El animal sobre sus patas traseras (Arturo D. Hernández)

Era de los roedores de la hoya amazónica más conocido con el nombre de paca. De carne reputada como la más fina y sabrosa, habitaba picura un sector de la selva que solía recorrer cuando ya el sol se había puesto, y el rocío empapaba las altas copas de los árboles, de donde caía en gruesas gotas haciendo impactos sonoros en las anchas hojas de las musáceas. 

En cuanto cerró la noche la nocturna picura sacó cautelosamente su hermosa y redonda cabeza por el agujero que servía de salida a su madriguera y, como de costumbre, posó su vista en el árbol grueso distante una treintena de metros, desde cuyas aletas partía su camino. 

—Hasta luego, compadre —dijo quedamente volviendo apenas su cabeza hacia el interior de la madriguera. 

Desde el fondo brotó largo bostezo como de alguien que tratara de despertarse y no podía hacerlo del todo. 

—Espero tu regreso, comadre, —se escuchó una voz gruesa y ronca, velada por la modorra. 

Satisfecha picura dirigió sus pasos hacia el árbol corpulento, y muy pronto encontró su camino, angosto surco abierto en la muelle alfombra de hojarasca. Era un caminillo muy estrecho, de lecho arenoso que serpenteaba por el matorral. 

Al salir de la madriguera se encontró en el mundo de los que ven de noche, el mundo de los nictálopes que deambulan en busca del sustento por entre los seres que duermen. Siguió su camino lentamente, limpiando con sus patitas delanteras, que apenas salían por debajo de su rollizo cuerpo, las hojas y ramitas muertas que habían caído en el día. Picura no toleraba absolutamente nada sobre la fina superficie que constituía el lecho de su camino. Así bien limpio lo conservaba desde que lo heredara su padre, un viejo picuro que cayó bajo la zarpa del tigre cuando por los años ya no podía percibir por el olfato o por el movimiento de las hojas, la aproximación cautelosa del enemigo en acecho. Fue un tigre hambriento que, al descubrir la guarida, esperó pacientemente la salida nocturna del viejo picuro. 

Todos en la selva sabían que picura tenía una memoria muy frágil y carecía del sentido de orientación. Era incapaz de atravesar un pequeño sector de selva saliéndose de su camino. Y si las corrientes sutiles de aire que cruzan la selva le llevaban el olor peculiar de alguna planta productora de tubérculos, se dirigía allá guiada por su poderoso olfato, pero abriendo un camino que después le permitiría regresar y volver una y otra vez sin extraviarse. Los animales de la selva conocían el camino de picura. Al atravesarlo velozmente, no podían evitar cierto escalofriante estremecimiento. Jamás ninguno de los que viven a ras del suelo se atrevió a recorrerlo, pues no ignoraban que era utilizado también por el terror de la selva. 

Un ave nocturna emitió un grito de advertencia agitando las alas. Entonces las demás aves que dormitaban supieron que la comadre de la serpiente monstruosa había sido vista en su paseo nocturno. 

Una danta que bebía en el arroyo próximo después del primer sueño, levantó la cabeza y escuchó atentamente pensando que era una verdadera lástima que picura, siendo uno de los seres más atrayentes e inofensivos de la selva, tuviera un compañero tan malo que los buenos y juiciosos animales terminaron por apartarse de ella con supersticioso terror.

Picura atravesó un largo trecho de monte y, al llegar a una bifurcación de su camino, tomó el que conducía a los terrenos donde abundaba el huicungo, palmera espinosa de frutos muy duros que al caer al suelo y empezar su germinación se volvían suaves y dulces. Además, por esas inmediaciones había abundantes setas. 

En cuanto hubo llegado al manchal de huicungos, picura dejó momentáneamente su camino y se dedicó a cenar desenterrando su manjar favorito con sus ágiles patas. Luego satisfecha, buscó su camino dispuesta a regresar. 

Ese momento era para picura muy mortificante. Haciendo todas las noches el mismo recorrido, debía conocer palmo a palmo el terreno. Sin embargo, siempre se creía extraviada, allí en cualquier parte donde no estaba su camino. En tales circunstancias suele detenerse, mira inquieta en todas direcciones, camina un trecho, vuelve a detenerse, retrocede, se alarga y encoge hasta convertirse en una bola de músculos palpitantes, se rasca indecisa con cualquiera de las patas en cualquier parte de su nervioso cuerpo; toma otra dirección, marcha un trecho, y al fin da con la vía mate que constituye su camino, mueve entonces contenta la nariz en rápidas pulsaciones, estira su cuerpo y emprende el regreso. 

En la oportunidad que nos ocupa, al llegar a la bifurcación de su camino, tomó el que conducía hacia la quebrada de aguas ambarinas, descendió el reborde y se puso a beber en la orilla. 

Prodújose al instante un confuso murmullo entre los habitantes de la selva que se encontraban bebiendo a esa hora. Los más próximos se apartaron disimuladamente, y el ruido que producía esa confraternidad selvática se convirtió en tensa quietud. 

Un martín pescador, que alocadamente levantó el vuelo después de herir con su pico la superficie bruñida de las aguas, descendió nuevamente para atrapar un pez que cortaba la corriente, y siguió su vuelo con el propósito de posarse en algo que tenía la apariencia de un pedazo de tronco, cuando descubrió a tiempo que se trataba del lomo lustroso de picura. Lo pasó casi rozando y fue a detener5t sobre una rama alta emitiendo gritos estridentes con las plumas erizadas del susto. 

—¡Por poco me paro sobre la amante de chushupe! 

Martín pescador era conocido como un chismoso, que gustaba exagerar y difundir las versiones que circulaban. Aquel día convirtió a la bondadosa comadre en amante del repulsivo reptil. 

Picura nunca miraba hacia arriba, sino cuando cierto vientecillo recalentado le indicaba la proximidad de la lluvia. Por ser nocturna conocía al búho cuyos ojos le miraban como dos puntos luminosos en la obscuridad. 

Recorrió aquella vez su camino de regreso sin apartarse, como siempre, ni una pulgada. Había efectuado su excursión nocturna, esa excursión que realizaba todas las noches a la misma hora, con excepción de aquéllas en que las grandes tempestades la obligaban a permanecer acurrucada en su madriguera. 

Descubrió su hueco disimulado con porciones de hojarasca, en el fondo del cual reposaba la serpiente más temible de la selva, el chushupe, que estaba ya esperando su llegada. Sobre sus blandos anillos, resecos y escamosos, dormían los tres picurillos a quienes picura despertó con el hocico. Los tres descendieron a mamar en tanto que los anillos se desenvolvían perezosos. Del ángulo más avanzado de esa cabeza en forma de diamante se dirigió, por otro conducto más estrecho, rumbo a la superficie donde moraban los seres indefensos que dormían. 

Silencioso, ondulado y reptante avanzó orientándose hacia la distante charca de la que venía el bullicioso croar de las ranas. El bosque, lleno de ruidos indefinibles, enmudeció, escuchándose, de rato en rato y distintamente, las voces estridentes de una que otra ave nocturna al despertarse sobresaltada por ese instinto que advierte a los habitantes de la selva la proximidad del peligro. 

Al pasar bajo unos arbustos irguió la cabeza tratando de des-cubrir nidos ocultos en el tupido ramaje. Exhaló su grito paralizante parecido al del pavo cuando se irrita, y empezó ágil a reptar subiéndose a un árbol de poca altura. No tardó en romper el silencio reinante el grito de agonía de una avecilla atrapada y engullida con sus pichoncitos implumes. Las madres amorosas, al despertarse en los otros nidos, extendieron sus alas para cubrir protectoras a sus polluelos. Los gritos paralizantes del reptil y los de agonía de las aves atrapadas se repitieron varias veces esa noche, en una atmósfera de pavura. 

Después de saciar su apetito y con el vientre abultado, chushupe se dedicó a lanzar sus gritos espantosos a lo largo de la extensión de selva que tenía por sus dominios. Al oír esos gritos el tigre ágil y elástico, volvía la cabeza con disgusto y se alejaba. Allá, más lejos, la cervata sin cornamenta entreabría temerosa sus redondas pupilas, se estrechaba a su cervatillo, y hacía el propósito de alejarse un poco más de esas vecindades donde reinaba el gran peligro. 


Aquella noche chushupe, excitado con su cacería y sus prepotentes gritos, demoró más de lo acostumbrado al regreso. Sintió de pronto que sus párpados se le ponían pesados y un sueño invencible se apoderó de él. Su avance fue haciéndose cada vez más lento, muy lento. Trató de seguir impulsado por un fuerte deseo de llegar hasta la madriguera donde le esperaba su comadre, pero un sopor paralizante lo detuvo completamente, se enroscó quedándose profundamente dormido en el preciso momento en que penetraban en la selva los azulados rayos del crepúsculo matinal. El gran drama diurno de la selva comenzó a desenvolverse mientras chushupe dormía al aire libre sin que nada fuera capaz de despertarlo. 

La selva se pobló rápidamente de animales ágiles que correteaban retozones, absteniéndose de acercarse al punto en que habían escuchado el último grito nocturno del gran peligro. Todos sabían que eso significaba la muerte aunque ese ser horrible estuviese dormido, pues las manchas de distintos matices del ocre que cubrían su cuerpo monstruoso estaban dispuestas en tal forma que paralizaba de terror a los seres que lo miraban. Por eso las avecillas, al enseñar a sus polluelos a volar, les prevenían no incursionar en los alrededores donde habitaba el monstruoso reptil. Les instruían pacientemente en el arte de cerrar los ojos y emprender a ciegas el vuelo hacia arriba en cuanto notaran su presencia, y a meter la cabeza bajó el ala antes que pudiera hacer sus efectos el grito paralizante. 

El gran peligro era invencible e inmortal para todos los habitantes de la selva. Nadie sabía a punto fijo cuándo llegó a ese lugar, ni podían imaginarse de dónde vino. Recordaban sí con precisión el tiempo en que se convirtió en huésped de picura, causando desde entonces las desgracias que afectaban a esta comunidad de animales, un tiempo feliz. En ese ambiente de inquietud y de terror llegó en su auxilio lo que menos esperaban. 

Fue el tucán quien los vio primero. Volando tras de su desmedido pico a través de los pasos que le eran conocidos entre la tupida fronda, evitando con ágiles aladas y cambios bruscos de dirección y de altura las marañas de millones de garras y brazos, vio que salían unos seres extraños del fondo de algo humeante que flotaba en el río. Aquellos seres se internaron en la maleza de la orilla andando sobre sus extremidades inferiores. El ave picuda detuvo su vuelo y se puso a observar lo que hacían. Poco a poco fue desapareciendo la maleza y una densa humareda se elevó en espirales y se diluyó en el horizonte. Tucán se apresuró a dar la noticia. 

—Son unos monos extraños que vinieron por el río, monos grandes que saben hacer humo y que mudan de piel cuando quieren. 

Chushupe, que en ese momento se despertaba con las primeras sombras que siguen al crepúsculo vespertino, escuchó lo que decía el tucán y en su cabeza propensa a frecuentes accesos de ira, empezaron a tomar forma los recuerdos:
—Tal vez sea de la familia de una especie de monos grandes que conocí —se dijo—. Sabía convertir la madera seca en humo y en flores rojas. Siguió sin darse cuenta el camino que formó al ir repetidas veces a tomar agua en la laguna, y tropezó conmigo.

Yo estaba advertido de su aproximación porque la tierra me trasmitía el ruido de sus pisadas. Fue la carne más sabrosa que probé en mi vida. 

Levantó la cabeza para orientarse. Vio a cierta distancia el ca-mino de su comadre y sabiéndose cerca de la madriguera, se dirigió directamente hacia ella, muy lentamente, embebido por los recuerdos que acudieron a su cabeza en forma de bocados muy jugosos de mono grande. 

—Ahora sé que andan cerca —iba diciéndose—. Estaré pendiente de la palabra del tucán para poder dar con ellos... 

Los animales nocturnos se alborotaron y, llenos de curiosidad, se acercaron al lugar del bosque donde la maleza había sido des-brozada, y sólo vieron unos cuerpos blancos de forma cúbica bajo un enramado cubierto de hojas de palmera, en cuyo interior parecía que se resguardaban aquellos seres, en la misma forma que los caracoles o las tortugas dentro de caparazones o conchas. Fue-ron sin embargo los animales diurnos quienes trataron de investigar la verdad al vedo s, dos grandes y un pequeño, que se movían en distintas direcciones seguidos de dos hermosos animales que ladraban. 

—No son monos —informó el tucán—. No tienen pelambre, no viven en los ramajes comiendo frutos, no tienen cola... 

El zancudo dijo: 

—Su piel es muy suave y su sangre caliente y dulce. No deben tener fuerzas. 

Terció el tigre: 

—Carecen de colmillos y de garras. Serán fáciles presas para mí. 

La serpiente agregó: 

—Carecen de veneno; deben ser inofensivos. 

El ratón silvestre intervino a su vez: 

—Son cobardes. En cuanto me vio uno de ellos empezó a gritar temblando. 

—No saben subir a los árboles —chilló la ardilla. 

—No saben nadar —agregó el pato. 

—No saben volar —dijeron a coro las aves. 

—No saben correr —exclamaron los que andaban en cuatro patas. 

—No saben arrastrarse —silbaron los reptiles. 

Desde que la selva era selva nadie había visto seres semejantes, salvo los de cuerpos desnudos que vivían muy lejos lanzando flechas para atacar, a quienes el viejo otorongo solía acechar pacientemente y atacarlos cuando desprevenidos no podían utilizar sus mortíferas flechas. Para distinguir de algún modo a los extraños visitantes, convinieron en llamarlos "animales sobre sus patas traseras". 

Cuando el huancahui, el temible pájaro agorero, observó que el otorongo acechaba al que solía internarse en la espesura, entonó "la canción de la muerte" para aquel bípedo indefenso que no tardaría en ser devorado por el más grande y feroz de los tigres. 

Pero no fue al tigre devorando al animal sobre sus patas traseras lo que vio cierto día, sino a éste despojando al felino muerto de su pintada piel. Sin embargo, no dejó de cantar su fatídica canción porque escuchó la misma noche los espantosos gritos que solía emitir chushupe cuando enojado hacía estremecer de espanto a los hijos de la Selva. 

Chushupe estaba, en efecto, ciego de ira porque su comadre, la picura, no había vuelto de su ronda nocturna. En vano la había esperado en la madriguera cuidando los picurillos que chillaban de hambre, mientras el sol alumbraba la selva llenándola de luces y de sombras flotantes. Supo al fin lo ocurrido cuando antes de que cerrara el día se despertó, y, sacando la cabeza del agujero que servía de salida a la madriguera, dio un vistazo al mundo de los animales diurnos que se disponían a recogerse. La cotorra locuaz, comedora de bellotas, pregonaba el acontecimiento: 

—El animal sobre sus patas traseras hizo una trampa con el palo que atruena, en el camino de picura. ¿No han escuchado una detonación que a media noche despertó a todos los que duermen cuando cubre la oscuridad? Pues fue la trampa que victimó a picura. Al llegar la luz el animal sobre sus patas traseras recogió su palo atronante y se llevó el cuerpo de picura. 

Chushupe se dispuso a vengar a su comadre eliminando al ser que se atrevía a desafiar sus iras. ¿Que el otorongo, el más grande y fuerte de los tigres había sido muerto por el intruso? Bien, ahora iba a ser el animal sobre sus patas traseras el que iba a morir destrozado. Volvió a su recuerdo aquel ser de piel desnuda que pretendió huir de él sin 10grarIo. Llevaba plumas sobre la cabeza, su piel era suave, su carne delicada. Sonrió triunfalmente y avanzó hacia el lugar adonde suponía encontrar a su enemigo, pero éste ya había rozado una extensión de terreno en cuyo centro se levantaba una casa. 

A chushupe le disgustaba atravesar sitios descubiertos donde todos pudieran verlo y apreciar su forma y su tamaño. Como todos los seres que se escudan en el terror, permanecía por instinto en esa sombra difusa que crea la leyenda y exagera la realidad. Por eso se ocultaba en las grietas profundas de las peñas, en la maleza tupida o en el interior hueco de los troncos carcomidos, si es que no había encontrado una buena comadre, la más delicada y gorda de los roedores de la selva, que quisiera tenerle como huésped permanente en su profunda madriguera, y transmitirle el contacto de su tibio cuerpo. Allí, en el linde del bosque y a la vista de la casa, asumió su cuerpo la espiral de ataque y lanzó su paralizante grito de desafío que fue respondido por los ladridos de esos otros habitantes de la casa. Como no conocía al perro, chushupe supuso que eran las voces de terror que lanzaba su enemigo. 

En vista de que nada pasaba, desenroscó chushupe su cuerpo y dando gritos, a cual más horrendo, circuló el cani.po abierto donde se levantaba la casa alumbrada por un algo que parecía una estrella...
Los perros ladraban y ladraban... 

Al otro día el animal sobre sus patas traseras, penetró en la selva seguido de uno de sus perros, al cual mantenía sujeto por fina cadena. 

—Por aquí debe estar —monologaba—. Por este lado escuché su último grito de la noche...
Y los buenos habitantes de la selva sabían también que efectivamente por allí estaba chushupe durmiendo, oculto en alguna parte obscura. Los que sabían cabalmente el sitio, eran los seres nocturnos, pero éstos ya estaban dormidos a esa hora. El pájaro agorero que parecía desconocer el sueño, intensificó su lúgubre canto. Todos vieron que el animal sobre sus patas traseras pasó junto al enorme tronco hueco caído desde que, cien años atrás, la vejez debilitó sus raíces y no pudo resistir los embates del huracán; viéronle mirar en el interior oscuro a través de la enorme boca que se abría como un bostezo monstruoso y, como no distinguiera nada, prosiguió su camino de inspección sin reparar en los gruñidos del perro que se movía nervioso con el lomo erizado. Los árboles muertos tienen la particularidad, cuando son gruesos, de pudrírseles el corazón dejando la periferia resistente que forma una cavidad interior donde se guarecen y moran los seres peligrosos. 

El animal sobre sus patas traseras examinaba con detenimiento cada macizo de maleza, la maraña tupida que se extendía en las copas de los árboles descendiendo hasta el suelo en algunos sitios, la conformación de la hojarasca con que estaba cubierto el suelo y podía ocultar la entrada de una madriguera. El perro daba muestras de creciente nerviosidad y con tirones trataba de desprenderse de la cadena que le mantenía sujeto. 

—¡Quieto, Sultán! —decíale su conductor procurando calmarlo—. Te destrozaría al instante si lo encuentras. No es caza mayor. Calma, Sultán, calma... 

El animal sobre sus patas traseras seguía avanzando cauteloso, y su mirada abarcaba con fijeza toda la extensión que permitía el terreno. A medida que pasaba el tiempo sin descubrir nada, se le ahondaban con la tensión las arrugas de su frente. El pájaro agorero apresuró el ritmo de su canto, y el animal sobre sus patas traseras miraba con profundo disgusto el alto ramaje en que estaba posado. 

De pronto ocurrió algo imprevisto. Uno de los eslabones de la cadena cedió dejando libre al perro, el cual emprendió veloz carrera con dirección al trecho que habían dejado atrás. 

—¡Sultán, detente! ¡no es caza mayor! ¡te destrozará! 

Mas el perro ya había desaparecido de la vista del animal sobre sus patas traseras, el cual comprendió de inmediato lo que significaba esa carrera de retroceso de su perro, y un estremecimiento involuntario recorrió su cuerpo al pensar lo cerca que podía haber estado del gran peligro, tal vez al alcance de su atacante. Abandonando toda precaución siguió veloz al perro. 

Un grito agudo atravesó en ese momento el espacio. Un grito indescriptible que parecía salir de un túnel o de una tumba. Fue un grito de agonía seguido del escarapelante grito de victoria del chushupe. El pájaro agorero pensó que, como no podía ser de otro modo, su canto fúnebre estaba dedicado al inofensivo animal sobre sus patas traseras, que había sido atrapado por chushupe. 

Guiado por los gritos de agonía cada vez más ahogados que daba el perro, el animal sobre sus patas traseras llegó al boquerón obscuro de cuyo interior partía un confuso rumor como de huesos al triturarse, y se detuvo desesperado por la imposibilidad de acudir en auxilio de su fiel compañero. Disparar al azar contra es~ interior, sumido en la obscuridad, era buscar una muerte cierta. El monstruoso reptil atacaría al instante y no habría escape para él, pues si bien los que van sobre sus cuatro patas son más veloces que los que se arrastran, éstos eran necesariamente mucho más rápidos que los bípedos, los cuales ni siquiera podían subirse con rapidez a los árboles y saltar de rama en rama. 

Súbitamente el animal sobre sus patas traseras se calmó y algo que tenía en el interior de su redonda cabeza comenzó a funcionar. Sacó el machete de la vaina que llevaba sujeta al cinturón y, ágil, cortó apresuradamente fuertes tallos cuyos extremos agudizaba a manera de estacas. Con ellos cercó sólidamente la salida del tronco. En cuanto hubo terminado su pesada labor sin que se diera cuenta chushupe, ocupado como estaba en su festín, se encontró en condiciones de disparar por entre las rendijas que dejaban las estacas entre sí. Así lo hizo. Un grito espantoso salió del interior hueco, y una gruesa forma ondulante avanzó hacia la salida y se detuvo ante el cerco de estacas que resistió a sus esfuerzos para abrirse paso. Allá, al otro lado de la salida, pudo ver a ese ser que los habitantes de la selva daban en llamar el animal sobre sus patas traseras. Allí estaba inmóvil examinándolo. Cuál equivocado estaba al lanzar su grito de victoria suponiendo que lo había atrapado. No tenía aspecto amenazador, no daba gritos, ni ladraba, ni emitía rugidos que espantaban. Parecía inofensivo, pero había improvisado ese fuerte cerco de estacas que lo mantenían prisionero e impotente para atacar ¡a él que era el ser más temible y fuerte de los bosques! 

Aquel día los habitantes de la selva escucharon los gritos más horrorosos, y se dieron cuenta de cómo esos gritos, al principio amenazantes y espantosos, se trocaron sucesivamente en los de la impotencia; la desesperación y la agonía. El animal sobre sus patas traseras lo mató haciendo funcionar varias veces el palo atronante que llevaba, pero no pudo recobrar su perro porque el reptil monstruoso ya lo había devorado. 

Los habitantes de la selva sintieron algo como el renacer de una nueva vida. Desde entonces pudieron dormir confiados, pues ya nadie profanaría sus nidos, ni rebuscaría en sus aletas protectoras, ni penetraría en sus madrigueras, ni incursionaría en sus charcas donde moraban los batracios bulliciosos. 

Pasaron los años. Alrededor de la casa del animal sobre sus patas traseras florecieron rosales. En el aire tibio, saturado de perfumes, revoloteaban libélulas ambarinas y mariposas multicolores. Pacían bestias de aguda cornamenta en el verde prado, y correteaban otros batiendo en el viento sus ágiles crines. En el
patio retozaban los cachorros, hijos del perro victimado, y los pajarillas colgaron sus nidos de los ramajes cargados de frutos, desde los cuales obsequiaban sus más dulces trinos al erguido vencedor del reptil monstruoso que horrorizaba la selva. 

Por aquel entonces cruzaron el espacio, en formaciones simétricas, las aves peregrinas que atravesaban mares y continentes en pos de los veranos. Llegaron desde otras partes muy remotas del mundo huyendo del invierno tenebroso que había cubierto las marismas y marjales que los sustentaban. Se detuvieron sobre los lechos de las lagunas y de los riachuelos abundantes en peces y en caracoles. 

Ellas sabían muchas cosas porque mucho vieron en sus viajes interminables. Al divisar a los seres que habitaban la casa rodeada de Jardines, huertos y pastos, lanzaron gritos de alegría como si pretendieran saludarlos. Los habitantes de la selva acudieron presurosos a preguntarles si conocían al animal sobre sus patas traseras que ellos amaban porque los había libertado del gran terror de la selva, no les hacía daño alguno y vivía rodeado de frutos Y flores. 

—Sí, lo conocemos —contestaron ellas—. Es uno de los seres más poderosos de la tierra; ellos construyen monstruos rugientes con los cuales se arrastran más veloces que las serpientes, vuelan más alto que las aves y las nubes, nadan más veloces y se Sumergen más hondo que los peces. Cuando uno de estos seres vive rodeado de las cosas bellas de la Creación es digno de amarse. Se llama El Hombre.

2 comentarios:

Laura Lozano dijo...

Bella historia, excelente muchas gracias por compartir. Saludos

Laura Lozano dijo...

Bella historia, excelente muchas gracias por compartir. Saludos

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