El brujo "Chejo" - Juan Díaz del Aguila

Juan Díaz del Aguila

Para la familia de don Isaías, establecidos en las alturas del Tapiche, no había ya aliciente ni perspectiva alguna; y los embargaba día a día la añoranza de su pueblo. 

Por entonces, y para colmo de males, la madre de aquella familia, fue víctima de una fuerte infección en el tobillo izquierdo. 

Los lavados con cocimientos de hierbas no dieron suficiente resultado. 

La dolencia iba diariamente en aumento, hasta hacerse insoportable para la paciente, quien ya no podía dormir con los dolores, obligando con su estado a perenne desvelo, y ocasionando a sus familiares serias preocupaciones ante la ausencia de un facultativo y la ignorancia de la índole del mal. 

Los vecinos que iban a visitar constantemente a la enferma, no cesaban de recomendar la intervención de un brujo, pues, en opinión de ellos, sólo un brujo podía curar el "daño" causado por otro, porque, sin la menor duda posible, se trataba de brujería.
Tanto pudo la influencia de los vecinos en el ánimo de la paciente, que ésta acabó por solicitar de su esposo el consentimiento para que fueran utilizados los servicios de un renombrado brujo de las cercanías.
Así se hizo presente en la casa, sembrando el pánico entre los muchachos, el hechicero Rosalío Pezo, quien, apenas examinó la llaga de la 'señora, afirmó ser daño causado por otro famoso hechicero de quien se relataban las más portentosas hazañas de brujería y cuyo misterioso poder corría parejo con el del diablo. 

Terminado el examen y formulada la inculpación, Rosalío se dirigió a don Isaías, con estas palabras: 

—Esta noche va a venir su "yachay" del "Chejo". Y tú vas a matarlo con tu escopeta, para que no yape daño a mama Antolina. Yo volver mañana para comenzar curación. 

Dicho lo cual se fue, dejando en la casa los más favorables comentarios, especialmente de los vecinos que lo habían llevado, sobre su seguridad, su conocimiento y su poder. 

¡Qué competencia se iba a establecer entre los dos brujos! 

A instancias de la señora, el jefe de casa ordenó al hijo mayor que vigilara el tambo por la parte externa y se aprestara a dar caza con su vieja escopeta, no obstante desdeñar supersticiones, al próximo visitante nocturno, el "yachay"? del "Chejo". 

Durante horas la expectación de la familia fue grande. ¿Llegaría o no llegaría el "yachay"? ¿A qué hora llegaría? ¿Cómo sería? ¿Podría ser muerto de un tiro de escopeta? 

Así llegó la medianoche. 

Reunidos todos en el cuarto de la enferma habían se ya casi olvidado lo de la visita del siniestro mensajero del "Chejo"; cuando de, pronto el rechinamiento de la puerta de la habitación los paralizó de terror. El hijo que hacía guardia asomaba la cabeza para avisar que había llegado el "yachay". 

Luego, entre el vértigo de espanto que los mareaba en la alta noche, alargándose en mil ecos que devolvía a la selva, estalló el disparo de la escopeta. 

Un instante después el padre aparecía en la habitación con el cadáver de un pequeño búho. 

Esa noche ya nadie pudo conciliar el sueño. Para calmar la nerviosidad general don Isaías ocupó su hamaca y tras colocar a cada lado de sí a sus dos menores hijos, que eran los más afectados por el miedo, ejecutó hasta la madrugada los más hermosos aires en su consertina, no interrumpiéndose sino para beber el ponche de mas ato que mandó preparar y del cual, claro está, participaron todos. 
 A partir del otro día, el brujo Rosalío puso en práctica el más extraño método curativo. 

Después de lavar con el cocimiento de diversas hierbas la llaga de la paciente, succionaba varias veces, en cada intervención, esta llaga, colocando entre ella y los labios un pedazo de tela blanca y limpia. A cada succión, seguía el espolvoreamento de la pequeña cantidad de licor, más bien proveniente del cocimiento, que el brujo había extraído de la llaga y con el que pretendía devolver por el aire el daño con todas sus consecuencias, a quien lo había originado. 

Cierta mañana, terminada la octava o novena curación, se escucharon próximos a la casa, grandes retos y amenazas, contra Rosalío por alguien que llegaba. 

Vivamente inmutado nuestro brujo, requirió su machete y fue, seguido del dueño de casa, al encuentro de su provocador. 

Afuera, un hombre del más raro aspecto; con chata cabeza, gran nariz de papagayo, respetables orejas, alto y flaquísimo cuello, y con los ojos enteramente rojos que parecían despedir llamas, se hallaba parado en actitud retadora, teniendo fuertemente cogido por el mango un machete puro filo. Este hombre era el "Chejo" en persona, el rey de los brujos del alto Tapiche, el hechicero que podía mantenerse sumergido en el río durante muchas horas. 

No bien ambos brujos quedaron frente a frente, el terrible "Chejo" se dirigió a Rosalío con estas o parecidas palabras: 

Hey sabido que quieres hacerme la contra. También mian dicho que quieres hacharme culpa del daño de mama Antolina. ¡Acércate para que me conozcas! 

De pronto se escuchó un enérgico grito lanzado por don Isaías, que inmovilizó a los dos hombres en el preciso instante en que, sin mayores razones que las aducidas por el tuerto, se disponían a acometerse machete en mano. 

Eh, —dijo el dueño de casa, dirigiéndose a Rosalío— ¿Quién es ese hombre? ¿Qué quiere coqtigo? ¡Apártense y sosiéguense o les cae a ambos! ¡Obedezcan y suelten los machetes! Y si no es suficiente para convencerlos este "torcido" de vaca-marina, ¡ahí está la carabina de mi hijo! 

En efecto, a pocos pasos del grupo, carabina en mano, se hallaba el hijo mayor pronto a dar muestras de su enorme destreza en el tiro si acaso advertía la menor sombra de peligro para su padre: 

Poco a poco se fue aplacando la cólera de ambos hombres, quienes, al cabo, acompañados del jefe de la familia se presentaron ante la enferma, en cuya presencia el brujo "Chejo" afirmó no ser él el causante del daño. 

Un instante después, ambos brujos, momentáneamente reconciliados, bebían el mas ato que mandó convidarles la dueña de casa. 

Días más tarde de esta escena, como la dolencia de doña Antolina, tras breve alivio, cobrara mayor gravedad, se trasladó la familia nuevamente a Iquitos.

El árbol de las lágrimas de sangre - Arturo Burga Freitas

Arturo Burga Freitas

Allá, en las cabeceras del alto Pisque, río pardo, de lento correr entre playas blancas, tributario del Ucayali, yo vi una tarde, tras el recodo de una isla, el volar simétrico y elegante de una bandada de garzas rosadas. ¡Perdiéronse en el horizonte volando, volando!... 

Hubiera querido seguirlas a todo el remar de mi canoa, pero fue imposible. No habría alcanzado jamás este vuelo la paradojal velocidad de mi pequeña piragua. 

¡Maravilla de vuelo rosa: entre el violeta hondo del río y el cielo, polichinela multicolor olvidado, que regala su última moneda de oro —el sol— a la noche pensativa que se acerca, en medio de cierto vacío que da tristeza! La selva es triste al anochecer, cuando la vida, representada por sus mil y mil animales bulliciosos se aduerme, para dejar oír los cantares agoreros y nostálgicos, de aves de leyenda y de misterio. 

Aquella tarde, forzando la vista, perdido en la lejanía del horizonte, vi también un cerro enorme, verde azulado, que semejaba el lomo de una descomunal tortuga, tendida sobre los montes. A mis preguntas contestaron los indios contándome que aquello era Manshan Maná o el Cerro de la Tortuga... En el centro mismo de éste existe un árbol, y besando sus plantas un lago, de aguas inmóviles como la muerte. De las hojas y ramas del árbol están cayendo, eternamente, unas gotas blancas. Pero cuando sus frutos caen a las aguas de11ago, éste se tiñe de rojo en toda su extensión, instantáneamente: ¡de un rojo sangre! 

Los indios atribuyen el fenómeno al Yushin —demonio— que se embravece al comer estos frutos, tiñen do las aguas del lago con la sangre de sus ojos diabólicos. 

Aseguran que todo esto pasa por estar el árbol maldito, desde que en sus ramas se ahorcó Inca Nima, el sanguinario y famoso curaca Shipibo. 

Hace algunos centenares de años que Inca Nima reinó sobre una multitud de indios, en Manshan Maná. Fue este lugar el centro de su vasto curacazgo, integrado por las más diversas tribus, que antes jamás estuvieran unidas: cunivos, shipibos, setebos, cashivos y cotoahucas. 

Inca Nima era soberbio, violento, cruel. Su medio de acción normal era la violencia y la fuerza sobre cuyas bases estaba organizado todo en sus dominios: sus vasallos lo querían porque lo temían. Sus decisiones nunca eran discutidas, eran leyes inapelables. 

No tenía amores. Vivía retraído, preocupado por sus ambiciones políticas de poderío. Sólo se le conocía una gran pasión: la de ensanchar más y más sus dominios y mandar en el mayor número de pueblos. 

Era alto, de pocas carnes, pómulos salientes y labios carnosos que poco sabían del beso y la sonrisa. Sus ojos hundidos y negros, rapaces e hirientes, cortaban. Vestía una "cushma" marrón con vetas negras. De ademanes despóticos y autoritarios poco había en su persona, en verdad, que inspirara simpatía. 

Así llegó a unir indios de tendencias tan encontradas. A todo esto aunábase el poder de la leyenda, en torno a su personalidad de curaca: decíase que era descendiente directo del grande e invencible caudillo indio, cuya memoria veneran todas las tribus de estas regiones: Santos Atahualpa, que un tiempo llegara a unir íntegramente las tribus de las selvas contra el poder español del siglo XVIII. 

Pero un hecho insólito vino a turbar un día esta paz. Secretamente llegó hasta el centro de los dominios de Inca Nima la noticia de que cerca de Charash Maná —cerro del estero— aparecieran unos personajes extraños de grandes barbas blancas y cushmas raras y larguísimas, que hablaban con inmensa dulzura y bondad una lengua desconocida. La nueva fue extendiéndose con la mayor prudencia entre los jefes caracterizados de Inca Nima. Los ancianos de la tribu aseguraron no haber visto jamás hombres iguales, y deliberaron muchas noches, fumando su shimi tapones, en rueda, lejos de la mirada del curaca, sobre suceso tan singular. Y al fin, sugestionados fantásticamente por el relato de los que decían haber visto a los extranjeros, resolvieron, con inquietud incontenible, ir a convencerse por sí mismos del hecho, a espaldas de Inca Nima, con el oculto propósito de matarlos inmediatamente después. " 

Curin Cushi, del Consejo de los Ancianos de Inca Nima, se informó ocasionalmente de la noticia, y se unió a ellos. Se presentó al curaca y le pidió autorización para explorar río abajo una zona, en la que decía haber encontrado huellas de los Coto Ahucas, antiguos enemigos de Inca Nima. 

El curaca, ignorante de todo, ordenó que al día siguiente saliese una expedición de trescientos arqueros, doscientos lanceros y cien macaneros, a las órdenes de Curin Cushi. 

En una playa cercana a Charash Maná, la expedición de Curin Cushi encontró efectivamente, dos chozas de paja, en las que dos ancianos tranquilos y confiados nada sabían del mal que se acercaba. Curin Cushi ordenó que las balsas atracasen en la orilla próxima, antes de ser vistas, y embarcándose en una canoa ligera, con algunos arqueros, se deslizó cautelosamente. Los ancianos de vestimentas raras lo miraron inquietos, pero con honda mirada, de bondad y de paz. Luego, repuestos de la sorpresa, sonrieron al jefe shipibo, invitándolo a sentarse, e indicándole por señas que deseaban su amistad. La mirada agresiva de Curin Cushi se encontró con la mirada serena de los ancianos. El jefe shipibo se siente dominado, atraído por esa mirada. Toda la ira y preparación que traía siente que se le va transformando en simpatía irresistible. Lucha consigo mismo para no demostrar que su ánimo guerrero se ha desecho ante la mansedumbre de sus supuestos enemigos. 

El jefe shipibo ordenó la aproximación de sus guerreros en son de paz, los que con presteza improvisaron rústicos techos de paja alrededor de las chozas de los ancianos, encendiendo grandes fogatas para hacer la comida y protegerse. ¡La noche estaba encima! 

Los ancianos llenos de inquietud iban de un lado a otro de la playa, prodigando sonrisas de bondad, y los indios bajaban la cabeza a su paso, sin saber si sonreír también como ellos. Algo raro se apoderaba de sus almas, un sentimiento jamás experimentado. Se sentían atraídos por esas miradas. Más predispuestos a proteger que a matar a los ancianos. 

El fuego, en medio del silencio de la noche, pintó de escarlata los rostros; ya no se notaba en los indios ademanes de canibalismo. Permanecían mudos, mirando curiosamente a los hombres extraños. Sólo se oía el rumor del río, y de rato en rato el grito lánguido de algún tibis que pasaba a ras del agua, pescando. 

Entonces el más anciano de los extranjeros habló de una doctrina de amor y felicidad a los indios, quienes no entendían bien, pero la sentían, y, poco a poco íbanse acercando, acercando al predicador, sumisos, impresionados! Tal era el fuego y el calor de vida que ponía en sus palabras. 

Al finalizar la oración los guerreros estaban postrados a sus plantas en la playa, escuchándolo. Hecho extraordinario entre los mencionados indios, celosos de sus tierras, que nunca, antes de ahora, perdonaran la vida al intruso.
¿Había algo de brujo encantamiento en la influencia irresistible de estos hombres? 

Curi Cushi manda un emisario a Inca Nima pidiendo refuerzos, pretextando una supuesta campaña de sometimiento de los Coto Ahucas, pero con el oculto propósito de hacer que todos los súbditos del curaca conocieran y admiraran personalmente a los extranjeros; oyesen de sus labios la palabra de bien y unión entre los hombres, que él también ha llegado a sentir. 

Inca Nima inocentemente accedió al pedido de su jefe de máxima confianza, quedando solo con sus familiares y fieles cashivos en Manshan Maná. 

Pero un familiar del curaca se enteró de lo sucedido en forma confidencial, y le informó del secreto. 

Gran indignación se apoderó de él, entonces, con los pocos cashivos que permanecían fieles a su lado, se dirigió precipitadamente hacia Charash Maná, a donde llegó al anochecer, cuando todos dormían. 

Dio un salto a la playa y ya se dirigía con la macana en alto a la choza del más anciano de los extranjeros, decidido a matarlo, cuando sus súbditos lo descubrieron y gritaron angustiados. El curaca despreciativo se precipita dentro de la choza, iracundo, y va a asestar él golpe mortal al anciano de barbas de nube y palabras de amor, cuando ve en sus ojos tal gesto de humanidad y confiada bondad que se desconcierta. Baja la macana colérico y ordena que se lleve presos a los extranjeros a Manshan Maná. 

Llegando a su campamento, cercano al "Cerro de la Tortuga" Inca Nima hizo conducir allá los prisioneros, donde mandó arrancarles los ojos y ahorcarlos finalmente, en las ramas del árbol embrujado, que el viajero ve a lo lejos, sobre el lomo del cerro legendario, perdido entre las brumas del horizonte. 

Pasaron algunos meses. 

Inca Nima aguardó en vano el regreso de sus súbditos, dispersos por ríos y montes, desde los fatales acontecimientos narrados. Nadie volvía. Día a día fuese quedando solo con sus remordimientos, perseguido incesantemente en la imaginación por el mirar sereno y dulce de los predicadores del amor, a los que diera muerte tan cruel ... La pena de ver su imperio destruido, el más amado fruto de toda su vida, lo llevó finalmente a desear la muerte, como una liberación. 

Una mañana opaca, lluviosa, tomó una canoa y surcando el río Pisque llegó a 11anshan 11aná. Anudó a su garganta unas fuertes sogas de tamshi y subiéndose a lo alto del árbol, desde una de sus ramas, se aventó al vacío!

Ahí quedó el cuerpo del más poderoso curaca del Ucayali, abandonado, dando vueltas y balanceándose, cada vez que los gallinazos se posaban en él, para llevarle un pedazo de las carnes. 

Y ahora dicen los indios que aquel paraje está maldito..., y no hace mucho tiempo llegó hasta allí uno de sus descendientes de Inca Nima y alzó la vista hacia lo alto del árbol, para ver dónde había muerto su poderoso abuelo, quedando al momento ciego. Una de esas gotas blancas, que por toda la vida llora el árbol, había caído en sus ojos. La mala acción del abuelo alcanzaba todavía a sus descendientes. 

Desde entonces nadie ha vuelto a acercarse al "Cerro de la Tortuga". Se le mira con cierto terror supersticioso. Y el árbol permanece allí, años de años, solitario, llorando sus lágrimas de nube, sus lágrimas blancas. Alguna vez estas lágrimas son de sangre, —en la imaginación indígena— cada vez que uno de sus frutos se desprende y rueda a las aguas del lago, tiñéndolo de rojo violento ... Debido sin duda al Yushin, demonio fantasmal que duerme en sus profundidades—, aseguran impresionados los indios...

El animal sobre sus patas traseras (Arturo D. Hernández)

Era de los roedores de la hoya amazónica más conocido con el nombre de paca. De carne reputada como la más fina y sabrosa, habitaba picura un sector de la selva que solía recorrer cuando ya el sol se había puesto, y el rocío empapaba las altas copas de los árboles, de donde caía en gruesas gotas haciendo impactos sonoros en las anchas hojas de las musáceas. 

En cuanto cerró la noche la nocturna picura sacó cautelosamente su hermosa y redonda cabeza por el agujero que servía de salida a su madriguera y, como de costumbre, posó su vista en el árbol grueso distante una treintena de metros, desde cuyas aletas partía su camino. 

—Hasta luego, compadre —dijo quedamente volviendo apenas su cabeza hacia el interior de la madriguera. 

Desde el fondo brotó largo bostezo como de alguien que tratara de despertarse y no podía hacerlo del todo. 

—Espero tu regreso, comadre, —se escuchó una voz gruesa y ronca, velada por la modorra. 

Satisfecha picura dirigió sus pasos hacia el árbol corpulento, y muy pronto encontró su camino, angosto surco abierto en la muelle alfombra de hojarasca. Era un caminillo muy estrecho, de lecho arenoso que serpenteaba por el matorral. 

Al salir de la madriguera se encontró en el mundo de los que ven de noche, el mundo de los nictálopes que deambulan en busca del sustento por entre los seres que duermen. Siguió su camino lentamente, limpiando con sus patitas delanteras, que apenas salían por debajo de su rollizo cuerpo, las hojas y ramitas muertas que habían caído en el día. Picura no toleraba absolutamente nada sobre la fina superficie que constituía el lecho de su camino. Así bien limpio lo conservaba desde que lo heredara su padre, un viejo picuro que cayó bajo la zarpa del tigre cuando por los años ya no podía percibir por el olfato o por el movimiento de las hojas, la aproximación cautelosa del enemigo en acecho. Fue un tigre hambriento que, al descubrir la guarida, esperó pacientemente la salida nocturna del viejo picuro. 

Todos en la selva sabían que picura tenía una memoria muy frágil y carecía del sentido de orientación. Era incapaz de atravesar un pequeño sector de selva saliéndose de su camino. Y si las corrientes sutiles de aire que cruzan la selva le llevaban el olor peculiar de alguna planta productora de tubérculos, se dirigía allá guiada por su poderoso olfato, pero abriendo un camino que después le permitiría regresar y volver una y otra vez sin extraviarse. Los animales de la selva conocían el camino de picura. Al atravesarlo velozmente, no podían evitar cierto escalofriante estremecimiento. Jamás ninguno de los que viven a ras del suelo se atrevió a recorrerlo, pues no ignoraban que era utilizado también por el terror de la selva. 

Un ave nocturna emitió un grito de advertencia agitando las alas. Entonces las demás aves que dormitaban supieron que la comadre de la serpiente monstruosa había sido vista en su paseo nocturno. 

Una danta que bebía en el arroyo próximo después del primer sueño, levantó la cabeza y escuchó atentamente pensando que era una verdadera lástima que picura, siendo uno de los seres más atrayentes e inofensivos de la selva, tuviera un compañero tan malo que los buenos y juiciosos animales terminaron por apartarse de ella con supersticioso terror.

Picura atravesó un largo trecho de monte y, al llegar a una bifurcación de su camino, tomó el que conducía a los terrenos donde abundaba el huicungo, palmera espinosa de frutos muy duros que al caer al suelo y empezar su germinación se volvían suaves y dulces. Además, por esas inmediaciones había abundantes setas. 

En cuanto hubo llegado al manchal de huicungos, picura dejó momentáneamente su camino y se dedicó a cenar desenterrando su manjar favorito con sus ágiles patas. Luego satisfecha, buscó su camino dispuesta a regresar. 

Ese momento era para picura muy mortificante. Haciendo todas las noches el mismo recorrido, debía conocer palmo a palmo el terreno. Sin embargo, siempre se creía extraviada, allí en cualquier parte donde no estaba su camino. En tales circunstancias suele detenerse, mira inquieta en todas direcciones, camina un trecho, vuelve a detenerse, retrocede, se alarga y encoge hasta convertirse en una bola de músculos palpitantes, se rasca indecisa con cualquiera de las patas en cualquier parte de su nervioso cuerpo; toma otra dirección, marcha un trecho, y al fin da con la vía mate que constituye su camino, mueve entonces contenta la nariz en rápidas pulsaciones, estira su cuerpo y emprende el regreso. 

En la oportunidad que nos ocupa, al llegar a la bifurcación de su camino, tomó el que conducía hacia la quebrada de aguas ambarinas, descendió el reborde y se puso a beber en la orilla. 

Prodújose al instante un confuso murmullo entre los habitantes de la selva que se encontraban bebiendo a esa hora. Los más próximos se apartaron disimuladamente, y el ruido que producía esa confraternidad selvática se convirtió en tensa quietud. 

Un martín pescador, que alocadamente levantó el vuelo después de herir con su pico la superficie bruñida de las aguas, descendió nuevamente para atrapar un pez que cortaba la corriente, y siguió su vuelo con el propósito de posarse en algo que tenía la apariencia de un pedazo de tronco, cuando descubrió a tiempo que se trataba del lomo lustroso de picura. Lo pasó casi rozando y fue a detener5t sobre una rama alta emitiendo gritos estridentes con las plumas erizadas del susto. 

—¡Por poco me paro sobre la amante de chushupe! 

Martín pescador era conocido como un chismoso, que gustaba exagerar y difundir las versiones que circulaban. Aquel día convirtió a la bondadosa comadre en amante del repulsivo reptil. 

Picura nunca miraba hacia arriba, sino cuando cierto vientecillo recalentado le indicaba la proximidad de la lluvia. Por ser nocturna conocía al búho cuyos ojos le miraban como dos puntos luminosos en la obscuridad. 

Recorrió aquella vez su camino de regreso sin apartarse, como siempre, ni una pulgada. Había efectuado su excursión nocturna, esa excursión que realizaba todas las noches a la misma hora, con excepción de aquéllas en que las grandes tempestades la obligaban a permanecer acurrucada en su madriguera. 

Descubrió su hueco disimulado con porciones de hojarasca, en el fondo del cual reposaba la serpiente más temible de la selva, el chushupe, que estaba ya esperando su llegada. Sobre sus blandos anillos, resecos y escamosos, dormían los tres picurillos a quienes picura despertó con el hocico. Los tres descendieron a mamar en tanto que los anillos se desenvolvían perezosos. Del ángulo más avanzado de esa cabeza en forma de diamante se dirigió, por otro conducto más estrecho, rumbo a la superficie donde moraban los seres indefensos que dormían. 

Silencioso, ondulado y reptante avanzó orientándose hacia la distante charca de la que venía el bullicioso croar de las ranas. El bosque, lleno de ruidos indefinibles, enmudeció, escuchándose, de rato en rato y distintamente, las voces estridentes de una que otra ave nocturna al despertarse sobresaltada por ese instinto que advierte a los habitantes de la selva la proximidad del peligro. 

Al pasar bajo unos arbustos irguió la cabeza tratando de des-cubrir nidos ocultos en el tupido ramaje. Exhaló su grito paralizante parecido al del pavo cuando se irrita, y empezó ágil a reptar subiéndose a un árbol de poca altura. No tardó en romper el silencio reinante el grito de agonía de una avecilla atrapada y engullida con sus pichoncitos implumes. Las madres amorosas, al despertarse en los otros nidos, extendieron sus alas para cubrir protectoras a sus polluelos. Los gritos paralizantes del reptil y los de agonía de las aves atrapadas se repitieron varias veces esa noche, en una atmósfera de pavura. 

Después de saciar su apetito y con el vientre abultado, chushupe se dedicó a lanzar sus gritos espantosos a lo largo de la extensión de selva que tenía por sus dominios. Al oír esos gritos el tigre ágil y elástico, volvía la cabeza con disgusto y se alejaba. Allá, más lejos, la cervata sin cornamenta entreabría temerosa sus redondas pupilas, se estrechaba a su cervatillo, y hacía el propósito de alejarse un poco más de esas vecindades donde reinaba el gran peligro. 


Aquella noche chushupe, excitado con su cacería y sus prepotentes gritos, demoró más de lo acostumbrado al regreso. Sintió de pronto que sus párpados se le ponían pesados y un sueño invencible se apoderó de él. Su avance fue haciéndose cada vez más lento, muy lento. Trató de seguir impulsado por un fuerte deseo de llegar hasta la madriguera donde le esperaba su comadre, pero un sopor paralizante lo detuvo completamente, se enroscó quedándose profundamente dormido en el preciso momento en que penetraban en la selva los azulados rayos del crepúsculo matinal. El gran drama diurno de la selva comenzó a desenvolverse mientras chushupe dormía al aire libre sin que nada fuera capaz de despertarlo. 

La selva se pobló rápidamente de animales ágiles que correteaban retozones, absteniéndose de acercarse al punto en que habían escuchado el último grito nocturno del gran peligro. Todos sabían que eso significaba la muerte aunque ese ser horrible estuviese dormido, pues las manchas de distintos matices del ocre que cubrían su cuerpo monstruoso estaban dispuestas en tal forma que paralizaba de terror a los seres que lo miraban. Por eso las avecillas, al enseñar a sus polluelos a volar, les prevenían no incursionar en los alrededores donde habitaba el monstruoso reptil. Les instruían pacientemente en el arte de cerrar los ojos y emprender a ciegas el vuelo hacia arriba en cuanto notaran su presencia, y a meter la cabeza bajó el ala antes que pudiera hacer sus efectos el grito paralizante. 

El gran peligro era invencible e inmortal para todos los habitantes de la selva. Nadie sabía a punto fijo cuándo llegó a ese lugar, ni podían imaginarse de dónde vino. Recordaban sí con precisión el tiempo en que se convirtió en huésped de picura, causando desde entonces las desgracias que afectaban a esta comunidad de animales, un tiempo feliz. En ese ambiente de inquietud y de terror llegó en su auxilio lo que menos esperaban. 

Fue el tucán quien los vio primero. Volando tras de su desmedido pico a través de los pasos que le eran conocidos entre la tupida fronda, evitando con ágiles aladas y cambios bruscos de dirección y de altura las marañas de millones de garras y brazos, vio que salían unos seres extraños del fondo de algo humeante que flotaba en el río. Aquellos seres se internaron en la maleza de la orilla andando sobre sus extremidades inferiores. El ave picuda detuvo su vuelo y se puso a observar lo que hacían. Poco a poco fue desapareciendo la maleza y una densa humareda se elevó en espirales y se diluyó en el horizonte. Tucán se apresuró a dar la noticia. 

—Son unos monos extraños que vinieron por el río, monos grandes que saben hacer humo y que mudan de piel cuando quieren. 

Chushupe, que en ese momento se despertaba con las primeras sombras que siguen al crepúsculo vespertino, escuchó lo que decía el tucán y en su cabeza propensa a frecuentes accesos de ira, empezaron a tomar forma los recuerdos:
—Tal vez sea de la familia de una especie de monos grandes que conocí —se dijo—. Sabía convertir la madera seca en humo y en flores rojas. Siguió sin darse cuenta el camino que formó al ir repetidas veces a tomar agua en la laguna, y tropezó conmigo.

Yo estaba advertido de su aproximación porque la tierra me trasmitía el ruido de sus pisadas. Fue la carne más sabrosa que probé en mi vida. 

Levantó la cabeza para orientarse. Vio a cierta distancia el ca-mino de su comadre y sabiéndose cerca de la madriguera, se dirigió directamente hacia ella, muy lentamente, embebido por los recuerdos que acudieron a su cabeza en forma de bocados muy jugosos de mono grande. 

—Ahora sé que andan cerca —iba diciéndose—. Estaré pendiente de la palabra del tucán para poder dar con ellos... 

Los animales nocturnos se alborotaron y, llenos de curiosidad, se acercaron al lugar del bosque donde la maleza había sido des-brozada, y sólo vieron unos cuerpos blancos de forma cúbica bajo un enramado cubierto de hojas de palmera, en cuyo interior parecía que se resguardaban aquellos seres, en la misma forma que los caracoles o las tortugas dentro de caparazones o conchas. Fue-ron sin embargo los animales diurnos quienes trataron de investigar la verdad al vedo s, dos grandes y un pequeño, que se movían en distintas direcciones seguidos de dos hermosos animales que ladraban. 

—No son monos —informó el tucán—. No tienen pelambre, no viven en los ramajes comiendo frutos, no tienen cola... 

El zancudo dijo: 

—Su piel es muy suave y su sangre caliente y dulce. No deben tener fuerzas. 

Terció el tigre: 

—Carecen de colmillos y de garras. Serán fáciles presas para mí. 

La serpiente agregó: 

—Carecen de veneno; deben ser inofensivos. 

El ratón silvestre intervino a su vez: 

—Son cobardes. En cuanto me vio uno de ellos empezó a gritar temblando. 

—No saben subir a los árboles —chilló la ardilla. 

—No saben nadar —agregó el pato. 

—No saben volar —dijeron a coro las aves. 

—No saben correr —exclamaron los que andaban en cuatro patas. 

—No saben arrastrarse —silbaron los reptiles. 

Desde que la selva era selva nadie había visto seres semejantes, salvo los de cuerpos desnudos que vivían muy lejos lanzando flechas para atacar, a quienes el viejo otorongo solía acechar pacientemente y atacarlos cuando desprevenidos no podían utilizar sus mortíferas flechas. Para distinguir de algún modo a los extraños visitantes, convinieron en llamarlos "animales sobre sus patas traseras". 

Cuando el huancahui, el temible pájaro agorero, observó que el otorongo acechaba al que solía internarse en la espesura, entonó "la canción de la muerte" para aquel bípedo indefenso que no tardaría en ser devorado por el más grande y feroz de los tigres. 

Pero no fue al tigre devorando al animal sobre sus patas traseras lo que vio cierto día, sino a éste despojando al felino muerto de su pintada piel. Sin embargo, no dejó de cantar su fatídica canción porque escuchó la misma noche los espantosos gritos que solía emitir chushupe cuando enojado hacía estremecer de espanto a los hijos de la Selva. 

Chushupe estaba, en efecto, ciego de ira porque su comadre, la picura, no había vuelto de su ronda nocturna. En vano la había esperado en la madriguera cuidando los picurillos que chillaban de hambre, mientras el sol alumbraba la selva llenándola de luces y de sombras flotantes. Supo al fin lo ocurrido cuando antes de que cerrara el día se despertó, y, sacando la cabeza del agujero que servía de salida a la madriguera, dio un vistazo al mundo de los animales diurnos que se disponían a recogerse. La cotorra locuaz, comedora de bellotas, pregonaba el acontecimiento: 

—El animal sobre sus patas traseras hizo una trampa con el palo que atruena, en el camino de picura. ¿No han escuchado una detonación que a media noche despertó a todos los que duermen cuando cubre la oscuridad? Pues fue la trampa que victimó a picura. Al llegar la luz el animal sobre sus patas traseras recogió su palo atronante y se llevó el cuerpo de picura. 

Chushupe se dispuso a vengar a su comadre eliminando al ser que se atrevía a desafiar sus iras. ¿Que el otorongo, el más grande y fuerte de los tigres había sido muerto por el intruso? Bien, ahora iba a ser el animal sobre sus patas traseras el que iba a morir destrozado. Volvió a su recuerdo aquel ser de piel desnuda que pretendió huir de él sin 10grarIo. Llevaba plumas sobre la cabeza, su piel era suave, su carne delicada. Sonrió triunfalmente y avanzó hacia el lugar adonde suponía encontrar a su enemigo, pero éste ya había rozado una extensión de terreno en cuyo centro se levantaba una casa. 

A chushupe le disgustaba atravesar sitios descubiertos donde todos pudieran verlo y apreciar su forma y su tamaño. Como todos los seres que se escudan en el terror, permanecía por instinto en esa sombra difusa que crea la leyenda y exagera la realidad. Por eso se ocultaba en las grietas profundas de las peñas, en la maleza tupida o en el interior hueco de los troncos carcomidos, si es que no había encontrado una buena comadre, la más delicada y gorda de los roedores de la selva, que quisiera tenerle como huésped permanente en su profunda madriguera, y transmitirle el contacto de su tibio cuerpo. Allí, en el linde del bosque y a la vista de la casa, asumió su cuerpo la espiral de ataque y lanzó su paralizante grito de desafío que fue respondido por los ladridos de esos otros habitantes de la casa. Como no conocía al perro, chushupe supuso que eran las voces de terror que lanzaba su enemigo. 

En vista de que nada pasaba, desenroscó chushupe su cuerpo y dando gritos, a cual más horrendo, circuló el cani.po abierto donde se levantaba la casa alumbrada por un algo que parecía una estrella...
Los perros ladraban y ladraban... 

Al otro día el animal sobre sus patas traseras, penetró en la selva seguido de uno de sus perros, al cual mantenía sujeto por fina cadena. 

—Por aquí debe estar —monologaba—. Por este lado escuché su último grito de la noche...
Y los buenos habitantes de la selva sabían también que efectivamente por allí estaba chushupe durmiendo, oculto en alguna parte obscura. Los que sabían cabalmente el sitio, eran los seres nocturnos, pero éstos ya estaban dormidos a esa hora. El pájaro agorero que parecía desconocer el sueño, intensificó su lúgubre canto. Todos vieron que el animal sobre sus patas traseras pasó junto al enorme tronco hueco caído desde que, cien años atrás, la vejez debilitó sus raíces y no pudo resistir los embates del huracán; viéronle mirar en el interior oscuro a través de la enorme boca que se abría como un bostezo monstruoso y, como no distinguiera nada, prosiguió su camino de inspección sin reparar en los gruñidos del perro que se movía nervioso con el lomo erizado. Los árboles muertos tienen la particularidad, cuando son gruesos, de pudrírseles el corazón dejando la periferia resistente que forma una cavidad interior donde se guarecen y moran los seres peligrosos. 

El animal sobre sus patas traseras examinaba con detenimiento cada macizo de maleza, la maraña tupida que se extendía en las copas de los árboles descendiendo hasta el suelo en algunos sitios, la conformación de la hojarasca con que estaba cubierto el suelo y podía ocultar la entrada de una madriguera. El perro daba muestras de creciente nerviosidad y con tirones trataba de desprenderse de la cadena que le mantenía sujeto. 

—¡Quieto, Sultán! —decíale su conductor procurando calmarlo—. Te destrozaría al instante si lo encuentras. No es caza mayor. Calma, Sultán, calma... 

El animal sobre sus patas traseras seguía avanzando cauteloso, y su mirada abarcaba con fijeza toda la extensión que permitía el terreno. A medida que pasaba el tiempo sin descubrir nada, se le ahondaban con la tensión las arrugas de su frente. El pájaro agorero apresuró el ritmo de su canto, y el animal sobre sus patas traseras miraba con profundo disgusto el alto ramaje en que estaba posado. 

De pronto ocurrió algo imprevisto. Uno de los eslabones de la cadena cedió dejando libre al perro, el cual emprendió veloz carrera con dirección al trecho que habían dejado atrás. 

—¡Sultán, detente! ¡no es caza mayor! ¡te destrozará! 

Mas el perro ya había desaparecido de la vista del animal sobre sus patas traseras, el cual comprendió de inmediato lo que significaba esa carrera de retroceso de su perro, y un estremecimiento involuntario recorrió su cuerpo al pensar lo cerca que podía haber estado del gran peligro, tal vez al alcance de su atacante. Abandonando toda precaución siguió veloz al perro. 

Un grito agudo atravesó en ese momento el espacio. Un grito indescriptible que parecía salir de un túnel o de una tumba. Fue un grito de agonía seguido del escarapelante grito de victoria del chushupe. El pájaro agorero pensó que, como no podía ser de otro modo, su canto fúnebre estaba dedicado al inofensivo animal sobre sus patas traseras, que había sido atrapado por chushupe. 

Guiado por los gritos de agonía cada vez más ahogados que daba el perro, el animal sobre sus patas traseras llegó al boquerón obscuro de cuyo interior partía un confuso rumor como de huesos al triturarse, y se detuvo desesperado por la imposibilidad de acudir en auxilio de su fiel compañero. Disparar al azar contra es~ interior, sumido en la obscuridad, era buscar una muerte cierta. El monstruoso reptil atacaría al instante y no habría escape para él, pues si bien los que van sobre sus cuatro patas son más veloces que los que se arrastran, éstos eran necesariamente mucho más rápidos que los bípedos, los cuales ni siquiera podían subirse con rapidez a los árboles y saltar de rama en rama. 

Súbitamente el animal sobre sus patas traseras se calmó y algo que tenía en el interior de su redonda cabeza comenzó a funcionar. Sacó el machete de la vaina que llevaba sujeta al cinturón y, ágil, cortó apresuradamente fuertes tallos cuyos extremos agudizaba a manera de estacas. Con ellos cercó sólidamente la salida del tronco. En cuanto hubo terminado su pesada labor sin que se diera cuenta chushupe, ocupado como estaba en su festín, se encontró en condiciones de disparar por entre las rendijas que dejaban las estacas entre sí. Así lo hizo. Un grito espantoso salió del interior hueco, y una gruesa forma ondulante avanzó hacia la salida y se detuvo ante el cerco de estacas que resistió a sus esfuerzos para abrirse paso. Allá, al otro lado de la salida, pudo ver a ese ser que los habitantes de la selva daban en llamar el animal sobre sus patas traseras. Allí estaba inmóvil examinándolo. Cuál equivocado estaba al lanzar su grito de victoria suponiendo que lo había atrapado. No tenía aspecto amenazador, no daba gritos, ni ladraba, ni emitía rugidos que espantaban. Parecía inofensivo, pero había improvisado ese fuerte cerco de estacas que lo mantenían prisionero e impotente para atacar ¡a él que era el ser más temible y fuerte de los bosques! 

Aquel día los habitantes de la selva escucharon los gritos más horrorosos, y se dieron cuenta de cómo esos gritos, al principio amenazantes y espantosos, se trocaron sucesivamente en los de la impotencia; la desesperación y la agonía. El animal sobre sus patas traseras lo mató haciendo funcionar varias veces el palo atronante que llevaba, pero no pudo recobrar su perro porque el reptil monstruoso ya lo había devorado. 

Los habitantes de la selva sintieron algo como el renacer de una nueva vida. Desde entonces pudieron dormir confiados, pues ya nadie profanaría sus nidos, ni rebuscaría en sus aletas protectoras, ni penetraría en sus madrigueras, ni incursionaría en sus charcas donde moraban los batracios bulliciosos. 

Pasaron los años. Alrededor de la casa del animal sobre sus patas traseras florecieron rosales. En el aire tibio, saturado de perfumes, revoloteaban libélulas ambarinas y mariposas multicolores. Pacían bestias de aguda cornamenta en el verde prado, y correteaban otros batiendo en el viento sus ágiles crines. En el
patio retozaban los cachorros, hijos del perro victimado, y los pajarillas colgaron sus nidos de los ramajes cargados de frutos, desde los cuales obsequiaban sus más dulces trinos al erguido vencedor del reptil monstruoso que horrorizaba la selva. 

Por aquel entonces cruzaron el espacio, en formaciones simétricas, las aves peregrinas que atravesaban mares y continentes en pos de los veranos. Llegaron desde otras partes muy remotas del mundo huyendo del invierno tenebroso que había cubierto las marismas y marjales que los sustentaban. Se detuvieron sobre los lechos de las lagunas y de los riachuelos abundantes en peces y en caracoles. 

Ellas sabían muchas cosas porque mucho vieron en sus viajes interminables. Al divisar a los seres que habitaban la casa rodeada de Jardines, huertos y pastos, lanzaron gritos de alegría como si pretendieran saludarlos. Los habitantes de la selva acudieron presurosos a preguntarles si conocían al animal sobre sus patas traseras que ellos amaban porque los había libertado del gran terror de la selva, no les hacía daño alguno y vivía rodeado de frutos Y flores. 

—Sí, lo conocemos —contestaron ellas—. Es uno de los seres más poderosos de la tierra; ellos construyen monstruos rugientes con los cuales se arrastran más veloces que las serpientes, vuelan más alto que las aves y las nubes, nadan más veloces y se Sumergen más hondo que los peces. Cuando uno de estos seres vive rodeado de las cosas bellas de la Creación es digno de amarse. Se llama El Hombre.

Panki y el guerrero


Se trata de un cuento de la selva, escrito por el gran Ciro Alegría. En él se relata la historia de un pueblo aguaruna y su lucha contra la feroz anaconda de nombre Panki. Será el guerrero Yacuma quien osará enfrentarse a la feroz bestia.

PDF | Spanish | Cuento  |  Ciro Alegría

panki y el guerrero

Selección De Harawis

Canción

Hermosa flor eres tú,
punzante espina soy yo.
Tú eres ventura hecha vida,
Pensar que cunde soy yo.

Tú eres virginal paloma,
diosa mosca soy yo.
Luna de nieve eres tú,
noche de pena soy yo.

Tú eres el árbol frutecido,
carcomido tronco yo.
Tú eres mi sol, mi sol eres,
noche de pesar soy yo.

Tú eres vida de mi vida,
eres amor de amor.
Alfombra a tus pies tendida
seré eternamente yo.

Blando helecho que despliega
su traje de verde nuev;
vestida de blanco, eres
la estrella de mi mañana.

Blanca nube, la más leve,
clara fuente de agua pura,
tu serás mi dulce engaño,
yo seré tu oscura sombra.


Canción de ausencia

¿La desventura, reina,
nos separa?
¿La adversidad, infanta,
nos aleja?

Si fueras flor de chincherkoma,
hermosa mía,
en mi sien y en el vaso de mi corazón
te llevaría.

Pero eres un engaño, igual
que el espejo del agua.
Igual que el espejo del agua, ante mis ojos
te desvaneces.

¿Te vas, amada, sin que nuestro amor
haya durado un día?

He aquí que nos separa
tu madre desleal
para siempre.
He aquí que la enemistad de tu padre
nos sume en la desgracia.

Mas, mi reina, tal vez nos encontremos pronto
si dios, gran amo, lo permite.
Acaso el mismo dios tenga que unirnos
después.

¡Cómo el recuerdo
de tus ojos reidores
me embelesa!.

¡Cómo el recuerdo
de tus ojos traviesos
me enferma de nostalgia.

Basta ya, mi rey, basta ya.
¿Permitirás
que mis lágrimas lleguen a colmar
tu corazón?

Derramando la lluvia de tus lágrimas
sobre las kantutas
y en cada quebrada,
te espero, hermosa mía.


Arawi

Morena mía,
morena,
tierno manjar, sonrisa

del agua,
tú corazón no sabe
de penas
y no saben de lágrimas
tus ojos.
Porque eres la mujer más bella,
porque eres reina mía,
porque eres mi princesa,
dejo que el agua del amor
me arrastre en su corriente,
dejo que la tormenta
de la pasión me empuje
allí donde he de ver la manta
que ciñe tus hombros
y la saya resuelta
que a tus muslos se abraza.

Cuando es de día, ya no puede
llegar la noche;
de noche, el sueño me abandona,
y la aurora no llega.

Tú, reina mía,
Señora mía,
¿ya no querrás
pensar en mí
cuando el león y el zorro
vengan a devorarme
en esta cárcel,
ni cuando sepas
que condenado estoy
a no salir de aquí, señora mía?


Sumak Thika...

Bella flor, largos cabellos,
pura muchacha de ojos sombreados por pestañas,
flor de nieve siempre tierna,
dientes brillantes, boca bermeja.

Fatigado de caminar tanto
llega ya tu enamorado.
¡Que tu corazón se alegre!
Quien te hizo sufrir se va.
Y ahora, como se ve
el agua clara que corre,
lo mismo han de bailar
delante de ti muchas gentes reunidas.


Tapucito L’ata

¿En dónde mi tesoro
se esconde?
A la media noche
lo lloro,
a toda hora
me falta.


Huk urpicatam uywakarkani

Yo criaba a mi paloma
y de veras la quería.
¿Por qué me abandona ahora,
si en nada pude agraviarla?

Noche y día la he buscado;
con el corazón doliente
preguntaba a cada piedra:
¿no viste a mi enamorada?

Padre Sol, tú has de alumbrarme,
que será todo luto y todo sombras
cuando, como dos estrellas,
sus ojos ya no me miren.


Palomita blanca

Palmita blanca
de las Cordilleras,
préstame tu pluma
para mi recuerdo.
La hierba que agarro
se saca de las raíces,
el agua que tomo
se saca del estanque.


El enamorado

No des tu querer a mujer de otro,
después te puede suceder lo que a su marido.
No olvides tú, que el grano sembrado
la tierra nunca pudre, aumentado devuelve.


Jardín hermoso

Jardín hermoso, bonita flor,
eso no se coge sin su dueño.
¡Cógela contigo, eso sí que sí;
cógela con otro, eso sí que no!

Papita menuda primeriza
eso no se coge sin su dueño.
¡Cógela contigo, eso sí que sí;
cógela con otro, eso sí que no!

¡Alcacer verde corralito
cercado de espinas, qué bonito!
¡Segarla contigo, eso sí que sí;
segarla con otro, eso sí que no!


Lágrimas sólo de amor

Lágrimas sólo de amor
en trémulos chorros caen,
y de su caudal yo bebo
deseando que no se acabe.


Dime ¿qué te has hecho?

Dime ¿qué te has hecho,
corazón amado?
Cual tórtola tierna
me has abandonado.


Tengo tierno corazón

Tengo tierno corazón,
por eso te amo, mujer;
mas tú causas mi aflicción
y me haces llanto verter.

Esa alegre muchachita
Esa alegre muchachita
el pecho tiene abrasado;
quien se casare con ella,
tiene que morir quemado.


Yo también en otro tiempo

Yo también en otro tiempo
bien puesto andaba y aseado;
por mantener a una hambrienta,
ahora soy gallo pelado.


Te amo aún y te he de amar

Te amo aún y te he de amar;
resto hay de amor todavía;
cuando se acabe algún día,
yo mismo te he de avisar.


En vano anduve buscando

En vano anduve buscando
buena chicha hasta la aurora;
de todas es desabrida,
sólo la tuya es sabrosa.


Glosa

Ya me deja, ya se va,

causag cristianomi ayayan.
¡Adiós, lumbre de mis ojos!
llipiacushpami tutayan.

Callepambapi saquishpa
sin escuchar mi clamor,
puyushinami chingaran
mi dulce dueño, mi amor.

Ya es cadáver, ya está yerta,
huañushcatami ricuni.
Ya no piensa, ya no siente,
alau! imata tucuni?
Ñucapish pambarishalla,
pues ya no tengo valor;
inca huañuita huañusha
con tan funesto dolor.

Día Domingo - Mario Vargas Llosa


Contuvo un instante la respiración, clavó las uñas en la palma de sus manos y dijo, muy rápido: "Estoy enamorado de ti". Vio que ella enrojecía bruscamente, como si alguien hubiera golpeado sus mejillas, que eran de una palidez resplandeciente y muy suaves. Aterrado, sintió que la confusión ascendía por él y. petrificaba su lengua. Deseó salir corriendo, acabar: en la taciturna mañana de invierno había surgido ese desaliento íntimo que lo abatía siempre en los momentos decisivos. Unos minutos antes, entre la multitud animada y sonriente que circulaba por el Parque Central de Miraflores, Miguel se repetía aún: "Ahora. Al llegar a la avenida Pardo. Me atreveré. ¡Ah, Rubén, si supieras cómo te odio!". Y antes todavía, en la Iglesia, mientras buscaba a Flora con los ojos, la divisaba al pie de una columna y, abriéndose paso con los codos sin pedir permiso a las señoras que empujaba, conseguía acercársele y saludarla en voz baja, volvía —a decirse, tercamente, como esa madrugada, tendido en su lecho, vigilando la aparición de la luz: "No hay más remedio. Tengo que hacerlo hoy día. En la mañana. Ya me las pagarás, Rubén". Y la noche anterior había llorado, por primera vez en muchos años, al saber que se preparaba esa innoble emboscada. La gente seguía en el Parque y la avenida Pardo se hallaba desierta; caminaban por la alameda, bajo los ficus de cabelleras altas y tupidas. "Tengo que apurarme, pensaba Miguel, si no, me friego." Miró de soslayo alrededor: no había nadie, podía intentarlo. Lentamente fue estirando su mano izquierda hasta tocar la de ella; el contacto le reveló que transpiraba. Imploró que ocurriera un milagro, que cesara aquella humillación. "Qué le digo, pensaba, qué le digo." Ella acababa de retirar su mano y él se sentía desamparado y ridículo' Todas las frases radiantes, preparadas febrilmente la víspera, se habían disuelto como globos de espuma.

—Flora —balbuceó—, he esperado mucho tiempo este momento. Desde que te conozco sólo pienso en ti. Estoy enamorado por primera vez, créeme, nunca había conocido una muchacha como tú.
Otra vez una compacta mancha blanca en su cerebro, el vacío. Ya no podía aumentar la presión: la piel cedía como jebe y las uñas alcanzaban el hueso. Sin. embargo, siguió hablando, dificultosamente, con grandes intervalos, venciendo el bochornoso tartamudeo, tratando de describir una pasión irreflexiva y total, hasta descubrir, con alivio, que llegaban al primer óvalo de la avenida Pardo, y entonces calló. Entre el segundo y el tercer ficus, pasado el óvalo, vivía Flora. Se detuvieron, se miraron: Flora estaba aún encendida y la turbación había colmado sus ojos de un brillo húmedo. Desolado, Miguel se dijo que nunca le había parecido tan hermosa: una cinta azul recogía sus cabellos y él podía ver el nacimiento de su cuello, y sus orejas, dos signos de interrogación pequeñitos y perfectos.
—Mira, Miguel —dijo Flora; su voz era suave, llena de música, segura—. No puedo contestarte ahora. Pero mi mamá no quiere que ande con chicos hasta que termine el colegio.
—Todas las mamás dicen lo mismo, Flora —insistió Miguel—. ¿Cómo iba a saber ella? Nos veremos cuando tú digas, aunque sea sólo los domingos.
—Ya te contestaré, primero tengo que pensarlo —dijo Flora, bajando los ojos. Y después de unos segundos añadió—: Perdona, pero ahora tengo que irme, se hace tarde.
Miguel sintió una profunda lasitud, algo que se expandía por todo su cuerpo y lo ablandaba.
—¿No estás enojada conmigo, Flora, no? —dijo humildemente.
—No seas sonso —replicó ella, con vivacidad—. No estoy enojada.
—Esperaré todo lo que quieras —dijo Miguel—. Pero nos seguiremos viendo, ¿no? ¿Iremos al cine esta tarde, no?
—Esta tarde no puedo —dijo ella, dulcemente—. Me ha invitado a su casa Martha.
Una correntada cálida, violenta, lo invadió y se sintió herido, atontado, ante esa respuesta que esperaba y que ahora le parecía una crueldad. Era cierto lo que el Melanés había murmurado, torvamente, a su oído, el sábado en la tarde. Martha los dejaría solos, era la táctica habitual. Después, Rubén relataría a los pajarracos cómo él y su hermana habían planeado las circunstancias, el sitio y la hora. Martha habría reclamado, en pago de sus servicios, el derecho de espiar detrás de la cortina. La cólera empapó sus manos de golpe.
—No seas así, Flora. Vamos a la matiné como quedamos. No te hablaré de esto. Te prometo.
—No puedo, de veras —dijo Flora—. Tengo que ir donde Martha. Vino ayer a mi casa para invitarme. Pero después iré con ella al Parque Salazar.
Ni siquiera vio en esas últimas palabras una esperanza. Un rato después contemplaba el lugar donde había desaparecido la frágil figurita celeste, bajo el arco majestuoso de los ficus de la avenida. Era posible competir con un simple adversario, no con Rubén. Recordó los nombres de las muchachas invitadas por Martha, una tarde de domingo. Ya no podía hacer nada, estaba derrotado. Una vez más surgió entonces esa imagen que lo salvaba siempre que sufría una frustración: desde un lejano fondo de nubes infladas de humo negro se aproximaba él, al frente de una compañía de cadetes de la Escuela Naval, a una tribuna levantada en el Parque, personajes vestidos de etiqueta, el sombrero de copa en la mano, y señoras de joyas relampagueantes lo aplaudían. Aglomerada en las veredas, una multitud en la que sobresalían los rostros de sus amigos y enemigos, lo observaba maravillada, murmurando su nombre. Vestido de paño azul, una amplia capa flotando a sus espaldas, Miguel desfilaba delante, mirando el horizonte. Levantada la espada, su cabeza describía media esfera en el aire: allí, en el corazón de la tribuna estaba Flora, sonriendo. En una esquina, haraposo, avergonzado, descubría a Rubén: se limitaba a echarle una brevísima Ojeada despectiva. Seguía marchando, desaparecía entre vítores.
Como el vaho de un espejo que se frota, la imagen desapareció. Estaba en la puerta de su casa, odiaba a todo el mundo, se odiaba. Entró y subió directamente a su cuarto. Se echó de bruces en la cama; en la tibia oscuridad, entre sus pupilas y sus párpados, apareció el rostro de la muchacha —"Te quiero, Flora", dijo él en voz alta— y luego Rubén, con su mandíbula insolente y su sonrisa hostil, estaban uno al lado del otro, se acercaban, los ojos de Rubén se torcían para mirarlo burlonamente mientras su boca avanzaba hacia Flora.
Saltó de la cama. El espejo del armario le mostró un rostro ojeroso, lívido. "No la verá, decidió. No me hará esto, no permitiré que me haga esa perrada." La avenida Pardo continuaba solitaria. Acelerando el paso sin cesar, caminó hasta el cruce con la avenida Grau; allí vaciló. Sintió frío; había olvidado el saco en su cuarto y la sola camisa no bastaba para protegerlo del viento que venía del mar y se enredaba en el denso ramaje de los ficus con un suave murmullo. La temida imagen de Flora y Rubén juntos le dio valor, y siguió andando. Desde la puerta del bar vecino al cine Montecarlo, los vio en la mesa de costumbre, dueños del ángulo que formaban las paredes del fondo y de la izquierda. Francisco, el Melanés, Tobías, el Escolar lo descubrían Y, después de un instante de sorpresa, se volvían hacia Rubén, los rostros maliciosos, excitados. Recuperó el aplomo de inmediato: frente a los hombres sí sabía comportarse.
—Hola —les dijo, acercándose—. ¿Qué hay de nuevo? —Siéntate —le alcanzó una silla el Escolar—. ¿Qué milagro te ha traído por aquí?
—Hace siglos que no venías —dijo Francisco.
—Me provocó verlos —dijo Miguel, cordialmente—. Ya sabía que estaban aquí. ¿De qué se asombran? ¿ O ya no soy un pajarraco?
Tomó asiento entre el Melanés y Tobías. Rubén estaba al frente.
—¡Cuncho! —gritó el Escolar—. Trae otro vaso. Que no esté muy mugriento.
Cuncho trajo el vaso y el Escolar lo llenó de cerveza. Miguel dijo "por los pajarracos" y bebió.
—Por poco te tomas el vaso también —dijo Francisco—. ¡Qué ímpetus!
—Apuesto a que fuiste a misa de una —dijo el Melanés, un párpado plegado por la satisfacción, como siempre que iniciaba algún enredo—. ¿ O no?
—Fui —dijo Miguel, imperturbable—. Pero sólo para ver a una hembrita. nada más.
Miró a Rubén con ojos desafiantes, pero él no se dio por aludido; jugueteaba con los dedos sobre la mesa y, bajito, la punta de la lengua entre los dientes, silbaba La niña Popof, de Pérez Prado.
—¡Buena! —aplaudió el Melanés—. Buena, donjuán. Cuéntanos, ¿a qué hembrita?
—Eso es un secreto.
—Entre los pajarracos no hay secretos —recordó Tobías—. ¿Ya te has olvidado? Anda, ¿quién era?
—Qué te importa —dijo Miguel.
—Muchísimo —dijo Tobías—. Tengo que saber con quién andas para saber quién eres.
—Toma mientras —dijo el Melanés a Miguel—. Una a cero.
—¿A que adivino quién es?—dijo Francisco—.¿Ustedes no?
—Yo ya sé —dijo.Tobías.
—Y yo —dijo el Melanés. Se volvió a Rubén con ojos y voz muy inocentes—. Y tú, cuñado, ¿adivinas quién es?
—No —dijo Rubén, con frialdad,. Y tampoco me importa.
—Tengo llamitas en el estómago —dijo el Escolar—. ¿ Nadie va a pedir una cerveza?
El Melanés se pasó un patético dedo por la garganta: —I haven't money, darling —dijo.
—Pago una botella —anunció Tobías, con ademán solemne—. A ver quién me sigue, hay que apagarle las llamitas a este baboso.
—Cuncho, bájate media docena de Cristales —dijo Miguel.
Hubo gritos de júbilo, exclamaciones.
—Eres un verdadero pajarraco —afirmó Francisco. —Sucio, pulguiento —agregó el Melanés—, sí, señor, un pajarraco de la pitri—mitri.
Cuncho trajo las cervezas. Bebieron. Escucharon al Melanés referir historias sexuales, crudas, extravagantes y afiebradas y se entabló entre Tobías y Francisco una recia polémica sobre fútbol. El Escolar contó una anécdota. Venía de Lima a Miraflores en un colectivo; los demás pasajeros bajaron en la avenida Arequipa. A la altura de Javier Prado subió el cachalote Tomasso, ese albino de dos metros que sigue en Primaria, vive por la Quebrada ¿ya captan?; simulando gran interés por el automóvil comenzó a hacer preguntas al chofer, inclinado hacia el asiento de adelante, mientras rasgaba con una navaja, suavemente, el tapiz del espaldar.
—Lo hacía porque yo estaba ahí —afirmó el Escolar—. Quería lucirse.
—Es un retrasado mental —dijo Francisco—. Esas cosas se hacen a los diez años. A su edad, no tiene gracia.
—Tiene gracia lo que pasó después —rió el Escolar—. Oiga chofer, ¿no ve que este cachalote está destrozando su carro?
—¿Qué? —dijo el chofer, frenando en seco. Las orejas encarnadas, los ojos espantados, el cachalote Tomasso forcejeaba con la puerta.
—Con su navaja —dijo el Escolar—. Fíjese cómo le ha dejado el asiento.
El cachalote logró salir por fin. Echó a correr por la avenida Arequipa; el chofer iba tras él, gritando: "agarren a ese desgraciado".
—¿ Lo agarró? —preguntó el Melanés.
—No sé. Yo desaparecí. Y me robé la llave del motor, de recuerdo. Aquí la tengo.
Sacó de su bolsillo una pequeña llave plateada y la arrojó sobre la mesa. Las botellas estaban vacías. Rubén miró su reloj y se puso de pie.
—Me voy —dijo—. Ya nos vemos.
—No te vayas —dijo Miguel—. Estoy rico hoy día. Los invito a almorzar a todos.
Un remolino de palmadas cayó sobre él, los pajarracos le agradecieron con estruendo, lo alabaron.
—No puedo —dijo Rubén—. Tengo que hacer.
—Anda vete no más, buen mozo —dijo Tobías—. Y salúdame a Marthita.
—Pensaremos mucho en ti, cuñado —dijo el Melanés. —No —exclamó Miguel—. Invito a todos o a ninguno. Si se va Rubén, nada.
—Ya has oído, pajarraco Rubén —dijo Francisco—, tienes que quedarte.
—Tienes que quedarte —dijo el Melanés—, no hay tutías.
—Me voy —dijo Rubén.
—Lo que pasa es que estás borracho —dijo Miguel—. Te vas porque tienes miedo de quedar en ridículo delante de nosotros, eso es lo que pasa.
—¿Cuántas veces te he llevado a tu casa boqueando? —dijo Rubén—. ¿Cuántas te he ayudado a subir la reja para que no te pesque tu papá? Resisto diez veces más que tú.
—Resistías —dijo Miguel—. Ahora está difícil. ¿ Quieres ver?
—Con mucho gusto —dijo Rubén—. ¿ Nos vemos a la noche, aquí mismo?
—No. En este momento. —Miguel se volvió hacia los demás, abriendo los brazos—: Pajarracos, estoy haciendo un desafío.
Dichoso, comprobó que la antigua fórmula conservaba intacto su poder. En medio de la ruidosa alegría que había provocado, vio a Rubén sentarse, pálido.
—¡Cuncho! —gritó Tobías—. El menú. Y dos piscinas de cerveza. Un pajarraco acaba de lanzar un desafío.
Pidieron bistecs a la chorrillana y una docena de cervezas. Tobías dispuso tres botellas para cada uno de los competidores y las demás para el resto. Comieron hablando apenas. Miguel bebía después de cada bocado y procuraba mostrar animación, pero el temor de no resistir lo suficiente crecía a medida que la cerveza depositaba en su. garganta un sabor ácido. Cuando acabaron las seis botellas, hacia rato que Cuncho había retirado los platos.
—Ordena tú —dijo Miguel a Rubén. —Otras tres por cabeza.
Después del primer vaso de la nueva tanda, Miguel sintió que los oídos le zumbaban; su cabeza era una lentísima ruleta, todo se movía.
—Me hago pis —dijo—. Voy al baño.
Los pajarracos rieron.
—¿Te rindes? —preguntó Rubén.
—Voy a hacer pis —gritó Miguel—. Si quieres, que traigan más.
En el baño, vomitó. Luego se lavó la cara, detenidamente, procurando borrar toda señal reveladora. Su reloj marcaba las cuatro y media. Pese al denso malestar, se sintió feliz. Rubén ya no podía hacer nada. Regresó donde ellos.
—Salud —dijo Rubén, levantando el vaso.
"Está furioso, pensó Miguel. Pero ya lo fregué." —Huele a cadáver —dijo el Melanés—'. Alguien se no muere por aquí.
—Estoy nuevecito —aseguró Miguel, tratando de dominar el asco y el mareo.
—Salud —repetía Rubén.
Cuando hubieron terminado la última cerveza, su estómago parecía de plomo, las voces de los otros llegaban a sus oídos como una confusa mezcla de ruidos. Una mano apareció de pronto bajo sus ojos, era blanca y de largos dedos, lo cogía del mentón, lo obligaba a alzar la cabeza; la cara de Rubén había crecido. Estaba chistoso, tan despeinado y colérico.
—¿Te rindes, mocoso?
Miguel se incorporó de golpe y empujó a Rubén pero antes que el simulacro prosperara, intervino el Escolar.
—Los pajarracos no pelean nunca —dijo, obligándolos a sentarse—. Los dos están borrachos. Se acabó. Votación.
El Melanés, Francisco y Tobías accedieron a otorgar el empate, de mala gana.
—Yo ya había ganado —dijo,Rubén—. Este no puede ni hablar. Mírenlo.
Efectivamente, los ojos de Miguel estaban vidriosos, tenía la boca abierta y de su lengua chorreaba un hilo de saliva.
—Cállate —dijo el Escolar—. Tú no eres un campeón que digamos, tomando cerveza.
—No eres un campeón tomando cerveza —subrayó el Melanés—. Sólo eres un campeón de natación, el trome de las piscinas.
—Mejor tú no hables —dijo Rubén—; ¿no ves que la envidia te corroe?
—Viva la Esther Williams de Miraflores —dijo el Melanés.
—Tremendo vejete y ni siquiera sabes nadar —dijo Rubén—. ¿No quieres que te dé una clases?
—Ya sabemos, maravilla —dijo el Escolar—. Has ganado un campeonato de natación. Y todas las chicas se mueren por ti. Eres un campeoncito.
—Este no es campeón de nada —dijo Miguel, con dificultad—. Es pura pose.
—Te estás muriendo —dijo Rubén—. ¿Te llevo a tu casa, niñita?
—No estoy borracho —aseguró Miguel—. Y tú eres pura pose.
—Estás picado porque le voy a caer a Flora —dijo Rubén—. Te mueres de celos. ¿ Crees que no capto las cosas?
—Pura pose —dijo Miguel—. Ganaste porque tu padre es Presidente de la Federación, todo el mundo sabe que hizo trampa, descalificó al Conejo Villarán, sólo por eso ganaste.
—Por lo menos nado mejor que tú —dijo Rubén—, que ni siquiera sabes correr olas.
—Tú no nadas mejor que nadie —dijo Miguel—. Cualquiera te deja botado.
—Cualquiera —dijo el Melanés—. Hasta Miguel, que es una madre.
—Permítanme que me sonría —dijo Rubén.
—Te permitimos —dijo Tobías—. No faltaba más.
—Se me sobran porque estamos en invierno —dijo Rubén—. Si no,los desafiaba a ir a la playa, a ver si en el agua son tan sobrados.
—Ganaste el campeonato por tu padre —dijo Miguel—. Eres pura pose. Cuando quieras nadar conmigo, me avisas no más, con toda confianza. En la playa, en el Terrazas, donde quieras.
—En la playa —dijo Rubén—. Ahora mismo.
—Eres pura pose —dijo Miguel.
El rostro de Rubén se iluminó de pronto y sus ojos, además de rencorosos, se volvieron arrogantes.
—Te apuesto a ver quién llega primero a la reventazón —dijo.
—Pura pose —dijo Miguel.
—Si ganas —dijo Rubén—, te prometo que no le caigo a Flora. Y si yo gano tú te vas con la música a otra parte.
—¿Qué te has creído? —balbuceó Miguel—. Maldita sea, ¿qué es lo que te has creído?
—Pajarracos —dijo Rubén, abriendo los brazos—, estoy haciendo un desafío.
—Miguel no está en forma ahora —dijo el Escolar—. ¿Por qué no se juegan a Flora a cara o sello?
—Y tú por qué te metes —dijo Miguel—. Acepto. Vamos a la playa
—Están locos —dijo Francisco—. No no bajo a la playa con este frío. Hagan otra apuesta.
—Ha aceptado —dijo Rubén—. Vamos.
—Cuando un pajarraco hace un desafío, todos se meten la lengua al bolsillo —dijo Melanés—. Vamos a la playa. Y si no se atreven a entrar al agua, los tiramos nosotros.
—Los dos están borrachos —insistió el Escolar—. El desafío no vale.
—Cállate, Escolar —rugió Miguel—. Ya estoy grande, no necesito que me cuides.
—Bueno —dijo el Escolar, encogiendo los hombros—. Friégate, no más.
Salieron.. Afuera los esperaba una atmósfera quieta, gris, Miguel respiró —hondo; se sintió mejor. Caminaban adelante Francisco, el Melanés y Rubén. Atrás, Miguel y el Escolar. En la avenida Grau había algunos transeúntes; la mayoría, sirvientas de trajes chillones en su día de salida. Hombres cenicientos, de gruesos cabellos lacios, merodeaban a su alrededor— y las miraban con codicia; ellas reían mostrando sus dientes de oro. Los pajarracos no les prestaban atención. Avanzaban a grandes trancos —y la excitación los iba ganando, poco a poco.
—¿Ya se te pasó? —dijo el Escolar.
—Sí —respondió Miguel—. El aire me ha hecho bien.
En la esquina de la avenida Pardo, doblaron. Marchaban desplegados como una escuadra, en una misma línea, bajo los ficus de la alameda, sobre las losetas hinchadas a trechos por las enormes raíces de los árboles irrumpían a veces en la superficie como garfios. Al bajar por la Diagonal, cruzaron a dos muchachas. Rubén se inclinó, ceremonioso.
—Hola, Rubén —cantaron ellas, a dúo. Tobías las imitó, aflautando la voz: —Hola, Rubén, príncipe.
La avenida Diagonal desemboca en una pequeña quebrada que se bifurca; por un lado, serpentea el Malecón , asfaltado y lustroso; por el otro, hay una pendiente que contornea el cerro,y llega hasta el mar. Se llama "la bajada a los baños", su empedrado es parejo y brilla por el repaso de las llantas de los automóviles y los pies de los bañistas de muchísimos veranos.
—Entremos en calor, campeones —gritó el Melanés, echándose a correr. Los demás lo imitaron.
Corrían contra el viento y la delgada bruma que subían desde la playa, sumidos en un emocionante torbellino; por sus oídos, su boca y sus narices penetraba el aire a sus pulmones y repentina sensación de alivio y desintoxicación se expandía por su cuerpo a medida que el declive se acentuaba y en un momento sus pies no obedecían ya sino a una fuerza misteriosa que provenía de lo más profundo de la tierra. Los brazos como hélices, en sus lenguas un aliento salado, los pajarracos descendieron la bajada a toda carrera, hasta la plataforma circular, suspendida sobre el edificio de las casetas. E! mar se desvanecía a unos cincuenta metros de la orilla, en una espesa nube que parecía próxima a arremeter contra los acantilados, altas moles oscuras plantadas a lo largo de toda la bahía.
—Regresemos —dijo Francisco—. Tengo frío.
Al borde de la plataforma hay un cerco manchado a pedazos por el musgo. Una abertura señala el comienzo de la escalerilla, casi vertical, que baja hasta la playa. Los pajarracos contemplaban desde allí, a sus pies, una breve cinta de agua libre, y la superficie inusitada, bullente, cubierta por la espuma de las olas.
—Me voy si éste se rinde —dijo Rubén.
—¿Quién habla de rendirse? —repuso Miguel—. ¿Pero qué te has creído?
Rubén bajó la escalerilla a saltos, a la vez que se desabotonaba la camisa.
—¡Rubén! —gritó el Escolar—. ¿Estás loco? ¡Regresa!
Pero Miguel y los otros también bajaban y el Escolar los siguió.
En el verano, desde la baranda del largo y angosto edificio recostado contra el cerro, donde se hallan los cuartos de los bañistas, hasta el límite curvo del mar, había un declive de piedras plomizas donde la gente se asoleaba. La pequeña playa hervía de animación desde la mañana hasta el crepúsculo. Ahora el agua ocupaba el declive y no había sombrillas de colores vivísimos, ni muchachas elásticas de cuerpos tostados, no resonaban los gritos melodramáticos de los niños y de las mujeres cuando una ola conseguía salpicarlos antes de regresar arrastrando rumorosas piedras y guijarros, no se veía ni un hilo de playa, pues la corriente inundaba hasta el espacio limitado por las sombrías columnas que mantienen el edificio en vilo, y, en el momento de la resaca, apenas se descubrían los escalones de madera y los soportes de cemento, decorados por estalactitas y algas.
—La reventazón no se ve —dijo Rubén—. ¿Cómo hacemos?
Estaban en la galería de la izquierda, en el sector correspondiente a las mujeres; tenían los rostros serios.
—Esperen hasta mañana —dijo el Escolar—. Al mediodía estará despejado. Así podremos controlarlos.
—Ya que hemos venido hasta aquí que sea ahora —dijo el Melanés—. Pueden controlarse ellos mismos.
—Me parece bien —dijo Rubén—. ¿Y a ti?
—También —dijo Miguel.
Cuando estuvieron desnudos, Tobías bromeó acerca de las venas azules que escalaban el vientre liso de Miguel. Descendieron. La madera de los escalones, lamida incesantemente por el agua desde hacía meses, estaba resbaladiza y muy suave. Prendido al pasamanos de hierro para no caer, Miguel sintió un estremecimiento que subía desde la planta de sus pies al cerebro. Pensó que, en cierta forma, la neblina y el frío lo favorecían, el éxito ya no dependía de la destreza, sino sobre todo de la resistencia, y la piel de Rubén estaba también cárdena, replegada en millones de carpas pequeñísimas. Un escalón más abajo, el cuerpo armonioso de Rubén se inclinó; tenso, aguardaba el final de la resaca y la llegada de la próxima ola, que venía sin bulla, airosamente, despidiendo por delante una bandada de trocitos de espuma. Cuando la cresta de la ola estuvo a dos metros de la escalera, Rubén se arrojó: los brazos como lanzas, los cabellos alborotados por la fuerza del impulso, su cuerpo cortó el aire rectamente y cayó sin doblarse, sin bajar la cabeza ni plegar las piernas, rebotó en la espuma, se hundió apenas y, de inmediato, aprovechando la marea, se deslizó hacia adentro; sus brazos aparecían y se hundían entre un burbujeo frenético y sus pies iban trazando una estela cuidadosa y muy veloz. A su vez, Miguel bajó otro escalón y esperó la próxima ola. Sabía que el fondo allí era escaso, que debía arrojarse como una tabla, duro y rígido, sin mover un músculo, o chocaría contra las piedras. Cerró los ojos y saltó, y no encontró el fondo, pero su cuerpo fue azotado desde la frente hasta las rodillas, y surgió un vivísimo escozor mientras braceaba con todas sus fuerzas para devolver a sus miembros el calor que el agua les había arrebatada de golpe. Estaba en esa extraña sección del mar de Miraflores vecina.a la orilla, donde se encuentran la resaca —y las olas, y hay remolinos y corrientes encontradas, y el último verano distaba tanto que Miguel había olvidado cómo franquearla sin esfuerzo. No recordaba que es preciso aflojar el cuerpo y abandonarse, dejarse llevar sumisamente a la deriva, bracear sólo cuando se salva una ola y se está sobre la cresta, en esa plancha líquida que escolta a la espuma y flota encima de las corrientes. No recordaba que conviene soportar con paciencia y cierta malicia ese primer contacto con el mar exasperado de la orilla que tironea los miembros y avienta chorros a la boca y los ojos, no ofrecer resistencia, ser un corcho, limitarse a tomar aire cada vez que una ola se avecina, sumergirse —apenas si reventó lejos y viene sin ímpetu, o hasta el mismo fondo si el estallido es cercano—, aferrarse a alguna piedra y esperar atento el estruendo sordo de su paso, para emerger de un solo impulso y continuar avanzando disimuladamente con las manos, hasta encontrar un nuevo obstáculo y entonces ablandarse, no combatir contra los remolinos, girar voluntariamente en la espiral lentísima y escapar de pronto, en el momento oportuno, de un solo manotazo. Luego, surge de improviso una superficie calma, conmovida por tumbos inofensivos; el agua es clara, llana, y en algunos puntos se divisan las opacas piedras submarinas.
Después de atravesar la zona encrespada, Miguel se detuvo, exhausto, y tomó aire. Vio a Rubén a poca distancia, mirándolo. El pelo le caía sobre la frente en cerquillo; tenía los dientes apretados.
—¿Vamos?
—Vamos.
A los pocos minutos de estar nadando, Miguel sintió que el frío, momentáneamente desaparecido, lo invadía de nuevo, y apuró el pataleo porque era en las piernas, en las pantorrillas sobre todo, donde el agua actuaba con mayor eficacia, insensibilizándolas primero, luego endureciéndolas. Nadaba con la cara sumergida y, cada vez que el brazo derecho se hallaba afuera, volvía la cabeza para arrojar el aire retenido y tomar otra provisión con la que hundía una vez más la frente y la barbilla apenas, para no frenar su propio avance y, al contrario, hendir el agua como una proa y facilitar el desliz. A cada brazada veía con un ojo a Rubén, nadando sobre la superficie, suavemente, sin esfuerzo, sin levantar espuma ahora, con la delicadeza y la facilidad de una gaviota que planea. Miguel trataba de olvidar a Rubén y al mar y a la reventazón (que debía estar lejos aún, pues el agua era limpia, sosegada, y sólo atravesaban tumbos recién iniciados), quería recordar únicamente el rostro de Flora, el vello de sus brazos que en los días de sol centelleaba como un diminuto bosque de hilos de oro, pero no podía evitar que, a la imagen de la muchacha, sucediera otra, brumosa, excluyente, atronadora, que caía sobre Flora y la ocultaba, la imagen de una montaña de agua embravecida, no precisamente la reventazón (a la que había llegado una vez hacía dos veranos, cuyo oleaje era intenso, de espuma verdosa y negruzca, porque en ese lugar, más o menos, terminaban las piedras y empezaba el fango que las olas extraían a la superficie y entreveraban con los nidos de algas y malaguas, tiñendo el mar), sino, más bien, en un verdadero océano removido por cataclismos interiores, en el que se elevaban olas descomunales, que hubieran podido abrazar a un barco entero y lo hubieran revuelto con asombrosa rapidez, despidiendo por los aires a pasajeros, lanchas, mástiles, velas, boyas, marineros, ojos de buey y banderas.
Dejó de nadar, su cuerpo se hundió hasta quedar vertical, alzó la cabeza y vio a Rubén que se alejaba. Pensó llamarlo con cualquier pretexto, decirle "por qué no descansamos un momento", pero no lo hizo. Todo el frío de su cuerpo parecía concentrarse en las pantorrillas, sentía los músculos agarrotados, la piel tirante, el corazón acelerado. Movió 1os pies febrilmente. Estaba en el centro de un círculo de agua oscura, amurallado por la neblina. Trató de distinguir la playa, o cuando menos la sombra de los acantilados, pero esa gasa equívoca que se iba disolviendo a su paso, no era transparente. Sólo veía una superficie breve, verde negruzca., y un manto de nubes, a ras de agua. Entonces, sintió miedo. Lo asaltó el recuerde de la cerveza que había bebido, y pensó "fijo que eso me ha debilitado". Al instante pareció que sus brazos y piernas desaparecían. Decidió regresar, pero después de unas brazadas en dirección a la playa, dio media vuelta y nadó lo más ligero que pudo. "No llego a la orilla solo, se decía, mejor estar cerca de Rubén, si me agoto le diré me ganaste pero regresemos."Ahora nadaba sin estilo, la cabeza en alto, golpeando el agua con los brazos tiesos, la vista clavada en el cuerpo imperturbable que lo precedía.
La agitación y el esfuerzo desentumecieron sus piernas, su cuerpo recobró algo de calor, la distancia que lo separaba de Rubén había disminuido y eso lo serenó. Poco después lo alcanzaba; estiró un brazo, cogió uno de sus pies. Instantáneamente el otro se detuvo. Rubén tenía muy enrojecidas las pupilas y la boca abierta.
—Creo que nos hemos torcido —dijo Miguel—. Me parece que estamos nadando de costado a la playa.
Sus dientes castañeteaban, pero su voz era segura. Rubén miró a todos lados. Miguel lo observaba, tenso.
—Ya no se ve la playa —dijo Rubén.
—Hace mucho rato que no se ve —dijo Miguel—. Hay mucha neblina.
—No nos hemos torcido —dijo Rubén—. Mira. Ya se ve la espuma.
En efecto, hasta ellos llegaban unos tumbos condecorados por una orla de espuma que se deshacía Y, repentinamente, rehacía. Se miraron, en silencio.
—Ya estamos cerca de la reventazón, entonces —dijo, al fin, Miguel.
—Sí. Hemos nadado rápido.
—Nunca había visto tanta neblina.
—¿Estás muy cansado? —preguntó Rubén. —¿Yo? Estás loco. Sigamos.
Inmediatamente lamentó esa frase, pero ya era tarde. Rubén había dicho "bueno, sigamos".
Llegó a contar veinte brazadas antes de decirse que no podía más: casi no avanzaba, tenía la pierna derecha seminmovilizada por el frío, sentía los brazos torpes y pesados. Acezando, gritó "¡Rubén!". Éste seguía nadando. " ¡Rubén, Rubén! ". Giró y comenzó a nadar hacia la playa, a chapotear más bien, con desesperación, y de pronto rogaba a Dios que lo salvara, sería bueno en el futuro, obedecería a sus padres, no faltaría a la misa del domingo y, entonces, recordó haber confesado a los pajarracos "voy a la iglesia sólo a ver a una hembrita" y tuvo una certidumbre como una puñalada: Dios iba a castigarlo, ahogándolo en esas aguas turbias que golpeaba frenético, aguas bajo las cuales lo aguardaba una muerte atroz y, después, quizás, el infierno. En su angustia surgió entonces como un eco, cierta frase pronunciada alguna vez por el padre Alberto en la clase de religión, sobre la bondad divina.que no conoce límites, y mientras azotaba el mar con los brazos —sus piernas colgaban como plomadas transversales—, moviendo los labios rogó a Dios que fuera bueno con él, que era tan joven, y juró que iría al seminario si se salvaba, pero un segundo después rectificó, asustado, y prometió que en vez de hacerse sacerdote haría sacrificios y otras cosas, daría limosnas y ahí descubrió que la vacilación y el regateo en ese instante crítico podían ser fatales y entonces sintió los gritos enloquecidos de Rubén, muy próximos, y volvió la cabeza y lo vio, a unos diez metros, media cara hundida en el agua, agitando un brazo, implorando:"¡Miguel, hermanito, ven, me ahogo, no te vayas!".
Quedó perplejo, inmóvil, y fue de pronto como si la desesperación de Rubén fulminara la suya; sintió que recobraba el coraje, la rigidez de sus piernas se atenuaba.
—Tengo calambre en el estómago —chillaba Rubén—. No puedo más, Miguel. Sálvame, por lo que más quieras, no me dejes, hermanito.
Flotaba hacia Rubén, y ya iba a acercársele cuando recordó, los náufragos sólo atinan a prenderse como tenazas de sus salvadores y los hunden con ellos, y se alejó, pero los gritos lo aterraban y presintió que si Rubén se ahogaba él tampoco llegaría a la playa, y regresó. A dos metros de Rubén, algo blanco y encogido que se hundía y emergía, gritó: "no te muevas, Rubén, te voy a jalar pero no trates de agarrarme, si me agarras nos hundimos. Rubén, te vas a quedar quieto, hermanito, yo te voy a jalar de la cabeza, no me toques". Se detuvo a una distancia prudente, alargó una mano hasta alcanzar los cabellos de Rubén. Principió a nadar con el brazo libre, esforzándose todo lo posible por ayudarse con las piernas. El desliz era lento, muy penoso, acaparaba todos sus sentidos, apenas escuchaba a Rubén quejarse monótonamente, lanzar de pronto terribles alaridos, "me voy a morir, sálvame, Miguel", o estremecerse por las arcadas. Estaba exhausto cuando se detuvo. Sostenía a Rubén con una mano, con la otra trazaba círculos en la superficie. Respiró hondo por la boca. Rubén tenía la cara contraída por el dolor, los labios plegados en una mueca insólita.
—Hermanito —susurró Miguel—, ya falta poco, haz un esfuerzo. Contesta, Rubén. Grita. No te quedes así.
Lo abofeteó con fuerza y Rubén abrió los ojos; movió la cabeza débilmente.
—Grita, hermanito —repitió Miguel—. Trata de estirarte. Voy a sobarte el estómago. Ya falta poco, no te dejes vencer.
Su mano buscó bajo el agua, encontró una bola dura que nacía en el ombligo de Rubén y ocupaba gran parte del vientre. La repasó, muchas veces, primero despacio, luego fuertemente, y Rubén gritó: "¡no quiero morirme,, Miguel, sálvame!".
Comenzó a nadar de nuevo, arrastrando a Rubén esta vez de la barbilla. Cada vez que un tumbo los sorprendía, Rubén se atragantaba, Miguel le indicaba a gritos que escupiera. Y siguió nadando, sin detenerse un momento, cerrando los ojos a veces, animado porque en su corazón había brotado una especie de confianza, algo caliente y orgulloso, estimulante, que lo protegía contra el frío y la fatiga. Una piedra raspó uno de sus pies y él dio tan grito y apuró. Un momento después podía pararse. Ni pasaba los brazos en torno a Rubén. Teniéndolo apretado contra él, sintiendo su cabeza apoyada en uno de sus hombros, descansó largo rato. Luego ayudó a Rubén a extenderse de espaldas, y soportándolo en el antebrazo, lo obligó a estirar las rodillas; le hizo masajes en el vientre hasta que la dureza fue cediendo. Rubén ya no gritaba, hacía grandes esfuerzos por estirarse del todo y con sus manos se frotaba también.
—¿ Estás mejor?
—sí, hermanito, ya estoy bien. Salgamos.
Una alegría inexpresable los colmaba mientras avanzaban sobre las piedras, inclinados hacia adelante para enfrentar la resaca, insensibles a los erizos. Al poco rato vieron las aristas de los acantilados, el edificio de los baños y, finalmente, ya cerca de la orilla, a los pajarracos, de pie en la galería de las mujeres, mirándolos.
—Oye —dijo Rubén.
—sí.
—No les digas nada. Por favor, no les digas que he gritado. Hemos sido siempre muy amigos, Miguel. No me hagas eso.
—¿Crees que soy un desgraciado? —dijo Miguel—. No diré nada, no te preocupes.
Salieron tiritando. Se sentaron en la escalerilla, entre el alboroto de los pajarracos.
—Ya nos íbamos a dar el pésame a las familias —decía Tobías.
—Hace más de una hora que están adentro —dijo el Escolar—. Cuenten, ¿cómo ha sido la cosa?
Hablando con calma, mientras se secaba el cuerpo con la camiseta, Rubén explicó:
—Nada. Llegamos. a la reventazón y volvimos. Así somos los pajarracos. Miguel me ganó. Apenas por una puesta de mano. Claro que si hubiera sido en una piscina, habría quedado en ridículo.
Sobre la espalda de Miguel, que se había vestido sin secarse, llovieron las palmadas de felicitación.
—Te estás haciendo un hombre —le decía el Melanés.
Miguel no respondió. Sonriendo, pensaba que esa misma noche iría al Parque Salazar; todo Miraflores sabría ya, por boca del Melanés, que había vencido esa prueba heroica y Flora lo estaría esperando con los ojos brillantes. Se abría, frente a el , un porvenir dorado.

DIRECTORIO

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