El vuelo de los cóndores de Abraham Valdelomar

ANÁLISIS DE EL VUELO DE LOS CÓNDORES

1. AUTOR: Abraham Valdelomar.

-Nació en Ica, en el año de 1888.
-Hizo sus estudios primarios en su tierra natal.
-Estudió la secundaria en el Colegio Nacional Nuestra Señora de
Guadalupe (Lima).
-Fundó la revista literaria "Colónida".
-Hizo periodismo y escribió novelas, cuentos, ensayos, teatros, entre otros.
-Fue un viajero empedernido, logrando visitar muchos lugares del Perú.
-Tuvo una vida agitada en la vida política en el Perú.
-Abraham Valdelomar, falleció en la ciudad de Ayacucho, en 1919.

OBRAS:

-El Caballero Carmelo
-Los ojos de Judas
-Cuentos Yanquis
-El Hipocampo de oro
-La ciudad de los tísicos
-Yerba Santa
-La psicología del gallinazo
-La Mariscala

2. LOCALIZACIÓN: El vuelo de los cóndores está incluido en el libro de cuentos: El Caballero Carmelo.

3. GÉNERO LITERARIO: Narrativo.

4. ESPECIE LITERARIA: Cuento.

5. FORMA DE EXPRESIÓN: El vuelo de los cóndores está escrito en prosa.

6. ESCUELA O MOVIMIENTO LITERARIO QUE PERTENECE EL AUTOR: Abraham Valdelomar pertenece a la escuela literaria: Colónida.

7. ESTRUCTURA DE LA OBRA: El cuento está dividido en siete capítulos cortos.

8. PERSONAJES DE LA OBRA:

. Personajes principales: El niño Abraham y miss Orquídea (la niña trapecista) .

. Personajes secundarios: Padres de Abraham, hermana y su hermano Anfiloquio, el barrista Kendall, el domador mister Glandys, la hermosa amazona miss Blutner y el payaso "Confitito".

9. AMBIENTE Y ESPACIO: El cuento El vuelo de los cóndores se desarrollan en dos ámbitos: la casa de la familia de Abraham y el circo.

10. EL TIEMPO: El escritor Abraham Valdelomar escribió el cuento en tiempo "pasado", ya que rememora su lejana infancia.

11. EL TEMA: El tema central de El vuelo de los cóndores es: El gran entusiasmo que sienten el niño Abraham y los pobladores de Pisco por la función del circo.

12. LAS ACCIONES: Las acciones más importantes del cuento son: .

-La tardanza del niño Abraham a casa después de la salida del colegio por ver a los artistas del circo que habían llegado recién al pueblo:
-La entrega de las entradas para el circo que dio el padre a sus hijos al término del almuerzo.
-La entrada al circo que hizo la familia de Abraham para ver la función artística.
-La presentación artística de miss Orquídea y la caída de ésta ?e1 trapecio.
-La amistad que se dio entre el niño Abraham y miss Orquídea.
-La despedida de miss Orquídea del niño Abraham.

13. ARGUMENTO:

|Haravicus| El vuelo de los cóndores del cuentista Abraham Valdelomar tiene el siguiente argumento:

El circo que viene de lejos, llega a la ciudad de Pisco, creando un gran alboroto en la ciudad. El niño Abraham, cuando sale de la escuela se queda en el muelle para ver a los artistas del circo. Se queda hasta tarde mirando a los personajes del circo: el musculoso barrista Kendall, el domador mister Glandys, la hermosísima miss Blutner y al payaso "Confitito". El día de la función cirquense, el niño Abraham va con su padre y hermanos al circo. Los primeros números artísticos del circo fueron espectaculares y aplaudieron los asistentes a rabiar; pero al llegar el número central El vuelo de los cóndores, cuya estrella es nada menos que miss Orquídea, quien cae del trapecio salvándose de una muerte segura si no fuera por la red. Miss Orquídea queda inválida ya no podrá a repetir jamás ese número artístico tan peligroso. El niño Abraham, días después descubre a la trapecista sobre una terraza. El y ella se miran, se sonríen y así día a día va naciendo un sentimiento entre ellos. Llega el día inesperado y cruel, pues el circo debe partir del pueblo y con él la bella miss Orquídea. Se produce la despedida definitiva entre el niño Abraham y miss Orquídea.


EL VUELO DE LOS CÓNDORES
(Abraham Valdelomar)

I

|Haravicus| Aquel día demoré en la calle y no sabía qué decir al volver a casa. A las cuatro salí de la escuela, deteniéndome en el muelle, donde un grupo de curiosos rodeaba a unas cuantas personas. Metido entre ellos supe que había desembarcado un circo.

-Ese es el barrista -decían unos, señalando a un hombre de mediana estatura, cara angulosa y grave, que discutía con los empleados de la aduana.

-Aquel es el domador:

Y señalaban a un sujeto hosco, de cónica patilla, con gorrita, polai¬nas, fuete y cierto desenfado en el anclar. Le acompañaba una bella mujer con flotante velo lila en el sombrero; llevaba un perrillo atado a una cadena y una maleta.

-Este es el payaso, dijo alguien.

El buen hombre volvió la cara vivamente: -¡Qué serio!

-Así son en la calle.

Era este un joven alto, de movibles ojos, respingada nariz y ágiles manos. Pasaron luego algunos artistas más; y cogida de la mano de un hombre viejo y muy grave, una niña blanca, muy blanca, sonriente, de rubios cabellos lindos y morenos ojos. Pasaron todos. Seguí entre la multitud aquel desfile y los acompañé hasta que tomaron el cochecito, partiendo entre la curiosidad bullanguera de las gentes.

Yo estaba dichoso por haberlos visto. Al día siguiente contaría en la escuela quiénes eran, cómo 'eran, y qué decían. Pero encaminándome a casa, me di cuenta de que ya estaba obscureciendo. Era muy tarde. Ya habrían comido. ¿Qué decir? Sacome de mis cavilaciones una mano po¬sándose en mi hombro.

-¡Cómo! ¿Dónde has estado?

Era mi hermano Anfiloquio. Yo no sabía qué responder.

-Nada -apunté con despreocupación forzada- que salimos tarde del colegio...

-No puede ser, porque Alfredito llegó a su casa a las cuatro y cuarto...

Me perdí. Alfredito era hijo de don Enrique, el vecino, le habían pregun¬tado por mí y había respondido que salimos juntos de la Escuela. No había más. Llegamos a casa. Todos estaban serios. Mis hermanos no se atrevían a decir palabra. Felizmente, mi padre no estaba y cuando fui a ciar el beso a mamá, ésta sin darle la importancia de otros días, me dijo fríamente:

-Cómo, jovencito, ¿éstas son horas de venir? Yo no respondí nada. Mi madre agregó: -¡Está bien!...

Metime en mi cuarto y me senté en la cama con la cabeza inclinada.

Nunca había llegado tarde a mi casa. Oí un manso ruido: levanté los ojos. Era mi hermanita. Se acercó a mí tímidamente.

-Oye -me dijo tirándome del brazo y sin mirarme de frente- anda a comer...

Su gesto me alentó un poco. Era mi buena confidente, mi abnegada compañera, la que se ocupaba de mí con interés como de ella misma.

-¿Ya comieron todos?, le interrogué.

-Hace mucho tiempo. ¡Si ya vamos a acostamos! Ya van a bajar el farol...

-Oye, le dije, ¿y qué han dicho?...

-Nada; mamá no ha querido comer. ..

Yo no quise ir a la mesa. Mi hermana salió y volvió al punto trayéndome a escondidas un pan, un plátano y unas galletas que le habían regalado en la tarde.

-Anda, come, no seas zonzo. No te van a hacer nada .. Pero eso sí, no lo vuelvas a hacer.

-No, no quiero.

-Pero oye, ¿dónde fuiste? ...

Me acordé del circo. Entusiasmado pensé en aquel admirable circo que había llegado, olvidé a medias mi preocupación, empecé a contarle las maravillas que había visto. ¡Eso era un circo!

-Cuántos volatineros hay -le decía- un barrista con unos brazos muy fuertes; un domador muy feo, debe ser muy valiente porque estaba muy serio. ¡Y el oso! ¡En su jaula de barrotes, husmeando entre las rendijas! ¡Y el payaso! ... ¡Pero qué serio es el payaso! Y unos hombres, un montón de volatineros, el caballo blanco, el mono, con su saquito rojo, atado a una cadena. ¡Ah!, ¡es un circo espléndido!

-¿Y cuándo dan función?

-El sábado...

E iba a continuar, cuando apareció la criada: -Niñita. ¡A acostarse!

Salió mi hermana. Oí en la otra habitación la voz de mi madre que la llamaba y volví a quedarme solo, pensando en el circo, en lo que había visto y en el castigo que me esperaba.

Todos se habían acostado ya. Apareció mi madre, sentase a mi lado y me dijo que había hecho muy mal. Me riño blandamente, y entonces tuve claro concepto de mi falta. Me acordé de que mi madre no había comido por mí; me dijo que no se lo diría a papá, porque no se molestase conmigo. Que yo la hacía sufrir, que yo no la quería...

¡Cuán dulces eran las palabras de mi pobrecita madre! ¡Qué mirada tan pesarosa con sus benditas manos cruzadas en el regazo! Dos lágrimas cayeron juntas de sus ojos, y yo, que hasta ese instante me había contenido, no pude más y, sollozando, le besé las manos.

Ella me dio un beso en la frente. ¡Ah, cuán feliz era, qué buena era mi madre que sin castigarme, me había perdonado!

Me dio después muchos consejos, me hizo rezar "el bendito", me ofreció la mejilla que besé, y me dejó acostado.

Sentí ruido al poco rato. Era mi hermanita. Se había escapado de su cama descalza; echó algo sobre la mía, y me dijo volviéndose a la carrera y de puntitas como había entrado:

-Oye, los dos centavos para ti, y el trompo también te lo regalo...

II

|Haravicus| Soñé con el circo. Claramente aparecieron en mi sueño todos los personajes. Vi desfilar a todos los animales. El payaso, el oso, el mono, el caballo, y, en medio de ellos, la niña rubia, delgada, de ojos negros, que me miraba sonriente. ¡Qué buena debía ser esa criatura tan callada y delgaducha! Todos los artistas se agrupaban, bailaba el oso, pirueteaba el payaso, giraba en la barra el hombre fuerte, en su caballo blanco daba vueltas al circo una bella mujer, y todo se iba borrando en mi sueño, quedando sólo la imagen de la desconocida ¡riña con su triste y dulce lánguida.

Llegó el sábado. Durante el almuerzo, en mi casa, mis hermanos hablaron del circo. Exaltaban la agilidad del barrista, el mono era un prodigio, jamás había llegado un payaso más gracioso que "Confitito"; ¡qué oso tan inteligente! Y luego... todos los jóvenes de Pisco iban a ir aquella noche al circo...

Papá sonreía aparentando seriedad. Al concluir el almuerzo sacó pausadamente un sobre.

-¡Entradas! -cuchichearon mis hermanos.

-¡Sí, entradas! ¡Espera!...

-¡Entradas! -insistía el otro.

El sobre fue a poder de mi madre.

Levantase papá y con él la solemnidad de la mesa, y todos saltando de nuestros asientos, rodeamos a mi madre.

-¿Qué es? ¿Qué es?

-¡Estarse quietos o... no hay nada!

Volvimos a nuestros puestos. Abriose el sobre y ¡oh, papelillos morados! Eran las entradas para el circo; venían dentro un programa. ¡Qué programa! ¡Con letras enormes y con los artistas pintados! Mi hermano mayor leyó. ¡Qué admirable maravilla!

El afamado barrista Kendall, el hombre de goma; el célebre domador Mister Glandys; la bellísima amazona Miss Blutner con su caballo blanco, el caballo matemático, el graciosísimo payaso "Confitito", rey de los payasos del Pacífico, y su mono; y el extraordinario y emocionante espectáculo "El vuelo de los cóndores", ejecutado por la pequeñísima artista Miss Orquídea.

Me dio una corazonada. La niña no podía ser otra... Miss Orquídea. ¿Y esa niña frágil y delicada iba a realizar aquel, prodigio? Celebraron alborozados mis hermanos el circo, y yo, pensando, me fui al jardín, después a la escuela, y aquella tarde no atravesé palabra con ninguno de mis camaradas.

III

|Haravicus| A las cuatro salí del colegio, y me encaminé a casa. Dejaba los libros cuando sentí ruido y las carreras atropelladas de mis hermanos.

-¡El "convite"! ¡El "convite"! ...

-¡Abraham, Abraham!, gritaba mi hermanita. ¡Los volatineros!

Salimos todos a la puerta. Por el fondo de la calle venia un grupo enorme de gente que unos cuantos músicos precedían. Avanzaron. Vimos pasar la banda de músicos con sus bronces ensortijados y sonoros, el bombo iba delante dando atronadores compases, después, en un caballo blanco, la artista Miss Bluther, con ceñido talle, sus rosadas piernas, sus brazos desnudos y redondos. Precioso atavío llevaba el caballo, que un hombre con casaca roja y un penacho en la cabeza, llena de cordones, portaba de la brida; después iba Mister Kendall, en traje de oficio, mostrando sus musculosos brazos en otro caballo. Montaba el tercero miss Orquídea, la bellísima criatura, que sonreía tristemente; en seguida el mono, muy engalanado, caballero en un asno pequeño, y luego "Confitito", rodeado de muchedumbre de chiquillos que palmoteaban a su lado llevando el compás de la música.

En la esquina se detuvieron y "Confitito" entonó al son de la música esta copla:

Los jóvenes de este tiempo
Usan flor en el ojal
Y dentro de los bolsillos
No se les encuentra un real

Una algazara estruendos a coreó las últimas palabras del payaso. Agitó éste su cónico gorro, dejando al descubierto su pelada cabeza.

Rompió el bombo la marcha y todos se perdieron por el fin de la plazoleta hacia los rieles del ferrocarril para encaminarse al pueblo. Una nube de polvo los seguía y nosotros entramos a casa nuevamente, en tanto que la caravana multicolor y sonora se esfumaba detrás de los toñuces, en el salitroso camino.

IV

|Haravicus| Mis hermanos comieron. No veíamos la hora de llegar al circo. Vestímonos, y listos, nos despedimos de mamá. Mi padre llevaba su "Carlos Alberto". Salimos, atravesamos la plazuela, subimos la calle del tren, que tenía al final una baranda de hierro, y llegamos al cochecito, que agitaba su campana. Subimos al carro, sonó el pitear de partida; una trepidación; soltase el breque, chasqueó el látigo, y las mulas halaron.

Llegamos por fin al pueblo y poco después al circo. Estaba éste en una estrecha calle. Un grupo de gentes se estacionaban en la puerta que iluminaban dos grandes aparatos de bencina de cinco luces. A la entrada, en la acera, había mesitas, con pequeños toldos, donde en f1oreados vasos con las armas de la patria estaba la espumosa blanca chicha de maní, la amarilla de garbanzos y la dulce de "bonito", las butifarras, que eran panes en cuya boca abierta el ají y la lechuga ocultaban la carne; los platos con cebollas picadas en vinagre, la fuente de "escabeche" con sus yacentes pescados, "la causa", sobre cuya blanda masa reposaba graciosamente el rojo de los camarones, el morado de las aceitunas, los pedazos de queso, los repollos verdes y el "pisco" oloroso, alabado por las vendedoras...

Entramos por un estrecho callejoncito de adobes, pasamos un espa¬cio pequeño donde charlaban gentes, y al fondo, en un inmenso corralón, levantábase la carpa. Una gran carpa, de la que salían gritos, llamadas, piteos, risas. Nos instalamos. Sonó una campanada.

-¡Segunda! -gritaron todos, aplaudiendo.

El circo estaba rebosante. La escalonada muchedumbre formaba un gran círculo, y delante de los bajos escalones, separada por un zócalo de lona, la platea, y entre ésta y los palcos que ocupábamos nosotros, un pasadizo. Ante los palcos estaba la pista, la arena donde iban a realizarse las maravillas de aquella noche.

Sonó largamente otro campanillazo.

-¡Tercera! ¡Bravo, bravo!

La música comenzó con el programa: Obertura por la banda. Presentación de la compañía. Salieron los artistas en doble fila. Llegaron al centro de la pista y saludaron a todas partes con una actitud uniforme, graciosa y peculiar; en el centro, Miss Orquídea con su admirable cuerpecito, vestido de punto, con zapatillas rojas, sonreía.

Salió el barrista, gallardo, musculoso, con sus negros, espesos y retorcidos bigotes. ¡Qué bien peinado! Saludó. Ya estaba lista la barra, Sacó un pañuelo de un bolsillo secreto en el pecho, colgase, giró retorcido vertiginosamente, parose en la barra, pendió de corvas, de brazos, de vientre; hizo rehiletes y, por fin, dio un gran salto mortal y cayó en la alfombra en el centro del circo. Gran aclamación. Agradeció. Des¬pués todos los números del programa. Pasó Miss Blutner corriendo en su caballo; contó éste con la pata desde uno hasta diez; a una pregunta que le hizo su ama de si dos y dos eran cinco, contestó negativamente con la cabeza, en convencido ademán. Salió Mister Glandys con su oso; bailó éste acompasado y socarrón, pirueteó el mono, se golpeó varias veces el payaso y, por fin, el público exclamó al terminar el segundo entreacto:

-¡El vuelo de los cóndores!

V

|Haravicus| Un estremecimiento recorrió todos mis nervios. Dos hombres de casaca roja pusieron en el circo, upo frente a otro, unos estrados altos, altísimos, que llegaban hasta tocar la carpa. Dos trapecios colgados del centro mismo de ésta oscilaban. Sonó la tercera campanada y apareció entre los artistas Miss Orquídea, con su apacible sonrisa; llegó al centro, saludó graciosamente, colgase de una cuerda y la ascendieron al estrado. Parose en él delicadamente, como una golondrina en un alero breve. La prueba consistía en que la niña tomase el trapecio, que pendiendo del centro, le acercaban con unas cuerdas a la mano, y, colgada de él, atravesara el espacio, donde otro trapecio la esperaba, debiendo en la gran altura cambiar de trapecio y detenerse nuevamente en el estrado opuesto.

Se dieron las voces, se soltó el trapecio opuesto, y en el suyo la niña se lanzó mientras el bombo -detenida la música- producía un ruido siniestro y monótono. ¡Qué miedo, qué dolorosa ansiedad! ¡Cuánto habría dado yo porque aquella niña rubia y triste no volase! Serenamente realizó la peligrosa hazaña. El público silencioso y casi inmóvil la contemplaba, y cuando la niña se instaló nuevamente en el estrado y saludó segura de su triunfo, el público la aclamó con vehemencia. La aclamó mucho. La niña bajó, el público seguía aplaudiendo. Ella para agradecer hizo unas pruebas difíciles en la alfombra, se curvó, su cuerpecito se retorcía como un aro, y enroscada, giraba, giraba como un extraño monstruo, el cabello despeinado, el color encendido. El público aplaudía más, más. El hombre que la traía en el muelle de la mano habló algunas palabras con los otros. La prueba iba a repetirse.

Nuevas aclamaciones. La pobre niña obedeció al hombre adusto casi inconscientemente. Subió. Se dieron las voces. El público enmudeció, el silencio se hizo en el circo y yo hacía votos, con los ojos fijos en ella, porque saliese bien de la prueba, Sonó una palmada y Miss Orquídea se lanzó... ¿Qué le pasó a la pobre niña? Nadie lo sabía. Cogió mal el trapecio, se soltó a destiempo, titubeó un poco, dio un grito profundo, horrible, pavoroso y cayó como una avecilla herida en el vuelo, sobre la red del circo, que la salvó de la muerte. Rebotó en ella varias veces. El golpe fue sordo. La recogieron, escupió y vi mancharse de sangre su pañuelo, perdi¬da en brazos de esos hombres y en medio del clamor de la multitud.

Papá nos hizo salir, cruzamos las calles, tomamos el cochecito y yo, mudo y triste, oyendo los comentarios, no sé que cosas pensaba contra esa gente. Por primera vez comprendí entonces que había hombres muy malos.

VI

|Haravicus| Pasaron algunos días. Yo recordaba siempre con tristeza a la pobre niña; la veía entrar al circo, vestida de punto, sonriente, pálida; la veía después caída, escupiendo sangre en el pañuelo, ¿dónde estaría? El circo seguía funcionando. Mi padre no quiso que fuéramos más. Pero ya no daban el Vuelo de los Cóndores. Los artistas habían querido explotar la piedad del público haciendo palpable la ausencia de Miss Orquídea.

El sábado siguiente, cuando había vuelto de la escuela, y jugaba en el jardín con mi hermana, oímos música.

-¡El convite! ¡Los volatineros! ...

Salimos en carrera loca. ¿Vendría Miss Orquídea? ...

¡Con qué ansia vi acercarse el desfile! Pasó el bombo sordo con sus golpes definitivos, los músicos con sus bronces ensortijados, los platillos estridentes, los acróbatas, y, después el caballo de Miss Orquídea, solo, con un listón negro en la cabeza...

Luego el resto de la farándula, el mono impasible haciendo sus eternas muecas sin sentido...

¿Dónde estaba Miss Orquídea?

No quise ver más; entré a mi cuarto y por primera vez, sin saber por qué, lloré a escondidas la ausencia de la pobrecita artista.

VII

|Haravicus| Algunos días más tarde, al ir, después del almuerzo a la escuela, por la orilla del mar, al pie de las casitas que llegan hasta la ribera y cuyas escalas mojan las olas a ratos, salpicando las terrazas de madera, senteme a descansar, contemplando el mar tranquilo y el muelle, que a la iz¬quierda quedaba. Volví la cara al oír unas palabras en la terraza que tenía a mi espalda y vi algo que me inmovilizó. Vi una niña muy pálida, muy delgada, sentada mirando desde allí el mar. No me equivocaba: era Miss Orquídea, en un gran sillón de brazos, envuelta en una manta verde, inmóvil.


Me quedé mirándola largo rato. La niña levantó hacia mí los ojos y me miró dulcemente. ¡Cuán enferma debía estar! Seguí a la escuela y por la tarde volví a pasar por la casa. Allí estaba la enfermita, sola. La miré cariñosamente desde la orilla; esta vez la enferma sonrió, sonrió. ¡Ah, quién pudiera ir a su lado a consolarla! Volví al otro día, y al otro, y así durante ocho días. Éramos como amigos. Yo me acercaba a la baranda de la terraza, pero no hablábamos. Siempre nos sonreíamos mudos y yo estaba mucho tiempo a su lado.

Al noveno día me acerqué a la casa. Miss Orquídea no estaba. En¬tonces tuve una sospecha: había oído decir que el circo se iba pronto. Aquel día salía vapor. Eran las once, crucé la calle y atravesé el jirón de la Aduana. En el muelle vi a algunos de los artistas con maletas y líos, pero la niña no estaba. Me encaminé a la punta del muelle y esperé en el embarcadero. Pronto llegaron los artistas en medio de gran cantidad de pueblo y de granujas que rodeaban al mono y al payaso. Y entre Miss Blutner y Kendall, cogida de los brazos, caminando despacio, tosiendo, la bella criatura. Metime entre las gentes para verla bajar al vote desde el embarcadero. La niña buscó algo con los ojos, me vio, sonrió muy dulcemente conmigo me dijo al pasar junto a mí:

-Adiós.

-Adiós.

Mis ojos la vieron bajar en brazos de Kendall al botecillo inestable; la vieron alejarse de los mohosos barrotes del muelle; y ella me miraba triste con los ojos húmedos; sacó su pañuelo y lo agitó mirándome; yo la saludaba con la mano, y así se fue esfumando, hasta que sólo se distinguía el pañuelo como una ala rota, como una paloma agonizante, y por fin, no se vio más que el bote pequeño que se perdía tras el vapor...

Volví a mi casa, y a las cinco, cuando salí de la escuela, sentado en la terraza de la casa vacía, en el mismo sitio que ocupaba la dulce amiga, vi perderse a lo lejos en la extensión marina el vapor, que manchaba con su cabellera de humo el cielo sangriento del crepúsculo.



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22 comentarios:

Anónimo dijo...

la obra es muy bonita

Anónimo dijo...

la obra es extraordinaria

Anónimo dijo...

y el resumen........

Anónimo dijo...

no meayudo nada

Anónimo dijo...

le falta un toque

Anónimo dijo...

pongan 20 oraciones

Anónimo dijo...

no es entendible la obra

Anónimo dijo...

que feo
asco
el cuento

Anónimo dijo...

yo solo queria la mrd de historieta porque me dejaron una tarea y me da pereza hacerlaa

Anónimo dijo...

O.o jódete poes

Anónimo dijo...

vago de mrd

Anónimo dijo...

a nada

Anónimo dijo...

esta muy interesante, me encanto

Anthony dijo...

Es importante e interesante para los que leemos y una mierda para los vagos que no leen nada...leer purifica el alma y nos muestra el mundo exterior...

Anónimo dijo...

esto es una puta cagada no sirve q se raske los huevos si tiene el puto q escribio eso

gonzalo choqurhuanca dijo...

o.O me sirvió de algo

Anónimo dijo...

Muy bonito , ignora el comentario de los demás que solo se dedican a CRITICAR y no agradecen el esfuerzo de la persona que hizo esto ya que hasta ahora es la única pagina que eh encontrado con el argumento de ''El vuelo de los cóndores''

-ÉXITOS(Y)

Anónimo dijo...

es muy interesante y conmovedor
eso creo

Anónimo dijo...

esta bonito aaaaaaaaaaaaaaaaa :)

Anónimo dijo...

vete ala mierda chibolos pavos y cara de culos ... xd
jaja :)

Anónimo dijo...

y cra de nalgis jaja xd
mongolos

Anónimo dijo...

es muy interesante

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