Hebaristo, el sauce que murio de amor: resumen

Mis amigos, los dejo con un excelente cuento de Abraham Valdelomar hecho por el escritor peruano Guillermo Delgado.

HEBARISTO EL SAUCE QUE MURIO DE AMOR

Valdelomar es uno de los escritores más completos de nuestra literatura; cultivó con talento todos los grandes géneros literarios, dejando muestras magistrales en la mayoría de ellos. En el cuento tenemos: "El palacio de hielo", "El caballero Carmelo", "La Virgen de cera", "Los hijos del sol", "El suicidio de Richard Tennyson", "Tres senas, dos Ases", "El beso de Evans", "El buque negro", "La Paraca", "El hipocampo de Oro", "Finis disolatrix verital", "La tragedia de un Jedoma", "La ciudad sentimental: un cuento, un perro y un asalto", "El extraño caso del señor Huanmán", "Almas prestadas: Heliodoro, el reloj, mi nuevo amigo", etc. Novelas cortas como "La ciudad de los tísicos". En la biografía novelada: "La Mariscala". En la poesía destacan: "Tristitia", "El hermano ausente en la mesa pascual", "Confiteur". En el teatro: "La Mariscala" (adaptación a la escena de su biografía novelada), "Verdolaga" (que, lamentablemente, nos ha llegado muy incompleta). Y en el ensayo; "Belmonte, el trágico" (inspirado en el diestro español Juan Be!monte, a quien la primera guerra mundial trajera hasta nuestras tierras y a quien Valdelomar conoció).

En "Hebaristo, el sauce que murió de amor;', Valdelomar establece un paralelo entre Evaristo Mazuelos, farmaceútico de P. (la ciudad donde acontece este relato está indicada por la letra P; seguramente Valdelomar hace alusión a su ciudad natal, Pisco) y aquél sauce corpulento y lozano aún que crecía al borde de la parcela colindante con el estéril yermo, rodeado de "yerbas santas" y "llantenes". Debía llamarse Hebaristo y tener treinta años, porque tenía el mismo aspecto cansino y pesimista, la misma catadura enfadosa y acre del joven farmaceútico de "El amigo del pueblo", establecimiento de drogas que se hallaba en la esquina de la Plaza de Armas, junto al Consejo Provincial. Evaristo Mazuelos, el farmaceútico de P. y Hebaristo, el sauce fúnebre de la parcela eran dos vidas paralelas, dos cuerdas de una misma, arpa, dos ojos de una misma misteriosa y teórica cabeza, dos brazos de una misma desolada cruz, dos estrellas insignificantes de una misma constelación. Mazuelos era huérfano y guardaba al igual que el sauce, un vago recuerdo de su padres. Así como el sauce era árbol que sólo servía para cobijar a los campesinos a la hora cálida del mediodía, Mazuelos sólo servía en la aldea para escuchar la charla de quienes solíar cobijarse en la botica; y así como el sauce daba una sombra indiferente a los gañanes mientras sus raíces rojas jugueteaban en el agua de la acequia, así él oía con desganada abnegación, la charla de los otros, mientras jugaba, el espíritu fijo en una idea lejana, con la cadena de su reloj, o hacía con su dedo índice gancho a la oreja de su botín de elástico, cruzadas, unas sobre otra, las enjutas magras piernas. Mazuelos estaba enamorado de Blanca Luz, hija del juez de Primera Instancia, una chiquilla de alegre catadura, esmirriada y raquítica. Si Hebaristo, el melancólico sauce de la parcela en vez de ser plan tado en las afueras de P., hubiera sido sembrado como era lógico, en los grandes saucedales, su vida no resultaría tan solitaria y trágica. Aquel sauce, como el farmacéutico Mazuelos, sentía desde muchos años atrás, la necesidad de un afecto, el dulce beso de una hembra, la caricia, perfumada de una unión indispensable. Envejeció Evaristo, el enamorado boticario, sin tener noticias de su amada Blanca Luz. Envejeció Hebaristo, el sauce de la parcela, viendo secarse, estériles, sus flores en cada primavera. Solía, por instinto, Mazuelos, hacer una excursión crepuscular hasta el remoto sitio donde el sauce al borde del arroyo, enflaquecía. Sentábase bajo las ramas estériles del sauce y allí veía caer la noche. El árbol amigo que quizás comprendía la tragedia de esa vida paralela, dejaba caer sus hojas sobre el cansino y encorvado cuerpo del farmaceútico. Un día el sauce esperó vanamente la llegada de Mazuelos. El farmacéutico no vino. Aquélla misma tarde el carpintero de P... enviado por el dueño de la Carpintería y confección de ataúdes de Rueda e hijos, llegó con una tremenda hacha y taló el sauce. Por la misma calle venían juntos el sauce y el farmaceúti, ahora sí unidos para siempre. El sauce sirvió para el cajón del farmaceútico. El alcalde municipal señor Unzueta, tomó la palabra en el cementerio: "Aunque no tengo las dotes oratorias de otros, agradezco el honroso encargo que la sociedad de Socorros Mutuos ha depositado en mí, para dar el último adios al amigo noble y caballeroso, al empleado cumplidor y al ciudadano integérrimo, que en este ataúd de duro roble" ... y concluía: "Mazuelos tú no has muerto. Tu memoria vive entre nosotros. Descansa en paz". Al día siguiente el dueño de la funeraria llevaba al señor Unzueta una factura por un ataúd de roble por 18.70 soles. El alcalde reclamó airadamente que el ataúd no era de roble sino de sauce. El señor Rueda le dijo que era cierto; pero que entonces como se vería en su discurso la frase "duro sauce" en vez de "duro roble". El alcalde pagó sin chistar.

Resúmenes de obras famosas. Guillermo Delgado


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2 comentarios:

Enzo dijo...

Gracias me ayudo mucho

Anónimo dijo...

es pa la tarea x favor no me va a creer q lo he hecho yo

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