Machu Picchu. Maravilla del Mundo en Cusco Perú.
Machu Picchu en panorámica vista. Al fondo, imponente, el Huayna Picchu (huayna=joven, machu=viejo).
Raíces de mi Pueblo
Los habitantes de la sierra son en su mayoría descendientes del imperio Incaico, hablan el Idioma Quechua y tienen una rica cultura viva, representada en su arquitectura, vestimenta, música danza y otras manifestaciones culturales que el visitante puede apreciar durante sus viajes, sin necesidad de entrar a museos o teatros.
Ciudad Imperial del Cusco
Catedral Basílica de la Virgen de la Asunción es el principal templo de la ciudad del Cuzco, en el Perú y alberga la sede de la Diócesis del Cuzco.
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Mitos, leyendas y cuentos peruanos
18:47
Fénix
Amplia y cuidada recopilación de relatos tradicionales de todas las regiones del Perú. Contiene narraciones populares recogidas por maestros y alumnos de la Costa, la Sierra y la Selva del Perú, todas seleccionadas y anotadas por José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos. Este libro fue publicado por la Dirección de Educación Artística y Extensión Cultural del Ministerio de Educación Pública, el año 1947.
El brujo "Chejo" - Juan Díaz del Aguila
7:56
Fénix
Juan Díaz del Aguila
Para la familia de don Isaías, establecidos en las alturas del Tapiche, no había ya aliciente ni perspectiva alguna; y los embargaba día a día la añoranza de su pueblo.
Por entonces, y para colmo de males, la madre de aquella familia, fue víctima de una fuerte infección en el tobillo izquierdo.
Los lavados con cocimientos de hierbas no dieron suficiente resultado.
La dolencia iba diariamente en aumento, hasta hacerse insoportable para la paciente, quien ya no podía dormir con los dolores, obligando con su estado a perenne desvelo, y ocasionando a sus familiares serias preocupaciones ante la ausencia de un facultativo y la ignorancia de la índole del mal.
Los vecinos que iban a visitar constantemente a la enferma, no cesaban de recomendar la intervención de un brujo, pues, en opinión de ellos, sólo un brujo podía curar el "daño" causado por otro, porque, sin la menor duda posible, se trataba de brujería.
Tanto pudo la influencia de los vecinos en el ánimo de la paciente, que ésta acabó por solicitar de su esposo el consentimiento para que fueran utilizados los servicios de un renombrado brujo de las cercanías.
Así se hizo presente en la casa, sembrando el pánico entre los muchachos, el hechicero Rosalío Pezo, quien, apenas examinó la llaga de la 'señora, afirmó ser daño causado por otro famoso hechicero de quien se relataban las más portentosas hazañas de brujería y cuyo misterioso poder corría parejo con el del diablo.
Terminado el examen y formulada la inculpación, Rosalío se dirigió a don Isaías, con estas palabras:
—Esta noche va a venir su "yachay" del "Chejo". Y tú vas a matarlo con tu escopeta, para que no yape daño a mama Antolina. Yo volver mañana para comenzar curación.
Dicho lo cual se fue, dejando en la casa los más favorables comentarios, especialmente de los vecinos que lo habían llevado, sobre su seguridad, su conocimiento y su poder.
¡Qué competencia se iba a establecer entre los dos brujos!
A instancias de la señora, el jefe de casa ordenó al hijo mayor que vigilara el tambo por la parte externa y se aprestara a dar caza con su vieja escopeta, no obstante desdeñar supersticiones, al próximo visitante nocturno, el "yachay"? del "Chejo".
Durante horas la expectación de la familia fue grande. ¿Llegaría o no llegaría el "yachay"? ¿A qué hora llegaría? ¿Cómo sería? ¿Podría ser muerto de un tiro de escopeta?
Así llegó la medianoche.
Reunidos todos en el cuarto de la enferma habían se ya casi olvidado lo de la visita del siniestro mensajero del "Chejo"; cuando de, pronto el rechinamiento de la puerta de la habitación los paralizó de terror. El hijo que hacía guardia asomaba la cabeza para avisar que había llegado el "yachay".
Luego, entre el vértigo de espanto que los mareaba en la alta noche, alargándose en mil ecos que devolvía a la selva, estalló el disparo de la escopeta.
Un instante después el padre aparecía en la habitación con el cadáver de un pequeño búho.
Esa noche ya nadie pudo conciliar el sueño. Para calmar la nerviosidad general don Isaías ocupó su hamaca y tras colocar a cada lado de sí a sus dos menores hijos, que eran los más afectados por el miedo, ejecutó hasta la madrugada los más hermosos aires en su consertina, no interrumpiéndose sino para beber el ponche de mas ato que mandó preparar y del cual, claro está, participaron todos.
A partir del otro día, el brujo Rosalío puso en práctica el más extraño método curativo.
Después de lavar con el cocimiento de diversas hierbas la llaga de la paciente, succionaba varias veces, en cada intervención, esta llaga, colocando entre ella y los labios un pedazo de tela blanca y limpia. A cada succión, seguía el espolvoreamento de la pequeña cantidad de licor, más bien proveniente del cocimiento, que el brujo había extraído de la llaga y con el que pretendía devolver por el aire el daño con todas sus consecuencias, a quien lo había originado.
Cierta mañana, terminada la octava o novena curación, se escucharon próximos a la casa, grandes retos y amenazas, contra Rosalío por alguien que llegaba.
Vivamente inmutado nuestro brujo, requirió su machete y fue, seguido del dueño de casa, al encuentro de su provocador.
Afuera, un hombre del más raro aspecto; con chata cabeza, gran nariz de papagayo, respetables orejas, alto y flaquísimo cuello, y con los ojos enteramente rojos que parecían despedir llamas, se hallaba parado en actitud retadora, teniendo fuertemente cogido por el mango un machete puro filo. Este hombre era el "Chejo" en persona, el rey de los brujos del alto Tapiche, el hechicero que podía mantenerse sumergido en el río durante muchas horas.
No bien ambos brujos quedaron frente a frente, el terrible "Chejo" se dirigió a Rosalío con estas o parecidas palabras:
Hey sabido que quieres hacerme la contra. También mian dicho que quieres hacharme culpa del daño de mama Antolina. ¡Acércate para que me conozcas!
De pronto se escuchó un enérgico grito lanzado por don Isaías, que inmovilizó a los dos hombres en el preciso instante en que, sin mayores razones que las aducidas por el tuerto, se disponían a acometerse machete en mano.
Eh, —dijo el dueño de casa, dirigiéndose a Rosalío— ¿Quién es ese hombre? ¿Qué quiere coqtigo? ¡Apártense y sosiéguense o les cae a ambos! ¡Obedezcan y suelten los machetes! Y si no es suficiente para convencerlos este "torcido" de vaca-marina, ¡ahí está la carabina de mi hijo!
En efecto, a pocos pasos del grupo, carabina en mano, se hallaba el hijo mayor pronto a dar muestras de su enorme destreza en el tiro si acaso advertía la menor sombra de peligro para su padre:
Poco a poco se fue aplacando la cólera de ambos hombres, quienes, al cabo, acompañados del jefe de la familia se presentaron ante la enferma, en cuya presencia el brujo "Chejo" afirmó no ser él el causante del daño.
Un instante después, ambos brujos, momentáneamente reconciliados, bebían el mas ato que mandó convidarles la dueña de casa.
Días más tarde de esta escena, como la dolencia de doña Antolina, tras breve alivio, cobrara mayor gravedad, se trasladó la familia nuevamente a Iquitos.
El árbol de las lágrimas de sangre - Arturo Burga Freitas
7:51
Fénix
Arturo Burga Freitas
Allá, en las cabeceras del alto Pisque, río pardo, de lento correr entre playas blancas, tributario del Ucayali, yo vi una tarde, tras el recodo de una isla, el volar simétrico y elegante de una bandada de garzas rosadas. ¡Perdiéronse en el horizonte volando, volando!...
Hubiera querido seguirlas a todo el remar de mi canoa, pero fue imposible. No habría alcanzado jamás este vuelo la paradojal velocidad de mi pequeña piragua.
¡Maravilla de vuelo rosa: entre el violeta hondo del río y el cielo, polichinela multicolor olvidado, que regala su última moneda de oro —el sol— a la noche pensativa que se acerca, en medio de cierto vacío que da tristeza! La selva es triste al anochecer, cuando la vida, representada por sus mil y mil animales bulliciosos se aduerme, para dejar oír los cantares agoreros y nostálgicos, de aves de leyenda y de misterio.
Aquella tarde, forzando la vista, perdido en la lejanía del horizonte, vi también un cerro enorme, verde azulado, que semejaba el lomo de una descomunal tortuga, tendida sobre los montes. A mis preguntas contestaron los indios contándome que aquello era Manshan Maná o el Cerro de la Tortuga... En el centro mismo de éste existe un árbol, y besando sus plantas un lago, de aguas inmóviles como la muerte. De las hojas y ramas del árbol están cayendo, eternamente, unas gotas blancas. Pero cuando sus frutos caen a las aguas de11ago, éste se tiñe de rojo en toda su extensión, instantáneamente: ¡de un rojo sangre!
Los indios atribuyen el fenómeno al Yushin —demonio— que se embravece al comer estos frutos, tiñen do las aguas del lago con la sangre de sus ojos diabólicos.
Aseguran que todo esto pasa por estar el árbol maldito, desde que en sus ramas se ahorcó Inca Nima, el sanguinario y famoso curaca Shipibo.
Hace algunos centenares de años que Inca Nima reinó sobre una multitud de indios, en Manshan Maná. Fue este lugar el centro de su vasto curacazgo, integrado por las más diversas tribus, que antes jamás estuvieran unidas: cunivos, shipibos, setebos, cashivos y cotoahucas.
Inca Nima era soberbio, violento, cruel. Su medio de acción normal era la violencia y la fuerza sobre cuyas bases estaba organizado todo en sus dominios: sus vasallos lo querían porque lo temían. Sus decisiones nunca eran discutidas, eran leyes inapelables.
No tenía amores. Vivía retraído, preocupado por sus ambiciones políticas de poderío. Sólo se le conocía una gran pasión: la de ensanchar más y más sus dominios y mandar en el mayor número de pueblos.
Era alto, de pocas carnes, pómulos salientes y labios carnosos que poco sabían del beso y la sonrisa. Sus ojos hundidos y negros, rapaces e hirientes, cortaban. Vestía una "cushma" marrón con vetas negras. De ademanes despóticos y autoritarios poco había en su persona, en verdad, que inspirara simpatía.
Así llegó a unir indios de tendencias tan encontradas. A todo esto aunábase el poder de la leyenda, en torno a su personalidad de curaca: decíase que era descendiente directo del grande e invencible caudillo indio, cuya memoria veneran todas las tribus de estas regiones: Santos Atahualpa, que un tiempo llegara a unir íntegramente las tribus de las selvas contra el poder español del siglo XVIII.
Pero un hecho insólito vino a turbar un día esta paz. Secretamente llegó hasta el centro de los dominios de Inca Nima la noticia de que cerca de Charash Maná —cerro del estero— aparecieran unos personajes extraños de grandes barbas blancas y cushmas raras y larguísimas, que hablaban con inmensa dulzura y bondad una lengua desconocida. La nueva fue extendiéndose con la mayor prudencia entre los jefes caracterizados de Inca Nima. Los ancianos de la tribu aseguraron no haber visto jamás hombres iguales, y deliberaron muchas noches, fumando su shimi tapones, en rueda, lejos de la mirada del curaca, sobre suceso tan singular. Y al fin, sugestionados fantásticamente por el relato de los que decían haber visto a los extranjeros, resolvieron, con inquietud incontenible, ir a convencerse por sí mismos del hecho, a espaldas de Inca Nima, con el oculto propósito de matarlos inmediatamente después. "
Curin Cushi, del Consejo de los Ancianos de Inca Nima, se informó ocasionalmente de la noticia, y se unió a ellos. Se presentó al curaca y le pidió autorización para explorar río abajo una zona, en la que decía haber encontrado huellas de los Coto Ahucas, antiguos enemigos de Inca Nima.
El curaca, ignorante de todo, ordenó que al día siguiente saliese una expedición de trescientos arqueros, doscientos lanceros y cien macaneros, a las órdenes de Curin Cushi.
En una playa cercana a Charash Maná, la expedición de Curin Cushi encontró efectivamente, dos chozas de paja, en las que dos ancianos tranquilos y confiados nada sabían del mal que se acercaba. Curin Cushi ordenó que las balsas atracasen en la orilla próxima, antes de ser vistas, y embarcándose en una canoa ligera, con algunos arqueros, se deslizó cautelosamente. Los ancianos de vestimentas raras lo miraron inquietos, pero con honda mirada, de bondad y de paz. Luego, repuestos de la sorpresa, sonrieron al jefe shipibo, invitándolo a sentarse, e indicándole por señas que deseaban su amistad. La mirada agresiva de Curin Cushi se encontró con la mirada serena de los ancianos. El jefe shipibo se siente dominado, atraído por esa mirada. Toda la ira y preparación que traía siente que se le va transformando en simpatía irresistible. Lucha consigo mismo para no demostrar que su ánimo guerrero se ha desecho ante la mansedumbre de sus supuestos enemigos.
El jefe shipibo ordenó la aproximación de sus guerreros en son de paz, los que con presteza improvisaron rústicos techos de paja alrededor de las chozas de los ancianos, encendiendo grandes fogatas para hacer la comida y protegerse. ¡La noche estaba encima!
Los ancianos llenos de inquietud iban de un lado a otro de la playa, prodigando sonrisas de bondad, y los indios bajaban la cabeza a su paso, sin saber si sonreír también como ellos. Algo raro se apoderaba de sus almas, un sentimiento jamás experimentado. Se sentían atraídos por esas miradas. Más predispuestos a proteger que a matar a los ancianos.
El fuego, en medio del silencio de la noche, pintó de escarlata los rostros; ya no se notaba en los indios ademanes de canibalismo. Permanecían mudos, mirando curiosamente a los hombres extraños. Sólo se oía el rumor del río, y de rato en rato el grito lánguido de algún tibis que pasaba a ras del agua, pescando.
Entonces el más anciano de los extranjeros habló de una doctrina de amor y felicidad a los indios, quienes no entendían bien, pero la sentían, y, poco a poco íbanse acercando, acercando al predicador, sumisos, impresionados! Tal era el fuego y el calor de vida que ponía en sus palabras.
Al finalizar la oración los guerreros estaban postrados a sus plantas en la playa, escuchándolo. Hecho extraordinario entre los mencionados indios, celosos de sus tierras, que nunca, antes de ahora, perdonaran la vida al intruso.
¿Había algo de brujo encantamiento en la influencia irresistible de estos hombres?
Curi Cushi manda un emisario a Inca Nima pidiendo refuerzos, pretextando una supuesta campaña de sometimiento de los Coto Ahucas, pero con el oculto propósito de hacer que todos los súbditos del curaca conocieran y admiraran personalmente a los extranjeros; oyesen de sus labios la palabra de bien y unión entre los hombres, que él también ha llegado a sentir.
Inca Nima inocentemente accedió al pedido de su jefe de máxima confianza, quedando solo con sus familiares y fieles cashivos en Manshan Maná.
Pero un familiar del curaca se enteró de lo sucedido en forma confidencial, y le informó del secreto.
Gran indignación se apoderó de él, entonces, con los pocos cashivos que permanecían fieles a su lado, se dirigió precipitadamente hacia Charash Maná, a donde llegó al anochecer, cuando todos dormían.
Dio un salto a la playa y ya se dirigía con la macana en alto a la choza del más anciano de los extranjeros, decidido a matarlo, cuando sus súbditos lo descubrieron y gritaron angustiados. El curaca despreciativo se precipita dentro de la choza, iracundo, y va a asestar él golpe mortal al anciano de barbas de nube y palabras de amor, cuando ve en sus ojos tal gesto de humanidad y confiada bondad que se desconcierta. Baja la macana colérico y ordena que se lleve presos a los extranjeros a Manshan Maná.
Llegando a su campamento, cercano al "Cerro de la Tortuga" Inca Nima hizo conducir allá los prisioneros, donde mandó arrancarles los ojos y ahorcarlos finalmente, en las ramas del árbol embrujado, que el viajero ve a lo lejos, sobre el lomo del cerro legendario, perdido entre las brumas del horizonte.
Pasaron algunos meses.
Inca Nima aguardó en vano el regreso de sus súbditos, dispersos por ríos y montes, desde los fatales acontecimientos narrados. Nadie volvía. Día a día fuese quedando solo con sus remordimientos, perseguido incesantemente en la imaginación por el mirar sereno y dulce de los predicadores del amor, a los que diera muerte tan cruel ... La pena de ver su imperio destruido, el más amado fruto de toda su vida, lo llevó finalmente a desear la muerte, como una liberación. Una mañana opaca, lluviosa, tomó una canoa y surcando el río Pisque llegó a 11anshan 11aná. Anudó a su garganta unas fuertes sogas de tamshi y subiéndose a lo alto del árbol, desde una de sus ramas, se aventó al vacío!
Ahí quedó el cuerpo del más poderoso curaca del Ucayali, abandonado, dando vueltas y balanceándose, cada vez que los gallinazos se posaban en él, para llevarle un pedazo de las carnes.
Y ahora dicen los indios que aquel paraje está maldito..., y no hace mucho tiempo llegó hasta allí uno de sus descendientes de Inca Nima y alzó la vista hacia lo alto del árbol, para ver dónde había muerto su poderoso abuelo, quedando al momento ciego. Una de esas gotas blancas, que por toda la vida llora el árbol, había caído en sus ojos. La mala acción del abuelo alcanzaba todavía a sus descendientes.
Desde entonces nadie ha vuelto a acercarse al "Cerro de la Tortuga". Se le mira con cierto terror supersticioso. Y el árbol permanece allí, años de años, solitario, llorando sus lágrimas de nube, sus lágrimas blancas. Alguna vez estas lágrimas son de sangre, —en la imaginación indígena— cada vez que uno de sus frutos se desprende y rueda a las aguas del lago, tiñéndolo de rojo violento ... Debido sin duda al Yushin, demonio fantasmal que duerme en sus profundidades—, aseguran impresionados los indios...
El animal sobre sus patas traseras (Arturo D. Hernández)
8:32
Fénix
Era de los roedores de la hoya amazónica más conocido con el nombre de paca. De carne reputada como la más fina y sabrosa, habitaba picura un sector de la selva que solía recorrer cuando ya el sol se había puesto, y el rocío empapaba las altas copas de los árboles, de donde caía en gruesas gotas haciendo impactos sonoros en las anchas hojas de las musáceas.
En cuanto cerró la noche la nocturna picura sacó cautelosamente su hermosa y redonda cabeza por el agujero que servía de salida a su madriguera y, como de costumbre, posó su vista en el árbol grueso distante una treintena de metros, desde cuyas aletas partía su camino.
—Hasta luego, compadre —dijo quedamente volviendo apenas su cabeza hacia el interior de la madriguera.
Desde el fondo brotó largo bostezo como de alguien que tratara de despertarse y no podía hacerlo del todo.
—Espero tu regreso, comadre, —se escuchó una voz gruesa y ronca, velada por la modorra.
Satisfecha picura dirigió sus pasos hacia el árbol corpulento, y muy pronto encontró su camino, angosto surco abierto en la muelle alfombra de hojarasca. Era un caminillo muy estrecho, de lecho arenoso que serpenteaba por el matorral.
Al salir de la madriguera se encontró en el mundo de los que ven de noche, el mundo de los nictálopes que deambulan en busca del sustento por entre los seres que duermen. Siguió su camino lentamente, limpiando con sus patitas delanteras, que apenas salían por debajo de su rollizo cuerpo, las hojas y ramitas muertas que habían caído en el día. Picura no toleraba absolutamente nada sobre la fina superficie que constituía el lecho de su camino. Así bien limpio lo conservaba desde que lo heredara su padre, un viejo picuro que cayó bajo la zarpa del tigre cuando por los años ya no podía percibir por el olfato o por el movimiento de las hojas, la aproximación cautelosa del enemigo en acecho. Fue un tigre hambriento que, al descubrir la guarida, esperó pacientemente la salida nocturna del viejo picuro.
Todos en la selva sabían que picura tenía una memoria muy frágil y carecía del sentido de orientación. Era incapaz de atravesar un pequeño sector de selva saliéndose de su camino. Y si las corrientes sutiles de aire que cruzan la selva le llevaban el olor peculiar de alguna planta productora de tubérculos, se dirigía allá guiada por su poderoso olfato, pero abriendo un camino que después le permitiría regresar y volver una y otra vez sin extraviarse. Los animales de la selva conocían el camino de picura. Al atravesarlo velozmente, no podían evitar cierto escalofriante estremecimiento. Jamás ninguno de los que viven a ras del suelo se atrevió a recorrerlo, pues no ignoraban que era utilizado también por el terror de la selva.
Un ave nocturna emitió un grito de advertencia agitando las alas. Entonces las demás aves que dormitaban supieron que la comadre de la serpiente monstruosa había sido vista en su paseo nocturno.
Una danta que bebía en el arroyo próximo después del primer sueño, levantó la cabeza y escuchó atentamente pensando que era una verdadera lástima que picura, siendo uno de los seres más atrayentes e inofensivos de la selva, tuviera un compañero tan malo que los buenos y juiciosos animales terminaron por apartarse de ella con supersticioso terror.
Picura atravesó un largo trecho de monte y, al llegar a una bifurcación de su camino, tomó el que conducía a los terrenos donde abundaba el huicungo, palmera espinosa de frutos muy duros que al caer al suelo y empezar su germinación se volvían suaves y dulces. Además, por esas inmediaciones había abundantes setas.
En cuanto hubo llegado al manchal de huicungos, picura dejó momentáneamente su camino y se dedicó a cenar desenterrando su manjar favorito con sus ágiles patas. Luego satisfecha, buscó su camino dispuesta a regresar.
Ese momento era para picura muy mortificante. Haciendo todas las noches el mismo recorrido, debía conocer palmo a palmo el terreno. Sin embargo, siempre se creía extraviada, allí en cualquier parte donde no estaba su camino. En tales circunstancias suele detenerse, mira inquieta en todas direcciones, camina un trecho, vuelve a detenerse, retrocede, se alarga y encoge hasta convertirse en una bola de músculos palpitantes, se rasca indecisa con cualquiera de las patas en cualquier parte de su nervioso cuerpo; toma otra dirección, marcha un trecho, y al fin da con la vía mate que constituye su camino, mueve entonces contenta la nariz en rápidas pulsaciones, estira su cuerpo y emprende el regreso.
En la oportunidad que nos ocupa, al llegar a la bifurcación de su camino, tomó el que conducía hacia la quebrada de aguas ambarinas, descendió el reborde y se puso a beber en la orilla.
Prodújose al instante un confuso murmullo entre los habitantes de la selva que se encontraban bebiendo a esa hora. Los más próximos se apartaron disimuladamente, y el ruido que producía esa confraternidad selvática se convirtió en tensa quietud.
Un martín pescador, que alocadamente levantó el vuelo después de herir con su pico la superficie bruñida de las aguas, descendió nuevamente para atrapar un pez que cortaba la corriente, y siguió su vuelo con el propósito de posarse en algo que tenía la apariencia de un pedazo de tronco, cuando descubrió a tiempo que se trataba del lomo lustroso de picura. Lo pasó casi rozando y fue a detener5t sobre una rama alta emitiendo gritos estridentes con las plumas erizadas del susto.
—¡Por poco me paro sobre la amante de chushupe!
Martín pescador era conocido como un chismoso, que gustaba exagerar y difundir las versiones que circulaban. Aquel día convirtió a la bondadosa comadre en amante del repulsivo reptil.
Picura nunca miraba hacia arriba, sino cuando cierto vientecillo recalentado le indicaba la proximidad de la lluvia. Por ser nocturna conocía al búho cuyos ojos le miraban como dos puntos luminosos en la obscuridad.
Recorrió aquella vez su camino de regreso sin apartarse, como siempre, ni una pulgada. Había efectuado su excursión nocturna, esa excursión que realizaba todas las noches a la misma hora, con excepción de aquéllas en que las grandes tempestades la obligaban a permanecer acurrucada en su madriguera.
Descubrió su hueco disimulado con porciones de hojarasca, en el fondo del cual reposaba la serpiente más temible de la selva, el chushupe, que estaba ya esperando su llegada. Sobre sus blandos anillos, resecos y escamosos, dormían los tres picurillos a quienes picura despertó con el hocico. Los tres descendieron a mamar en tanto que los anillos se desenvolvían perezosos. Del ángulo más avanzado de esa cabeza en forma de diamante se dirigió, por otro conducto más estrecho, rumbo a la superficie donde moraban los seres indefensos que dormían.
Silencioso, ondulado y reptante avanzó orientándose hacia la distante charca de la que venía el bullicioso croar de las ranas. El bosque, lleno de ruidos indefinibles, enmudeció, escuchándose, de rato en rato y distintamente, las voces estridentes de una que otra ave nocturna al despertarse sobresaltada por ese instinto que advierte a los habitantes de la selva la proximidad del peligro.
Al pasar bajo unos arbustos irguió la cabeza tratando de des-cubrir nidos ocultos en el tupido ramaje. Exhaló su grito paralizante parecido al del pavo cuando se irrita, y empezó ágil a reptar subiéndose a un árbol de poca altura. No tardó en romper el silencio reinante el grito de agonía de una avecilla atrapada y engullida con sus pichoncitos implumes. Las madres amorosas, al despertarse en los otros nidos, extendieron sus alas para cubrir protectoras a sus polluelos. Los gritos paralizantes del reptil y los de agonía de las aves atrapadas se repitieron varias veces esa noche, en una atmósfera de pavura.
Después de saciar su apetito y con el vientre abultado, chushupe se dedicó a lanzar sus gritos espantosos a lo largo de la extensión de selva que tenía por sus dominios. Al oír esos gritos el tigre ágil y elástico, volvía la cabeza con disgusto y se alejaba. Allá, más lejos, la cervata sin cornamenta entreabría temerosa sus redondas pupilas, se estrechaba a su cervatillo, y hacía el propósito de alejarse un poco más de esas vecindades donde reinaba el gran peligro.
Aquella noche chushupe, excitado con su cacería y sus prepotentes gritos, demoró más de lo acostumbrado al regreso. Sintió de pronto que sus párpados se le ponían pesados y un sueño invencible se apoderó de él. Su avance fue haciéndose cada vez más lento, muy lento. Trató de seguir impulsado por un fuerte deseo de llegar hasta la madriguera donde le esperaba su comadre, pero un sopor paralizante lo detuvo completamente, se enroscó quedándose profundamente dormido en el preciso momento en que penetraban en la selva los azulados rayos del crepúsculo matinal. El gran drama diurno de la selva comenzó a desenvolverse mientras chushupe dormía al aire libre sin que nada fuera capaz de despertarlo.
La selva se pobló rápidamente de animales ágiles que correteaban retozones, absteniéndose de acercarse al punto en que habían escuchado el último grito nocturno del gran peligro. Todos sabían que eso significaba la muerte aunque ese ser horrible estuviese dormido, pues las manchas de distintos matices del ocre que cubrían su cuerpo monstruoso estaban dispuestas en tal forma que paralizaba de terror a los seres que lo miraban. Por eso las avecillas, al enseñar a sus polluelos a volar, les prevenían no incursionar en los alrededores donde habitaba el monstruoso reptil. Les instruían pacientemente en el arte de cerrar los ojos y emprender a ciegas el vuelo hacia arriba en cuanto notaran su presencia, y a meter la cabeza bajó el ala antes que pudiera hacer sus efectos el grito paralizante.
El gran peligro era invencible e inmortal para todos los habitantes de la selva. Nadie sabía a punto fijo cuándo llegó a ese lugar, ni podían imaginarse de dónde vino. Recordaban sí con precisión el tiempo en que se convirtió en huésped de picura, causando desde entonces las desgracias que afectaban a esta comunidad de animales, un tiempo feliz. En ese ambiente de inquietud y de terror llegó en su auxilio lo que menos esperaban.
Fue el tucán quien los vio primero. Volando tras de su desmedido pico a través de los pasos que le eran conocidos entre la tupida fronda, evitando con ágiles aladas y cambios bruscos de dirección y de altura las marañas de millones de garras y brazos, vio que salían unos seres extraños del fondo de algo humeante que flotaba en el río. Aquellos seres se internaron en la maleza de la orilla andando sobre sus extremidades inferiores. El ave picuda detuvo su vuelo y se puso a observar lo que hacían. Poco a poco fue desapareciendo la maleza y una densa humareda se elevó en espirales y se diluyó en el horizonte. Tucán se apresuró a dar la noticia.
—Son unos monos extraños que vinieron por el río, monos grandes que saben hacer humo y que mudan de piel cuando quieren.
Chushupe, que en ese momento se despertaba con las primeras sombras que siguen al crepúsculo vespertino, escuchó lo que decía el tucán y en su cabeza propensa a frecuentes accesos de ira, empezaron a tomar forma los recuerdos:
—Tal vez sea de la familia de una especie de monos grandes que conocí —se dijo—. Sabía convertir la madera seca en humo y en flores rojas. Siguió sin darse cuenta el camino que formó al ir repetidas veces a tomar agua en la laguna, y tropezó conmigo.
Yo estaba advertido de su aproximación porque la tierra me trasmitía el ruido de sus pisadas. Fue la carne más sabrosa que probé en mi vida.
Levantó la cabeza para orientarse. Vio a cierta distancia el ca-mino de su comadre y sabiéndose cerca de la madriguera, se dirigió directamente hacia ella, muy lentamente, embebido por los recuerdos que acudieron a su cabeza en forma de bocados muy jugosos de mono grande.
—Ahora sé que andan cerca —iba diciéndose—. Estaré pendiente de la palabra del tucán para poder dar con ellos...
Los animales nocturnos se alborotaron y, llenos de curiosidad, se acercaron al lugar del bosque donde la maleza había sido des-brozada, y sólo vieron unos cuerpos blancos de forma cúbica bajo un enramado cubierto de hojas de palmera, en cuyo interior parecía que se resguardaban aquellos seres, en la misma forma que los caracoles o las tortugas dentro de caparazones o conchas. Fue-ron sin embargo los animales diurnos quienes trataron de investigar la verdad al vedo s, dos grandes y un pequeño, que se movían en distintas direcciones seguidos de dos hermosos animales que ladraban.
—No son monos —informó el tucán—. No tienen pelambre, no viven en los ramajes comiendo frutos, no tienen cola...
El zancudo dijo:
—Su piel es muy suave y su sangre caliente y dulce. No deben tener fuerzas.
Terció el tigre:
—Carecen de colmillos y de garras. Serán fáciles presas para mí.
La serpiente agregó:
—Carecen de veneno; deben ser inofensivos.
El ratón silvestre intervino a su vez:
—Son cobardes. En cuanto me vio uno de ellos empezó a gritar temblando.
—No saben subir a los árboles —chilló la ardilla.
—No saben nadar —agregó el pato.
—No saben volar —dijeron a coro las aves.
—No saben correr —exclamaron los que andaban en cuatro patas.
—No saben arrastrarse —silbaron los reptiles.
Desde que la selva era selva nadie había visto seres semejantes, salvo los de cuerpos desnudos que vivían muy lejos lanzando flechas para atacar, a quienes el viejo otorongo solía acechar pacientemente y atacarlos cuando desprevenidos no podían utilizar sus mortíferas flechas. Para distinguir de algún modo a los extraños visitantes, convinieron en llamarlos "animales sobre sus patas traseras".
Cuando el huancahui, el temible pájaro agorero, observó que el otorongo acechaba al que solía internarse en la espesura, entonó "la canción de la muerte" para aquel bípedo indefenso que no tardaría en ser devorado por el más grande y feroz de los tigres.
Pero no fue al tigre devorando al animal sobre sus patas traseras lo que vio cierto día, sino a éste despojando al felino muerto de su pintada piel. Sin embargo, no dejó de cantar su fatídica canción porque escuchó la misma noche los espantosos gritos que solía emitir chushupe cuando enojado hacía estremecer de espanto a los hijos de la Selva.
Chushupe estaba, en efecto, ciego de ira porque su comadre, la picura, no había vuelto de su ronda nocturna. En vano la había esperado en la madriguera cuidando los picurillos que chillaban de hambre, mientras el sol alumbraba la selva llenándola de luces y de sombras flotantes. Supo al fin lo ocurrido cuando antes de que cerrara el día se despertó, y, sacando la cabeza del agujero que servía de salida a la madriguera, dio un vistazo al mundo de los animales diurnos que se disponían a recogerse. La cotorra locuaz, comedora de bellotas, pregonaba el acontecimiento:
—El animal sobre sus patas traseras hizo una trampa con el palo que atruena, en el camino de picura. ¿No han escuchado una detonación que a media noche despertó a todos los que duermen cuando cubre la oscuridad? Pues fue la trampa que victimó a picura. Al llegar la luz el animal sobre sus patas traseras recogió su palo atronante y se llevó el cuerpo de picura.
Chushupe se dispuso a vengar a su comadre eliminando al ser que se atrevía a desafiar sus iras. ¿Que el otorongo, el más grande y fuerte de los tigres había sido muerto por el intruso? Bien, ahora iba a ser el animal sobre sus patas traseras el que iba a morir destrozado. Volvió a su recuerdo aquel ser de piel desnuda que pretendió huir de él sin 10grarIo. Llevaba plumas sobre la cabeza, su piel era suave, su carne delicada. Sonrió triunfalmente y avanzó hacia el lugar adonde suponía encontrar a su enemigo, pero éste ya había rozado una extensión de terreno en cuyo centro se levantaba una casa.
A chushupe le disgustaba atravesar sitios descubiertos donde todos pudieran verlo y apreciar su forma y su tamaño. Como todos los seres que se escudan en el terror, permanecía por instinto en esa sombra difusa que crea la leyenda y exagera la realidad. Por eso se ocultaba en las grietas profundas de las peñas, en la maleza tupida o en el interior hueco de los troncos carcomidos, si es que no había encontrado una buena comadre, la más delicada y gorda de los roedores de la selva, que quisiera tenerle como huésped permanente en su profunda madriguera, y transmitirle el contacto de su tibio cuerpo. Allí, en el linde del bosque y a la vista de la casa, asumió su cuerpo la espiral de ataque y lanzó su paralizante grito de desafío que fue respondido por los ladridos de esos otros habitantes de la casa. Como no conocía al perro, chushupe supuso que eran las voces de terror que lanzaba su enemigo.
En vista de que nada pasaba, desenroscó chushupe su cuerpo y dando gritos, a cual más horrendo, circuló el cani.po abierto donde se levantaba la casa alumbrada por un algo que parecía una estrella...
Los perros ladraban y ladraban...
Al otro día el animal sobre sus patas traseras, penetró en la selva seguido de uno de sus perros, al cual mantenía sujeto por fina cadena.
—Por aquí debe estar —monologaba—. Por este lado escuché su último grito de la noche...
Y los buenos habitantes de la selva sabían también que efectivamente por allí estaba chushupe durmiendo, oculto en alguna parte obscura. Los que sabían cabalmente el sitio, eran los seres nocturnos, pero éstos ya estaban dormidos a esa hora. El pájaro agorero que parecía desconocer el sueño, intensificó su lúgubre canto. Todos vieron que el animal sobre sus patas traseras pasó junto al enorme tronco hueco caído desde que, cien años atrás, la vejez debilitó sus raíces y no pudo resistir los embates del huracán; viéronle mirar en el interior oscuro a través de la enorme boca que se abría como un bostezo monstruoso y, como no distinguiera nada, prosiguió su camino de inspección sin reparar en los gruñidos del perro que se movía nervioso con el lomo erizado. Los árboles muertos tienen la particularidad, cuando son gruesos, de pudrírseles el corazón dejando la periferia resistente que forma una cavidad interior donde se guarecen y moran los seres peligrosos.
El animal sobre sus patas traseras examinaba con detenimiento cada macizo de maleza, la maraña tupida que se extendía en las copas de los árboles descendiendo hasta el suelo en algunos sitios, la conformación de la hojarasca con que estaba cubierto el suelo y podía ocultar la entrada de una madriguera. El perro daba muestras de creciente nerviosidad y con tirones trataba de desprenderse de la cadena que le mantenía sujeto.
—¡Quieto, Sultán! —decíale su conductor procurando calmarlo—. Te destrozaría al instante si lo encuentras. No es caza mayor. Calma, Sultán, calma...
El animal sobre sus patas traseras seguía avanzando cauteloso, y su mirada abarcaba con fijeza toda la extensión que permitía el terreno. A medida que pasaba el tiempo sin descubrir nada, se le ahondaban con la tensión las arrugas de su frente. El pájaro agorero apresuró el ritmo de su canto, y el animal sobre sus patas traseras miraba con profundo disgusto el alto ramaje en que estaba posado.
De pronto ocurrió algo imprevisto. Uno de los eslabones de la cadena cedió dejando libre al perro, el cual emprendió veloz carrera con dirección al trecho que habían dejado atrás.
—¡Sultán, detente! ¡no es caza mayor! ¡te destrozará!
Mas el perro ya había desaparecido de la vista del animal sobre sus patas traseras, el cual comprendió de inmediato lo que significaba esa carrera de retroceso de su perro, y un estremecimiento involuntario recorrió su cuerpo al pensar lo cerca que podía haber estado del gran peligro, tal vez al alcance de su atacante. Abandonando toda precaución siguió veloz al perro.
Un grito agudo atravesó en ese momento el espacio. Un grito indescriptible que parecía salir de un túnel o de una tumba. Fue un grito de agonía seguido del escarapelante grito de victoria del chushupe. El pájaro agorero pensó que, como no podía ser de otro modo, su canto fúnebre estaba dedicado al inofensivo animal sobre sus patas traseras, que había sido atrapado por chushupe.
Guiado por los gritos de agonía cada vez más ahogados que daba el perro, el animal sobre sus patas traseras llegó al boquerón obscuro de cuyo interior partía un confuso rumor como de huesos al triturarse, y se detuvo desesperado por la imposibilidad de acudir en auxilio de su fiel compañero. Disparar al azar contra es~ interior, sumido en la obscuridad, era buscar una muerte cierta. El monstruoso reptil atacaría al instante y no habría escape para él, pues si bien los que van sobre sus cuatro patas son más veloces que los que se arrastran, éstos eran necesariamente mucho más rápidos que los bípedos, los cuales ni siquiera podían subirse con rapidez a los árboles y saltar de rama en rama.
Súbitamente el animal sobre sus patas traseras se calmó y algo que tenía en el interior de su redonda cabeza comenzó a funcionar. Sacó el machete de la vaina que llevaba sujeta al cinturón y, ágil, cortó apresuradamente fuertes tallos cuyos extremos agudizaba a manera de estacas. Con ellos cercó sólidamente la salida del tronco. En cuanto hubo terminado su pesada labor sin que se diera cuenta chushupe, ocupado como estaba en su festín, se encontró en condiciones de disparar por entre las rendijas que dejaban las estacas entre sí. Así lo hizo. Un grito espantoso salió del interior hueco, y una gruesa forma ondulante avanzó hacia la salida y se detuvo ante el cerco de estacas que resistió a sus esfuerzos para abrirse paso. Allá, al otro lado de la salida, pudo ver a ese ser que los habitantes de la selva daban en llamar el animal sobre sus patas traseras. Allí estaba inmóvil examinándolo. Cuál equivocado estaba al lanzar su grito de victoria suponiendo que lo había atrapado. No tenía aspecto amenazador, no daba gritos, ni ladraba, ni emitía rugidos que espantaban. Parecía inofensivo, pero había improvisado ese fuerte cerco de estacas que lo mantenían prisionero e impotente para atacar ¡a él que era el ser más temible y fuerte de los bosques!
Aquel día los habitantes de la selva escucharon los gritos más horrorosos, y se dieron cuenta de cómo esos gritos, al principio amenazantes y espantosos, se trocaron sucesivamente en los de la impotencia; la desesperación y la agonía. El animal sobre sus patas traseras lo mató haciendo funcionar varias veces el palo atronante que llevaba, pero no pudo recobrar su perro porque el reptil monstruoso ya lo había devorado.
Los habitantes de la selva sintieron algo como el renacer de una nueva vida. Desde entonces pudieron dormir confiados, pues ya nadie profanaría sus nidos, ni rebuscaría en sus aletas protectoras, ni penetraría en sus madrigueras, ni incursionaría en sus charcas donde moraban los batracios bulliciosos.
Pasaron los años. Alrededor de la casa del animal sobre sus patas traseras florecieron rosales. En el aire tibio, saturado de perfumes, revoloteaban libélulas ambarinas y mariposas multicolores. Pacían bestias de aguda cornamenta en el verde prado, y correteaban otros batiendo en el viento sus ágiles crines. En el
patio retozaban los cachorros, hijos del perro victimado, y los pajarillas colgaron sus nidos de los ramajes cargados de frutos, desde los cuales obsequiaban sus más dulces trinos al erguido vencedor del reptil monstruoso que horrorizaba la selva.
Por aquel entonces cruzaron el espacio, en formaciones simétricas, las aves peregrinas que atravesaban mares y continentes en pos de los veranos. Llegaron desde otras partes muy remotas del mundo huyendo del invierno tenebroso que había cubierto las marismas y marjales que los sustentaban. Se detuvieron sobre los lechos de las lagunas y de los riachuelos abundantes en peces y en caracoles.
Ellas sabían muchas cosas porque mucho vieron en sus viajes interminables. Al divisar a los seres que habitaban la casa rodeada de Jardines, huertos y pastos, lanzaron gritos de alegría como si pretendieran saludarlos. Los habitantes de la selva acudieron presurosos a preguntarles si conocían al animal sobre sus patas traseras que ellos amaban porque los había libertado del gran terror de la selva, no les hacía daño alguno y vivía rodeado de frutos Y flores.
—Sí, lo conocemos —contestaron ellas—. Es uno de los seres más poderosos de la tierra; ellos construyen monstruos rugientes con los cuales se arrastran más veloces que las serpientes, vuelan más alto que las aves y las nubes, nadan más veloces y se Sumergen más hondo que los peces. Cuando uno de estos seres vive rodeado de las cosas bellas de la Creación es digno de amarse. Se llama El Hombre.
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