolas casi, y por fin las veía aparecer sobre la arenahúmeda. Recogí una conchita rara, la eché en mi bolsillo y mimano tropezó con un extraño objeto. ¿Qué era? Una medalla dela Purísima, de plata, pendiendo de una cadena delgada, larga yfría. Examiné mucho el objeto y me convencí de que alguien lohabía puesto en mi bolsillo. Tuve una sospecha, la mujer; quisearrojarle, pero me detuve.

Guardé la medalla y cavilando en el hallazgo, llegué a casacuando el sol se ponía. Mi curiosidad hizo que callara y ocultarael objeto; y al día siguiente, martes de Semana Santa, a la mismahora, volví. El mar durante la noche había borrado las huellasdonde me acostara la víspera, pero aproximadamente elegí unsitio y me recosté. No tardó en aparecer la silueta blanca. Sentíun violento golpe en el corazón y un indecible temor. Y sinembargo tenía una gran simpatía por la desconocida que vestidade blanco se acercaba.El miedo me vencía, quería correr y luchaba por quedarme. Lamujer se acercaba cada vez más. Me miró desde lejos, quise irmeaún; pero ya era tarde.

El miedo y luego la apacible mirada deaquella mujer me lo impedían. Acercóse la señora. Yo, de pie,quitándome la gorra le dije:

–Buenas tardes, señora...
–¿Me conoces?...
–Mamá me ha dicho que se debe saludar a las personasmayores... La señora me acarició sonriendo tristemente y me preguntó:
–¿Te gusta mucho el mar?
–Sí, señora. Vengo todas las tardes.
–¿Y te quedas dormido?...
–¿Usted vino ayer señora?...
–No; pero cuando los niños se quedan dormidos a la orilla delmar, y son buenos, viene un ángel y les regala una medalla. ¿A tite ha regalado el ángel?...

Yo sonreí incrédulo; la dama lo comprendió, y conversando, perdido el temor hacia la señora vestida de blanco, cogido de sumano, emprendí la vuelta a la población.

Al llegar a la plazuela del Castillo, vimos unos hombres quelevantaban una especie de torre de cañas.

–¿Qué hacen esos hombres?
-me preguntó la señora.
–Papá nos ha dicho que están preparando el castillo paraquemar a Judas el sábado de gloria.
–¿A Judas? ¿Quién te ha dicho eso? Y abriódesmesuradamente los ojos.
–Papá dice que Judas tiene que venir el sábado por la noche yque todos los hombres del pueblo, los marineros, los trabajadoresdel muelle, los cargadores de la Estación, van a quemarlo, porqueJudas es muy malo... Papá nos traerá para que lo veamos...
–¿Y tú sabes por qué lo queman?...
–Sí, señora. Mamá dice que lo queman porque traicionó alSeñor...
–¿Y no te da pena que lo quemen?...
–No, señora. Que lo quemen. Por él los judíos mataron anuestro Señor Jesucristo. Si él no lo hubiese vendido, ¿cómohabrían sabido quién era los judíos?...

La señora no contestó. Seguimos en silencio hasta la población. Los hombres se quedaron trabajando y al despedirsela señora blanca me dio un beso y me preguntó:

–Dime, ¿tú no perdonarías a Judas?...
–No, señora blanca; no lo perdonaría.

La dama se marchó por la orilla oscura y yo tomé el camino demi casa. Después de la comida me acosté.


VI

Estuve varios días sin volver a la playa, pero el sábado degloria en que debían quemar a Judas, salí a la playa para dar un paseo y ver en la plaza el cuerpo del criminal, pues según papá,ya estaba allí esperando su castigo el traidor, rodeado demarineros, cargadores, hombres del pueblo y pescadores de SanAndrés. Salí a las cuatro de la tarde y me fui caminando por laorilla. Llegué al sitio donde Judas, en medio del pueblo, seelevaba, pero le tenían cubierto con una tela y sólo se le veía lacabeza. Tenía dos ojos enormes, abiertos, iracundos, pero sin pupilas y la inexpresiva mirada se tendía sobre la inmensidad delmar. Seguí caminando y al llegar a la mitad de la curva, distinguía la señora blanca que venía del lado de San Andrés. Pronto llegóhasta mí. Estaba pálida y me pareció enferma. Sobre su vestido blanco y bajo el sombrero alón, su rostro tenía una palidez demarfil. ¡Era tan blanca! Sus facciones afiladas parecían no tener sangre; su mirada era húmeda, amorosa y penetrante. Hablamoslargo rato.

–¿Has visto a Judas?
–Lo he visto, señora blanca...
–¿Te da miedo?...
–Es horrible... A mí me da mucho miedo...
–¿Y ya le has perdonado?...
–No, señora, yo no lo perdono. Dios se resentiría conmigo si le perdonase... ¿Usted viene esta noche a verlo quemar?...
–Sí.
–¿A qué hora?...
–Un poco tarde. ¿Tú me reconocerías de noche?... ¿No teolvidarías de mi cara? Fíjate bien
-y me miró extrañamente
-Fíjate bien en mi cara... Yo vendré un poco tarde... Dime, ¿le hasvisto tú los ojos a Judas?... –Sí, señora. Son inmensos, blancos, muy blancos...
–¿Dónde miran?...
–Al mar...
–¿Estás seguro? ¿Miran al mar? ¿Te has fijado bien?...
–Sí, señora blanca, miran al mar...

Sobre la arena donde nos habíamos sentado, la señora mirólargamente el océano. Un momento permaneció silenciosa yluego ocultó su cara entre las manos. Aún me pareció más pálida.
–Vamos
-me dijo.

Yo la seguí. Caminamos en silencio a través de la playa, peroal acercarnos a la plazuela donde estaba el cuerpo de Judas, laseñora se detuvo y mirando al suelo, me dijo:

–Fíjate bien en él... Me vas a contar adónde mira. Fíjate bien...Fíjate bien.Y al pasar ante el cuerpo, ella volvió la cara hacia el mar, parano ver la cara de Judas. Parecía temblar su mano, que me teníacogido por el brazo, y al alejarnos me decía:

–Fíjate adónde mira, de qué color son sus ojos, fíjate, fíjate...Pasamos. Yo tenía miedo. Sentí temblar fuertemente a laseñora, que me preguntó nuevamente:
–¿Dónde miran los ojos? –Al mar, señora blanca... Bien lejos, bien lejos...

Ya era tarde. La noche empezó a caer y las luces de los barcosse anunciaron débilmente en la bahía. Al llegar a la altura de micasa, la señora me dio un beso en la frente, un beso muy largo, y me dijo:

–¡Adiós!

La noche tenía un color brumoso, pero no tan negro comootras veces. Avancé hasta mi casa pensativo, y encontré a mimadre llorando, porque debía salir un barco a esa hora y papádebía ir a despacharlo. Nos sentamos a la mesa. Allí se oía rugir el mar, poderoso y amenazador. Madre no tomó nada y me atrevía preguntarle:

–Mamá, ¿no vamos a ver quemar a Judas?...
–Si papá vuelve pronto. Ahora vamos a rezar...

Nos levantamos de la mesa. Atravesarnos el patiecillo. Mihermana se había dormido y la criada la llevaba en brazos. Laluna se dibujaba opacamente en el cielo. Llegamos al dormitoriode mi madre y ante el altar, donde había una virgen del Carmenmuy linda, nos arrodillamos. Iniciamos el rezo. Mamá decía ensu oración:

–Por los caminantes, navegantes, cautivos cristianos y encarcelados...

Sentimos, inusitadamente, ruidos, carreras, voces ylamentaciones. Las gentes corrían gritando y de pronto oímos unsonido estridente, característico, como el pitear de un buque perdido. Una voz gritó cerca de la puerta:

–¡Un naufragio!

Salimos despavoridos, en carrera loca, hacia la calle. El pueblocorría hacia la ribera. Mamá empezó a llorar. En ese momentoapareció mi padre y nos dijo:

–Un naufragio. Hace una hora que he despachado el buque.

Seguramente ha encallado...

El buque llamaba con un silbido doloroso, como si se quejarade un agudo dolor, implorante, solemne, frío. La luna seguíaopacada.

Salimos todos a la playa y pudimos ver que el barcohacía girar un reflector y que del muelle salían unos botes en su ayuda.

El pueblo se preparaba. Estaba reunido alrededor de la orilla,alistaba febrilmente sus embarcaciones, algunos habían sacadolinternas y farolillos y auscultaban el aire. Una voz ronca recorríala playa como una ola, pasaba de boca en boca y estallaba:

–¡Un naufragio!

Era el eterno enemigo de la gente del mar, de los pescadores,que se lanzaban en los frágiles botes, de las mujeres que losesperaban temerosas, a la caída de la tarde; el eterno enemigo detodos los que viven a la orilla... El terrible enemigo contra el queluchan todas las creencias y supersticiones de los puebloscostaneros; que surge de repente, que a veces es el molinodesconocido y siniestro que lleva a los pescadores hacia unvórtice extraño y no los deja volver más a la costa; otras veces el peligro surge en forma de viento que aleja de la costa lasembarcaciones para perderlas en la inmensidad azul y verde delmar. Y siempre que aparece este espíritu desconocido ysorpresivo las gentes sencillas vibran y oran al apóstol pescador,su patrón y guía, porque seguramente alguna vida ha sido sacrificada.

Aún oímos el rumor de las gentes del mar. Cuando empezó aretirarse, se apagaron los reflectores y el piteo cesó. Nadiecomprendía por qué el barco se alejaba; pero cuando éste se perdía hacia el sur, todo el pueblo, pensativo, silencioso einmenso, regresó por las calles y se encaminó a la plaza en la queJudas iba a ser sacrificado. Mamá no quiso ir, pero papá y yofuimos a verle.

Caminamos todo el barrio del Castillo y al terminarlo y entrar a la plazoleta, la fiesta se anunció con una viva luz sangrienta. Alos pies de Judas ardía una enorme y roja llamarada que hacíanubes de humo y que iluminaba por dentro el deforme cuerpo delcondenado, a quien yo quería ver de frente.

Pero al verlo tuve miedo. Miedo de sus grandes ojos que seiluminaban de un tono casi rosado. Busqué entre los que nosrodeaban a la señora blanca, pero no la vi. La plaza estaba llena,el pueblo la ocupaba toda y de pronto, de la casa que estaba a laespalda de Judas y que daba frente al mar, salieron varioshombres con hachones encendidos y avanzaron entre la multitudhacia Judas.

–¡Ya lo van a quemar! -gritó el pueblo. Los hombres llegaron.Los hachones besaron los pies del traidor y una llama inmensaapareció violentamente. Acercaron un barril de alquitrán y lallamarada aumentó.

Entonces fue el prodigio. Al encenderse el cuerpo de Judas, losojos con el reflejo de la luz tornáronse rojos, con un rojoiracundo y amenazador; y como si toda aquella gente semi- perdida en la oscuridad y en las llamas, hubiera pensado en losojos del ajusticiado, siguió la mirada sangrienta de éste que fue adetenerse en el mar. Un punto negro había al final de la miradaque casi todo el pueblo señaló. Un golpe de luz de la lunailuminó el punto lejano y el pueblo, que aquella noche estabacomo poseído de una extraña preocupación, gritó abandonando la plaza y lanzándose a la orilla:

–¡Un ahogado, un ahogado!...

Se produjo un tumulto horrible. Un clamor general que teníaalgo de plegaria y de oración, de maldición pavorosa y detragedia, se elevó hacia el mar, en esa noche sangrienta.

–¡Un ahogado!

El punto era traído mansamente por las olas hacia la playa. Algrito unánime siguió un silencio absoluto en el que podía percibirse el nudo manso del mar. Cada uno de los allí presentesesperaba la llegada del desconocido cadáver, con un presentimiento doloroso y silente. La luna empezó a clarear.Debía ser muy tarde y por fin se distinguió un cadáver ya muycerca de la orilla, que parecía tener encima una blanca sábana. Laluna tuvo una coloración violeta y alumbró aún el cadáver que poco a poco iba acercándose.

–¡Un marinero!, gritaron algunos.
–¡Un niño!, dijeron otros. –¡Una mujer!, exclamaron todos. Algunos se lanzaron al mar ysacaron el cadáver a la orilla. El pueblo se agrupó al derredor. Leclavaban las luces de las linternas, se peleaban por verle, perocomo allí en la orilla no hubiese luz bastante, lo cargaron y lollevaron hacia los pies de Judas que aún ardía en el centro de la plaza. Todo el pueblo volvía a ella y con él yo -cogido siemprede la mano de papá-. Llegaron, colocaron en tierra el cadáver yardió el último resto del cuerpo de Judas quedando sólo lacabeza, cuyos dos ojos ya no miraban a ningún lugar sino atodos. Yo tenía una extraña curiosidad por ver el cadáver. Mi padre seguramente no deseaba otra cosa, hizo abrir sitio y comolas gentes de mar lo conocían y respetaban, le hicieron pasar yllegarnos hasta él.

Vi un grupo de hombres todos mojados, con la cabezainclinada teniendo en la mano sus sombreros, silenciosos,rodeando el cadáver, vestido de blanco, que estaba en el suelo. Vilas telas destrozadas y el cuerpo casi desnudo de una mujer. Fueuna horrible visión que no olvido nunca. La cabeza echada haciaatrás, cubierto el rostro con el cabello desgreñado. Un hombre deesos se inclinó, descubrió la cara y entonces tuve la más horrible sensación de mi vida. Di un grito extraño, inconsciente, y meabracé a las piernas de mi padre.

–¡Papá, papá, si es la señora blanca! ¡La señora blanca, papá!...

Creí que el cadáver me miraba, que me reconocía; que Judas ponía sus ojos sobre él y di un segundo grito más fuerte y terribleque el primero.
–¡Sí; perdono a Judas,señora blanca, sí, lo perdono!...

Padre me cogió como loco, me apretó contra su pecho, y yo,con los ojos muy abiertos, vi mientras que mi padre me llevaba,rojos y sangrientos, acusadores, siniestros y terribles, los ojos de Judas que miraban por última vez, mientras el pueblo sedesgranaba silencioso y unos cuantos hombres se inclinabansobre el cadáver blanco.

Ocultábase la luna...

Viaje alrededor del porvenir - César Vallejo

A eso de las dos de la mañana despertó el administrador en un sobresalto. Tocó el botón de la luz y alumbró. Al consultar su reloj de bolsillo, se dio cuenta de que era todavía muy temprano para levantarse. Apagó y trató de dormirse de nuevo. Hasta las tres y media podía dar un buen sueño. Su mujer parecía estar sumida en un sueño profundo. El administrador ignoraba que ella le había sentido y que, en ese momento, estaba también despierta. Sin embargo, los dos permanecían en silencio, el uno junto al otro, en medio de la completa oscuridad del dormitorio.
Pero pasados unos minutos, no le volvía el sueño al administrador, y su mujer, sin saber por qué, tampoco podía ya dormir, siguiendo con el oído los movimientos que, de cuando en cuando, hacía su marido en la cama y hasta el ritmo de su respiración y el parpadeo de sus ojos. Hacía dos años que eran casados. Una hijita de tres meses dormía en su cuna, en la habitación contigua, a cargo de una nodriza. El administrador casó con Eva, no porque la quisiera, sino por conveniencia, pues esta tenía un lejano parentesco con don Julio, patrón de la hacienda. El administrador hizo, en efecto, un buen negocio: apenas se casaron, el patrón lo había ascendido de simple mayordomo de campo, con 60 soles de sueldo y una simple ración de carne y arroz, a administrador general de la hacienda, con 150 soles mensuales y tres raciones diarias. De otro lado, aun cuando el parentesco en cuestión no contaba mucho a los ojos del patrón —hombre duro, vanidoso y avaro— con el matrimonio cambió en parte el tratamiento que le daba a su ex—mayordomo de campo. Tenía para él una sonrisa, por lo menos, a la semana. Solía también a veces dar a sus instrucciones, delante de los obreros y los otros empleados, repentinas entonaciones de deferencia. Una vez al mes, les estaba acordado al administrador y a su mujer, ir de visita a la casa—hacienda y comer en la mesa de los parientes pobres del patrón. Por último, el 28 de julio de cada año, día de la fiesta nacional, recibía el cajero orden de dar al administrador un sueldo gratis. Mas la dádiva mayor no había sido todavía recibida, aunque ya estaba prometida.
El día en que nació la hija del administrador, la mujer del patrón le dijo a su marido, a la hora de cenar:
–¿Sabes una cosa?
El patrón, cuyo despotismo y frialdad no exceptuaba ni a su mujer, movió negativamente la cabeza.
–Eva ha dado a luz esta mañana —añadió la patrona— y la criatura es mujercita.
–¡Zonza! —argumentó el patrón en tono de burla—. No sabe hacé hico. ¿Po qué no hacé uno muchacho hombre?
El patrón hablaba pronunciando las palabras como chino que ignorase el español. ¿Por qué tan singular costumbre? ¿Lo hacía acaso porque, en realidad, no pudiese articular bien el español? No. Lo hacía por hábito de soberbia y de dominio. Cuando la hacienda estuvo aún en manos de su padre —un inmigrante italiano, que se hizo rico en el Perú, vendiendo ultramarinos al por menor— la mayor parte de los obreros del campo eran chinos. Estos culíes eran tratados entonces como esclavos. El padre del actual patrón y cualquiera de sus capataces o empleados superiores podían azotar, dar de palos o matar de un tiro de revólver a un culí, por quítame allí esas pajas. Así, pues, el actual patrón creció servido por chinos y obedeciendo a un raro fenómeno de persistente relación entre el lenguaje usado por aquel entonces en el trato con los culíes y la condición de esclavos en que don Julio se había acostumbrado a ver a los obreros y, de modo general, a cuantos le eran económicamente inferiores, se hizo hábito oír al patrón hablar en un español chinesco a todos los habitantes de su hacienda. Nada importaba que ahora no se tratase ya de culíes sino de indígenas de la sierra del Perú. Su lenguaje resultaba, por eso, de un ridículo no exento de una aureola feudal y sanguinaria.
Don Julio, aquella noche del nacimiento de la hija del administrador, había llamado a este a su escritorio después de cenar, y le dijo severamente:
–Tú tene ahora una hica. Por qué tú no hacé uno muchacho. ¡Tú ée zonzo!
El administrador de pie y en actitud humilde, se puso colorado de emoción, al sentirse honrado, con el hecho de que el patrón se interesase así por la vida de los suyos. Una mezcla de orgullo y de pudor le estremeció ante las palabras protectoras del patrón y no supo qué contestar. Sonrió penosamente y bajó la frente. El patrón añadió, entonces, paternalmente:
–Anda tú hacé uno hico muchacho, uno hico macho. Si tú hacé un chico home, yo date legalo di mil soles.
Después dio don Julio unos largos pasos con sus enormes piernas de gigante y salió del escritorio, sin dejarle tiempo al administrador para darle las gracias por tamaña promesa.
Desde entonces, el administrador vivía con la constante preocupación de engendrar un hijo hombre. Formulada la promesa por el patrón, se apresuró a comunicarla inmediatamente a su mujer, la cual, en su gran inconciencia, vecina de un impudor casi cínico, recibió la noticia con saltos de alegría y entusiasmo. Ambos cónyuges empezaron a soñar día y noche en aquel alumbramiento de un hijo hombre, que les traería los diez mil soles prometidos... día y noche. Esta perspectiva surgía ante ellos principalmente cada vez que se veían en apuros de dinero y en cuantas ocasiones hablaban de proyectos de futuro bienestar. Necesitaban vestirse mejor que los Quesada. Necesitaban comprar muebles nuevos para la casa de Chiclayo. Además, convendría hacer un paseíto a Lima. ¿Por qué solamente los Herrera y los Ulercado tenían derecho a ir a pasear a Lima todos los años?
–Mira, Arturo —decía Eva, en un delirio de ilusión a su marido—, si llegamos a tener el chico este año, podríamos pasar la temporada de verano en Miraflores. ¡Oh, qué maravilla sería eso! ¡Cómo se morirían de envidia todas mis amigas!
En un transporte de entusiasmo, Eva echaba los brazos al cuello del administrador y acotaba, poniéndose seria:
–Pero creo que don Julio lo hace tal vez para que trabajes mejor y cumplas debidamente con los deberes de tu puesto. ¿Crees tú que está contento con tu trabajo?
–Ya lo creo que sí. Está contentísimo. De otra manera, no me habría prometido el regalo. El otro día, le hice ganar de nuevo a la hacienda un montón de dinero.
–¿Cómo, Arturito mío? ¿Cómo lo hiciste?
–La semana pasada, un equipo de braceros de la Contrata Puga trabajó seis días en un destajo de corte de caña. Yo lo sabía perfectamente. El caporal había también registrado en la planilla esas tareas. Pero el sábado por la tarde, pasé, como quien no hace la cosa, por la caja a la hora del pago de las planillas semanales. Miré al azar las planillas sobre la mesa y al encontrarme con la de los cañeros, hice como que me sorprendía de verla. Llamé al caporal y le pregunté por qué se iba a pagar a esa gente un trabajo que yo ignoraba y que, sobre todo, yo no había ordenado que se hiciese. Se hicieron los esclarecimientos del caso y acabé diciendo que no se pagasen esos salarios, puesto que se trataba de un trabajo que yo no había ordenado. Y así se hizo. Total: unos cientos de soles ahorrados para la hacienda.
Eva se quedó pensativa y preguntó vacilante:
–Pero ¿y los obreros no cobraron su trabajo?
–Naturalmente que no. Si, precisamente, de eso es de lo que se trataba.
–Pero... ¡Pobrecitos! ¿Y el contratista tampoco les pagaría?
–¿Pagarles el contratista, dices? —exclamó el administrador con sarcasmo—. Bueno será Puga para desembolsar un dinero que él no ha recibido...
Eva quedó entonces con su marido en que el regalo prometido por el patrón no tenía nada que ver con los servicios del administrador, sino que era una cosa completamente desinteresada y generosa.

* * *

Y esta noche, en que el administrador ya no podía conciliar el sueño, vino a su mente de súbito la idea del regalo prometido por don Julio. Si el administrador lograba engendrar un hijo macho, sería una cosa formidable. Pero ¿cómo lograrlo? Más de una vez se habían hecho él y su mujer esta interrogación. ¿Cómo engendrar un hijo hombre? Los dos pensaban que la cosa consistía en alimentarse bien. Otras veces creían que era cuestión de técnica y, en las horas de escepticismo, pensaban, siguiendo su experiencia, que eran estos designios de la suerte y que no había nada que hacer. La pareja pasaba noches ardidas de esfuerzo y ansiedad. Había ocasiones en que Eva, después de un espasmo heroico y calculado, como un teorema de raíz cúbica, se sumía en un silencio abstracto para luego exclamar de pronto, besando sudorosa a su marido:
–¡Ya! ¡Yo creo que ya! ¡Siento que ahora sí, que ya! Lo siento. ¡Lo siento claramente!
–No —respondía Arturo, exhausto y desalentado—. Yo he sentido que no. Esto es una broma.
Otras veces era el administrador quien solía exclamar en el instante preciso de su goce:
–¡Ya!... ¡Ya!... ¡Ya!... ¡Ya!...
Eva, por el contrario, se mostraba escéptica, aunque no se atreviese a desalentar a su marido y, más bien, le respondía con jadeante y débil voz:
–Sí... Probablemente... Probablemente...
El administrador, al recordar esta noche de insomnio, todas estas escenas y luchas por los diez mil soles prometidos por don Julio, se puso de mal humor. Se dio una vuelta brusca en la cama y lanzó un bufido de cólera. ¡Habrase visto cosa más imbécil! No poder engendrar un hijo macho. ¡Era el colmo de la mala suerte!
Eva oyó el bufido rabioso de su marido y de golpe comprendió en qué estaba pensando Arturo. Meditó un momento y fingió despertar solamente en ese instante, acercando a ciegas sus carnes desnudas y cálidas al cuerpo de su marido. Después le echó el brazo sobre el hombro y siguió agitándose y rozándose con él. Por su parte, Arturo se dio a reflexionar en la necesidad de ser tenaz en su propósito y de no abandonar por ningún motivo la empresa de los diez mil soles. Unos minutos después, tomó, a su turno, por la cintura a su mujer y se besaron sin pronunciar palabras. Pero, esta vez, la empresa abortó completamente, pues siete meses más tarde, Eva daba a luz una mujercita.

La insignia - Julio Ramón Ribeyro


haravicus.blogspot.com
Hasta ahora recuerdo aquella tarde en que al pasar por el malecón divisé en un pequeño basural un objeto brillante. Con una curiosidad muy explicable en mi temperamento de coleccionista, me agaché y después de recogerlo lo froté contra la manga de mi saco. Así pude observar que se trataba de una menuda insignia de plata, atravesada por unos signos que en ese momento me parecieron incomprensibles. Me la eché al bolsillo y, sin darle mayor importancia al asunto, regresé a mi casa. No puedo precisar cuánto tiempo estuvo guardada en aquel traje, que por lo demás era un traje que  usaba poco. Sólo recuerdo que en una oportunidad lo mandé a lavar y, con gran sorpresa mía, cuando el dependiente me lo devolvió limpio, me entregó una cajita, diciéndome: «Esto debe ser suyo, pues lo he encontrado en su bolsillo».
Era, naturalmente, la insignia y este rescate inesperado me conmovió a tal extremo que decidí usarla.
Aquí empieza verdaderamente el encadenamiento de sucesos extraños que me acontecieron. Lo primero fue un incidente que tuve en una librería de viejo. Me hallaba repasando añejas encuadernaciones, cuando el patrón, que desde hacía rato me observaba desde el ángulo más oscuro de su librería, se me acercó y, con un tono de complicidad, entre guiños y muecas convencionales, me dijo: «Aquí tenemos libros de Feifer». Yo lo quedé mirando intrigado porque no había preguntado por dicho autor, el cual, por lo demás, aunque mis conocimientos de literatura no son muy amplios, me era enteramente desconocido. Y acto seguido añadió: «Feifer estuvo en Pilsen». Como yo no saliera de mi estupor, el librero terminó con un tono de revelación, de confidencia definitiva: «Debe usted saber que lo mataron. Sí, lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga». Y dicho esto se retiró hacia el ángulo de donde había surgido y permaneció en el más profundo silencio. Yo seguí revisando algunos volúmenes maquinalmente pero mi pensamiento se hallaba preocupado en las palabras enigmáticas del librero. Después de comprar un librito de mecánica salí, desconcertado, del negocio.
Durante algún tiempo estuve razonando sobre el significado de dicho incidente pero como no pude solucionarlo acabé por olvidarme de él. Mas, pronto, un nuevo acontecimiento me alarmó sobremanera. Caminaba por una plaza de los suburbios, cuando un hombre menudo, de faz hepática y angulosa, me abordó intempestivamente y antes de que yo pudiera reaccionar, me dejó una tarjeta entre las manos, desapareciendo sin pronunciar palabra. La tarjeta, en cartulina blanca, sólo tenía una dirección y una cita que rezaba: SEGUNDA SESIÓN: MARTES 4. Como es de suponer, el martes 4 me dirigí a la numeración indicada. Ya por los alrededores me encontré con varios sujetos extraños, que merodeaban, y que por una coincidencia que me sorprendió, tenían una insignia igual a la mía. Me introduje en el círculo y noté que todos me estrechaban la mano con gran familiaridad. En seguida ingresamos a la casa señalada y en una habitación grande tomamos asiento. Un señor de aspecto grave emergió tras un cortinaje y, desde un estrado, después de saludarnos, empezó a hablar interminablemente. No sé precisamente sobre qué versó la conferencia ni si aquello era efectivamente una conferencia. Los recuerdos de niñez anduvieron hilvanados con las más agudas especulaciones filosóficas, y a unas digresiones sobre el cultivo de la remolacha fue aplicado el mismo método expositivo que a la organización del Estado. Recuerdo que finalizó pintando unas rayas rojas en una pizarra, con una tiza que
extrajo de su bolsillo.
Cuando hubo terminado, todos se levantaron y comenzaron a retirarse, comentando entusiasmados el buen éxito de la charla. Yo, por condescendencia, sumé mis elogios a los suyos, mas, en el momento en que me disponía a cruzar el umbral, el disertante me pasó la voz con una interjección, y al volverme me hizo una seña para que me acercara.
—Es usted nuevo, ¿verdad? —me interrogó, un poco desconfiado.
—Sí —respondí, después de vacilar un rato, pues me sorprendió que hubiera podido identificarme entre tanta concurrencia—. Tengo poco tiempo.
—¿Y quién lo introdujo?
Me acordé de la librería, con gran suerte de mi parte.
—Estaba en la librería de la calle Amargura, cuando el...
—¿Quién? ¿Martín?
—Sí, Martín.
—¡Ah, es un gran colaborador nuestro!
—Yo soy un viejo cliente suyo.
—¿Y de qué hablaron?
—Bueno... de Feifer.
—¿Qué le dijo?
—Que había estado en Pilsen. En verdad... yo no lo sabía
—¿No lo sabía?
—No —repliqué con la mayor tranquilidad.
—¿Y no sabía tampoco que lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga?
—Eso también me lo dijo.
—¡Ah, fue una cosa espantosa para nosotros!
—En efecto —confirmé—. Fue una pérdida irreparable.
Mantuvimos luego una charla ambigua y ocasional, llena de confidencias imprevistas y de alusiones superficiales, como la que sostienen dos personas extrañas que viajan accidentalmente en el mismo asiento de un ómnibus. Recuerdo que mientras yo me afanaba en describirle mi operación de las amígdalas, él, con grandes gestos, proclamaba la belleza de los paisajes nórdicos. Por fin, antes de retirarme, me dio un encargo que no dejó de llamarme la atención.
—Tráigame en la próxima semana —dijo— una lista de todos los teléfonos que empiecen con 38.
Prometí cumplir lo ordenado y, antes del plazo concedido, concurrí con la lista.
—¡Admirable! —exclamó—. Trabaja usted con rapidez ejemplar.
Desde aquel día cumplí una serie de encargos semejantes, de lo más extraños. Así, por ejemplo, tuve que conseguir una docena de papagayos a los que ni más volví a ver. Mas tarde fui enviado a una ciudad de provincia a levantar un croquis del edificio municipal. Recuerdo que
también me ocupé de arrojar cáscaras de plátano en la puerta de algunas residencias escrupulosamente señaladas, de escribir un artículo sobre los cuerpos celestes, que nunca vi publicado, de adiestrar a un mono en gestos parlamentarios, y aun de cumplir ciertas misiones confidenciales, como llevar cartas que jamás leí o espiar a mujeres exóticas que generalmente desaparecían sin dejar rastros.
De este modo, poco a poco, fui ganando cierta consideración. Al cabo de un año, en una ceremonia emocionante, fui elevado de rango. «Ha ascendido usted un grado», me dijo el superior de nuestro círculo, abrazándome efusivamente. Tuve, entonces, que pronunciar una breve alocución, en la que me referí en términos vagos a nuestra tarea común, no obstante lo cual, fui aclamado con estrépito.
En mi casa, sin embargo, la situación era confusa. No comprendían mis desapariciones imprevistas, mis actos rodeados de misterio, y las veces que me interrogaron evadí las respuestas porque, en realidad, no encontraba una satisfactoria. Algunos parientes me recomendaron, incluso, que me hiciera revisar por un alienista, pues mi conducta no era precisamente la de un hombre sensato. Sobre todo, recuerdo haberlos intrigado mucho un día que me sorprendieron fabricando una gruesa de bigotes postizos pues había recibido dicho encargo de mi jefe.
Esta beligerancia doméstica no impidió que yo siguiera dedicándome, con una energía que ni yo mismo podía explicarme, a las labores de nuestra sociedad. Pronto fui relator, tesorero, adjunto de conferencias, asesor administrativo, y conforme me iba sumiendo en el seno de la organización, aumentaba mi desconcierto, no sabiendo si me hallaba en una secta religiosa o en una agrupación de fabricantes de paños.
A los tres años me enviaron al extranjero. Fue un viaje de lo más intrigante. No tenía yo un céntimo; sin embargo, los barcos me brindaban sus camarotes, en los puertos había siempre alguien que me recibía y me prodigaba atenciones, y los hoteles me obsequiaban sus comodidades sin exigirme nada. Así me vinculé con otros cofrades, aprendí lenguas foráneas, pronuncié conferencias, inauguré filiales  a nuestra agrupación y vi cómo extendía la insignia de plata por todos los confines del continente. Cuando regresé, después de un año de intensa experiencia humana, estaba tan desconcertado como cuando ingresé a la librería de Martín.
Han pasado diez años. Por mis propios méritos he sido designado presidente. Uso una toga orlada de púrpura con la que aparezco en los grandes ceremoniales. Los afiliados me tratan de vuecencia. Tengo una renta de cinco mil dólares, casas en los balnearios, sirvientes con librea que me respetan y me temen, y hasta una mujer encantadora que viene a mí por las noches sin que yo la llame. Y a pesar de todo esto, ahora, como el primer día y como siempre, vivo en la más absoluta ignorancia, y si alguien me preguntara cuál es el sentido de nuestra organización, yo no sabría qué responderle. A lo más, me limitaría a pintar rayas rojas en una pizarra negra, esperando confiado los resultados que produce en la mente humana toda explicación que se funda inexorablemente en la cábala.
(Lima, 1952)
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